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Para quienes aun no hayáis disfrutado nunca de La Gran Evasión, que suponemos seréis pocos, el título ya define por sí solo el argumento de la película. Se trata de una evasión. Una gran evasión de un campo de prisioneros nazi en la Segunda Guerra Mundial donde están recluidos cientos de oficiales aliados capturados durante la guerra, que se basa en un hecho real que aconteció en 1944 en el campo de Stalag Luft III, situado en territorio polaco actualmente, del que 76 de esos prisioneros lograron escapar a través de uno de los tres túneles inicialmente construidos para la fuga. Sólo tres de los fugados consiguieron alcanzar la libertad, mientras a 50 de los que fueron capturados se les fusiló por orden directa de Adolf Hitler. Uno de los planificadores de esta gran fuga, aunque no uno de los participantes en ella debido a su claustrofobia, fue el escritor australiano Paul Brickhill quien en 1950 publicó el libro La Gran Evasión contando cómo se llevó a cabo esa planificación y que más tarde sería la inspiración para la película de John Sturges.

En una década tan convulsa como fue la de los 60, cuando la edad de oro de Hollywood hacía años que había pasado a mejor vida, películas como La Gran Evasión se llevaban a cabo más que por lo que fueran a contar por el número de estrellas que en ellas participaban. Sturges contó para ello con tres de los actores que ya participaron con él en su recreación de Los siete samuráis de Akira Kurosawa ambientada en el lejano oeste, Los siete magníficos, que no eran otros que Steve McQueen, James Coburn y Charles Bronson. A ellos se les unió un grandísimo reparto internacional en el que destacan Richard Attemborough, Donald Pleasence, James Garner, James Donald, David McCallum o Gordon Jackson entre otros, en el que todos y cada uno de ellos posee una identidad propia que hace que, a pesar de que la gran estrella y el personaje más carismático y reconocible de la cinta sea el de McQueen, ninguno de ellos sobresalga excesivamente sobre el resto.

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La Gran Evasión no es tanto una película bélica como una mezcla de géneros en la que éste se funde con el de aventuras y sobre todo con el carcelario, puesto que la mayor parte de sus casi tres horas de duración se basa precisamente en esa planificación de la que hablaba Brickhill en su libro. Por ello la narración de Sturges tiene un ritmo más acorde con la acción que proporciona el plan de fuga que con lo que podría haberse limitado a mostrar la vida en un campo de prisioneros. A pesar del trasfondo dramático de la guerra y de saber de antemano que no todos los fugados consiguieron escapar, la película está contada en un tono amable más propio de una película de aventuras con tintes cómicos huyendo del melodrama y consiguiendo así que el espectador se implique desde el principio en los planes de los protagonistas. A esa misma sensación ayuda la maravillosa partitura que Elmer Bernstein compuso para la película, una melodía pegadiza y alegre que contrasta con el drama de la guerra evocando más a la esperanza de la libertad que a la agonía de la reclusión.

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Es cierto que hay aspectos en el guión que no terminan de encajar, que el personaje de Charles Bronson da un giro incomprensible, que la vida en el campo es demasiado benévola teniendo en cuenta todo lo que la historia nos ha contado sobre los campos nazis, ya sea de prisioneros de guerra como de concentración o exterminio, sí, pero no podemos olvidar que estamos ante una película de aventuras. La Gran Evasión es una gran aventura que tiene la habilidad de hacernos sentir parte de esos prisioneros durante las tres horas que dura porque, a pesar de sus defectos, es de esas películas que por más que pasen los años por ella es capaz de seguir transmitiendo esa emoción y esa tensión que hace que generaciones puedan seguir disfrutando de una narración absolutamente creíble dentro de la inverosimilitud de la historia que muestra. Y eso es precisamente lo que la convierte en un clásico, la implicación que consigue con el espectador espera que cada vez que la ve vuelve a que los alemanes no encuentren el primer túnel, que Blythe simplemente disfrute del aire puro en lo alto de esa colina, que MacDonald no caiga en la trampa del oficial de la Gestapo a punto de subir al autobús que le lleva a la libertad, que el propio MacDonald y Bartlett realmente se fumen ese cigarrillo en paz y a que se nos encoja el corazón cuando Hilts pregunta a Ramsey por los fugitivos después de habernos hecho disfrutar apasionadamente con su huida a través del campo montado en su Triumph. Eso es el cine.

Crítica escrita por Mª Carmen Fúnez Galán