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El 27 de mayo de 1942, el verdugo nazi de Checoslovaquia (nombre técnico del cargo: Protector interino del Reich de Bohemia y Moravia) Reinhard Heydrich sufrió un atentado, parcialmente fallido, por parte de la Resistencia de aquel país, apoyada por el gobierno checoslovaco en el exilio (presidido por Edvard Beneš) y el gobierno británico. Ocho días después, Heydrich falleció como consecuencia de dicha agresión, que fue la única llevada a cabo con éxito contra un importante líder nazi en el poder y que tuvo terribles consecuencias para la población civil.

Las primeras versiones cinematográficas de este acontecimiento no tardaron en llegar, con ilustres protagonistas salidos del exilio alemán y ubicados, con (hasta entonces) poca fortuna, en la industria de Hollywood. En el año 1943, y estrenadas con muy poca diferencia, se realizaron Los verdugos también mueren, dirigida por Fritz Lang y que supuso la única aportación exitosa, en forma de guión, de Bertolt Brecht al cine norteamericano, y Hitler’s Madman, la primera película que pudo dirigir en solitario Douglas Sirk desde su llegada a los Estados Unidos. De desigual valía (en nuestra opinión, la primera es una obra maestra y la segunda una obra interesante), en ambas hay aportaciones sobresalientes y las dos comparten algunas similitudes en su tratamiento del tema, al no contar con todos los datos disponibles sobre los detalles del atentado y sus consecuencias y al no poder desvelar algunas cuestiones relevantes, para no comprometer todavía más la posición de una Resistencia que entonces seguía en lucha contra los ocupantes alemanes.

En 1964, pasados más de 20 años del suceso, la cinematografía checoslovaca se encontraba en uno de sus momentos más vigorosos en cuanto a innovación, frescura y reflejo de las inquietudes de la juventud, en un movimiento que se dio en llamar nueva ola checoslovaca (que transcurría paralelamente a las tendencias cinematográficas de idéntico nombre en Francia y en Japón) y que se vería dramáticamente interrumpido con la invasión del país por parte de las tropas de Pacto de Varsovia, bajo mando soviético, en 1968. En este marco surgió Atentát, dirigida por Jiri Sequens, versión local del magnicidio, que no desmerece a ninguna de sus ilustres predecesoras y cuyo interés y rigor histórico es netamente superior.

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En primer lugar, la visión de la muerte de Heydrich es aquí mucho más dura y prosaica que en los largometrajes de 1943, pues vemos que las dramáticas represalias del poder alemán sobre la población civil no se limitaron a una toma indiscriminada de rehenes y a la ejecución aleatoria de algunos de ellos (siendo éstas, ya de por sí, represalias terribles). La realidad de la que se hace eco Atentát fueron 4.600 asesinados y un pueblo entero, Lídice, borrado del mapa (literalmente). También vemos en el film de Sequens la traición de uno de los miembros de la Resistencia encargados de la ejecución del atentado, Karel Curda, que confesó a los nazis la identidad y el paradero de sus compañeros de lucha, lo que se tradujo en la muerte de todos ellos, tras largos combates, en la Iglesia de San Cirilo y Metodio en que estaban escondidos. Y también comprobamos que los propios autores, antes de levar a cabo tan trascedente acción, intuyen sus consecuencias futuras y están a punto de renunciar a seguir adelante. El mismo atentado es parcialmente fallido (la ametralladora que se encargaría de acabar con la vida de Heydrich se encasquilla y un segundo resistente, de forma improvisada, acierta a lanzar una granada al coche del Verdugo de Praga antes de que éste pueda reaccionar) y sus autores mueren sin conocer el fallecimiento de su objetivo.

Además de estas concreciones argumentales, la película de Sequens destaca por su sobriedad y su ausencia de énfasis. En un blanco y negro muy marcado y en formato 2.35:1, solamente se permite la licencia de incluir música de Beethoven al comienzo y al final, y en los primeros minutos conforma un vértice de tres ciudades en las que se va a decidir la suerte del brutal dirigente hitleriano: Londres, Praga y Berlín (no es vana esta presentación, porque aquí veremos que la ejecución de Heydrich no fue decisión interna de la Resistencia sino una instrucción llegada del Reino Unido). Al mismo tiempo veremos la lucha de poder entre Heydrich, alto dirigente del Partido Nacionalsocialista enviado a Praga por sus enemigos internos, y el almirante Wilhelm Canaris, jefe del servicio de inteligencia militar alemán que sería ahorcado antes del fin de la guerra por el propio poder nazi.

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El personaje de Heydrich no deja aquí de ser un psicópata sin concesiones ni aspavientos, un criminal sediento de sangre (al igual que su segundo). En ello encontramos la principal identidad entre Atentát y sus dos antecesoras, en las que brillaba especialmente la caracterización de John Carradine en el film de Douglas Sirk (en el, seguramente, papel más inspirado de su carrera de secundario) y la frialdad con la que Brecht y Lang presentaban, en un breve gesto ante un veterano militar, los rasgos más repulsivos de la degenerada personalidad del dirigente hitleriano. En el film de Sequens tenemos ocasión de seguirlo en sus viajes en coche, montando a caballo y de paso seguimos la detallada preparación de la ejecución, con los miembros de la Resistencia durante días poniendo a prueba la seguridad del brutal líder.

El protagonismo casi absoluto de Benes y el gobierno británico en la decisión final, así como el desmitificado, detallado y nada edulcorado desenlace, con unos héroes cayendo de uno en uno de su propia mano entre riadas de agua y una emboscada provocada por la delación de uno de los suyos, ofrecen una sorprendente visión crítica de un atentado cuya interpretación épica tuvo su necesaria mitificación en la aportación literaria de Brecht a Los verdugos también mueren (que se sacó de la manga la culpabilización de un notorio colaboracionista y la aceptación resignada del gobierno alemán de dicho dictamen) y que aquí se torna en una muy prosaica y suicida misión cuyos desastres superaron con mucho los efectos moralizadores entre la población civil checoslovaca. Semejante esfuerzo de matización, inusual en un acontecimiento como este e inhabitual en el mundo del cine sobre cualquier episodio de la II Guerra Mundial (muy dado a la construcción de mitos con el fin de legitimar de mejor manera las duras situaciones del presente), así como la sobria forma de mostrarlo, ajena a cualquier intento de espectacularización, hacen que Atentát merezca salir del anonimato y emerja como uno de los más notables ejemplos de honestidad cinematográfica ante unos hechos que marcaron la historia del siglo XX.