American History X es un viaje. Un viaje que lleva a un chaval estadounidense a hundir su humanidad hasta el mismo infierno a medida que el odio se va apoderando de su alma. Sin embargo, cuando ese odio recalcitrante estalla en una vorágine que le lleva a hipotecar su vida para siempre, una esperanza se abre para él. Así, cuando en la cárcel se da cuenta de que los únicos demonios que le llenaban de rencor eran sus propios ideales, decide erigirse como el salvador de su hermano, al cual ya le estaba empezando a afectar la podredumbre racista.

Esta escena es un final y un principio. Es el final de la naturaleza humana de Derek (Edward Norton) y el principio del fin de su hermano. Con solo dos caras resume a la perfección cada pensamiento y cada sensación que deja la película: la cara rota del hermano pequeño al ver que su héroe es en realidad un hijo de puta de la peor calaña; y la cara de Derek, que lejos de mostrarse arrepentido, tuerce su boca con esa sonrisa chulesca y a la vez inocente, casi infantil, del que realmente cree que no ha hecho nada malo. Contrapone la idiotez profunda de un bárbaro para el que la vida no es sino un juego de niños con la candidez perdida del que, siendo aún un niño, ha entrado de forma brutal en el estúpido juego de los adultos.

Pero además es un culmen. Podría haber sido una pelea callejera, podría haber sido en el partido de baloncesto… pero no, el colofón a la locura llega de otra manera. Aunque al principio la acción tiene tintes de defensa propia, gracias a una gran interpretación de Norton se va viendo como cada segundo que transcurre la mente de Derek se va nublando por el odio. Así, mientras el espectador ruega que pare, sus acciones van volviéndose más macabras hasta llegar al definitivo “crack”, que en una especie de onomatopeya poética une los sentimientos del espectador y del hermano pequeño de Derek a la suerte del tercer atracador.

Pero los hechos solos no cuentan historias. Un contexto es necesario, un aura que envuelva todo y tiña la escena con el color necesario. Pues bien, este momento exige no tener color más allá del blanco y negro, que juntos simbolizan una especie de dualidad racial que ambos sobrepasan, mezclándose para dar lugar a una miríada de grises diferentes. El blanco y el negro, colores y etnias, juntos para expresar las reminiscencias de una de las peores épocas y recordarnos que, pese a los errores del pasado, solo estando juntos podremos alcanzar la perfección coral que exigen las grandes historias.

Por eso es tan grande American History X, y por eso es genial esta escena. Porque solo necesita de la coyuntura más básica para explicarnos algo tan complejo como es la naturaleza humana.