Es habitual leer alabanzas a David Lynch por lo bien que compone imágenes turbadoras e inquietantes, con un uso del color, la forma y el sonido tan original y elaborado que sus películas suelen ser reconocibles como suyas con apenas mirarlas durante tres segundos; y es también habitual leer, aquí ya con más división de opiniones, sobre su gusto por la narración oblicua y complicada, en la que introduce sueños, recuerdos y posibilidades alternativas sin dar mucha pista sobre cuál es cuál, convirtiendo muchas veces sus películas en rompecabezas a resolver por un desorientado espectador; pocas veces, sin embargo, se alaba lo bien que sabe narrar, también, historias sencillas o, al menos, más lineales de lo que es habitual en él.

Twin Peaks, esa serie que constituye uno de los grandes hitos y mitos de su carrera, comenzó como una narración de misterio ligeramente tradicional, para ir después complicándose con elementos sobrenaturales y oníricos que alienaron a buena parte de su audiencia (e hicieron aún más fiel a otra), aunque nunca, salvo excepciones, dejó de contarse en orden eminentemente cronológico y sencillo de seguir. Fue, podríamos decir, una mezcla satisfactoria de su vertiente más delirante con su vertiente más clásica, la de El hombre elefante o Una historia verdadera.

En los episodios de la serie que dirigió él mismo, que por lo general son los mejores, se aprecia ese dominio de la narración clásica en muchas ocasiones, pero lo que hace en el episodio piloto, en dos escenas mellizas, situadas además una a continuación de la otra, aunque, en su pase original, con un intermedio publicitario entre ambas, es simplemente digno de uno de los mayores maestros del arte de narrar en imágenes. Se trata de las escenas en las que los personajes más cercanos a Laura Palmer, la chica hallada muerta, envuelta en plástico, a la orilla del río, son informados de esa muerte.

Siguiendo las lecciones de Hitchcock, Lynch sabe que la clave de la tensión en una escena es que el espectador sepa algo que los personajes de la película no saben, generando esa ansiedad en el público de esperar el momento fatal en que los protagonistas lo descubran. Aquí, el público se entera desde el principio de que Laura Palmer ha sido asesinada, y las siguientes escenas son el lento calvario en que ese público va viendo cómo, uno a uno, sus familiares y amigos se van derrumbando al conocer la noticia. El momento en que lo descubre la madre de Laura es particularmente desgarrador: Leland Palmer, el padre, está en su trabajo (en el Gran Hotel del Norte), y recibe una llamada de su esposa, Sarah, que, nerviosa, le pregunta si sabe dónde está Laura. Para atender la llamada, Leland se sienta de espaldas a un gran ventanal, y mientras intenta tranquilizar a su mujer, nosotros vemos, sin que Leland lo vea, el coche del sheriff llegando al hotel, tras el cristal. La lenta entrada del sheriff en el hall se hace interminable mientras Leland, ignorante de todo, trata de calmar a Sarah, pero cuando ve al sheriff que por fin entra y pregunta por él, solo acierta a decir en el teléfono: “El Sheriff Truman”. A partir de aquí Sarah ya no oirá nada al otro lado, porque Leland ha quedado mudo al ver al oficial, y solo pregunta: “¿Laura?”. Y es el largo silencio en el auricular justo después de haber oído decir que llegaba el sheriff lo que confirma a Sarah la tragedia que temía, que ya no puede reprimir el llanto y solo acierta a preguntar entre sollozos por su niña, mientras unos pocos acordes de Angelo Badalamenti al piano, en la banda sonora, terminan de transmitir al espectador toda la enormidad de la desgracia que acaban de presenciar.

Ni en esta escena ni en la siguiente, que es realmente mi favorita, nadie acertará a decir a nadie, a la cara, las palabras “Laura ha muerto”, sino que los personajes deducen esa realidad por imágenes y sonidos, los mismos que va viendo el espectador, de modo que Lynch consigue ponernos en su piel a través de un lenguaje casi puramente visual.

En el instituto donde estudiaba Laura sus compañeros se disponen a empezar la clase. La profesora pasa lista, y al llegar al nombre de Laura, Lynch enfoca su silla vacía. La profesora anota con cotidianeidad la falta, y continúa con su rutina. Pero en ese momento la policía entra preguntando por un alumno, la profesora responde que tal estudiante no es de su clase y, preguntando a sus alumnos, una de ellas confirma a la profesora que su clase es la C. Los oficiales se acercan a hablar en voz baja con la profesora y la misma chica, que pronto sabremos que es Donna Hayward, se inquieta. De pronto se oye un alarido estremecedor que proviene de fuera de la clase, Donna mira por la ventana y ve a una alumna corriendo despavorida. Al volver a mirar a la profesora, sorprende a esta mirando la silla de vacía de Laura Palmer con cara de estupefacción. La profesora solo puede decir: “El director del centro tiene un mensaje que daros”, y Donna comprende todo y susurra el nombre de su amiga, rompiendo a continuación a llorar.

De nuevo, una de las personas más cercanas a la chica ha sido consciente del hecho devastador a través de los elementos más sutiles, sin que nadie tenga que decírselo: un plano de una silla vacía, un plano de una chica corriendo mientras grita, una profesora mirando a la silla con preocupación, la presencia de un policía… Lynch nos mete en la piel de Donna con un juego de miradas y sonidos que van generando una inquietud que escala veloz hasta que los cabos se atan rápidamente. Además, se permite mantener la escena, imposiblemente tensa y triste, unos minutos más, siempre haciendo avanzar la acción: por fin alguien se atreve a verbalizar la horrible nueva, el director del instituto, que lo comunica por la megafonía, aunque una vez más el llanto lo interrumpirá. De nuevo con la preciosa música de Badalementi de fondo, Lynch sigue examinando miradas reveladoras mientras el director habla: Donna, rodeada por otras amigas, no puede evitar mirar a James, un chico que, al otro lado del aula, aunque permanece solitario, parece tan abrumado como ella, y James le devuelve la mirada mientras, tratando de contender las lágrimas, rompe un lápiz. Audrey, otra compañera, nos inquieta con su impasibilidad o, quizá, con una levísima sonrisa.

Así, el director (y guionista) ha eliminado lo que habría podido ser páginas y páginas de diálogo explicativo, y ha conseguido, con un perfecto juego de planos y miradas y con enorme tensión para el espectador, hacer avanzar la narración hasta el punto en que todos los que serán los personajes principales de la serie han quedado informados de la situación, nos ha definido con esas miradas sus relaciones, y ha despertado nuestra curiosidad por lo que ocultan: Donna, la mejor amiga, James, el chico que siente lo mismo que Donna pero no puede expresarlo por alguna razón, aunque Donna sí parece conocer esa razón, y Audrey, quizá la enemiga que esperaba la noticia o, al menos, no está tan triste por ella como los demás.

Muy pocos directores son capaces de presentar un microcosmos particular con tanta economía y, al mismo tiempo, con tanta expresividad. En estas dos escenas, en apenas unos minutos, Lynch ha definido un mundo y sus personajes y ha atrapado nuestro interés, algo fundamental en un episodio piloto de una serie. Pero lo mejor no es esa impresionante eficiencia cinematográfica, sino que, además, ambas escenas consiguen ser inquietantes y enormemente conmovedoras a la vez. El desgarro de Sarah Palmer al teléfono o la mirada cruzada de Donna y James sobre la silla vacía de Laura son, simplemente, dos de los momentos más inolvidables de la historia de la narrativa audiovisual, sea en cine o en televisión.