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«Alguna vez he dicho que ‘Persona’ me salvó la vida. No es una exageración.»

Resulta todo un reto sentarse a escribir y a pensar sobre esta película. Es quizá una de las obras más estudiadas de la historia del cine y concretamente de la extensa filmografía del director sueco. Se trata de una cinta muy especial por varios motivos: Bergman empezó a concebirla durante una etapa de convalecencia en el hospital en la que hacía frente a una fuerte pulmonía y de la que él mismo llegó a pensar que no saldría adelante. A ello se suma una fuerte crisis en la que se plantea su satisfacción con el trabajo que está desempeñando en el mundo del teatro (en aquella época era director del Dramaten) y que por la enfermedad debe tener apartado en ese momento. Es también entonces cuando, al no poder llevar a cabo un determinado proyecto para Svensk Filmindustri, se plantea llenar el hueco con otra película, y en abril de 1965, en tan delicada situación, empiezan a surgir algunas de las ideas que darán fondo y forma a una de sus obras maestras.

El mismo prólogo de Persona nace de un relato que Bergman publicó bajo el título La piel de la serpiente, en el que reflexiona acerca de la creación artística, evoca imágenes de su infancia, de un niño que busca interactuar con el mundo que le rodea, un soñador que busca expresarse y encuentra esa expresión en el arte del cine. Es en cierto modo esta película y este relato una regresión a la génesis del cine de Bergman, a lo que le empujó a dedicarse a este arte, a su forma de verlo y vivirlo; a entender sus conflictos para y con el cine y llegar a una máxima (al menos en ese momento) que es la de hacer arte por una razón: la insana curiosidad. Puede dar la sensación que Persona nace del delirio de un artista en un momento de gran debilidad y confusión, y puede que sea así. Pero lo cierto es que la mirada de Bergman sobre el arte y la vida no era luminosa, más bien llena de sombras. 

El argumento de Persona no es complejo: Elisabeth Vogler es una actriz que pierde la voz y queda muda mientras está sobre el escenario representando Electra. Es trasladada a una clínica y es entonces cuando la enfermera del hospital, Alma, se hará cargo de ella y tratará de ayudarla para que recupere el habla. Para ello se aislará con la paciente a una casa de verano.

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Lo que vemos en los primeros instantes de película, el famoso prólogo, es prácticamente un poema visual en el que Bergman plasma varias ideas e inquietudes que ha perseguido desde siempre en su cine. Podemos ver referencias a sus grandes señas de identidad; imágenes que refieren a la muerte, a la religión, al sexo… y también al cine como arte ilusoria que imita a la realidad. Es representativo el niño que se levanta de una cama y segundos más tarde intenta reconocer en un proyector la imagen de una mujer cuyo rostro difuminado va cambiando. El prólogo cierra finalmente con la mirada del niño hacia el espectador. Todos esos símbolos nos evocan a la máxima del cine como ejercicio de arte libre y que siempre está sujeto a múltiples interpretaciones.

Toda la película se centra en la relación entre Alma y Elisabeth; un juego de espejos en el que cada vez resulta más difícil diferenciar a la una de la otra. Bergman somete al espectador a una gran ilusión y confusión, siembra la semilla de la duda ante lo que se está viendo, despoja a Alma y a Elisabeth de los personajes que están interpretando, los intercambia. El personaje de Liv Ullmann se refugia en el silencio por decisión propia, no existe tal enfermedad. Alma, por el contrario utiliza las palabras y lo hace para acercarse cada vez más a Elisabeth en un clima muy íntimo, para desnudarse y abandonarse completamente en un acto de confesión que culmina en la potente escena del dormitorio: en esta escena perfectamente planificada Elisabeth yace en la cama al fondo de la imagen, en contraposición a la enfermera Alma que se encuentra en un plano significativamente más cercano al espectador. La primera, al lado de una luz blanca luminosa, la segunda a oscuras mientras confiesa a Elisabeth la infidelidad y el posterior aborto que tuvo con su prometido.

La simulación de la bobina de la película quemada en un momento del metraje evidencia la frágil relación entre cine y realidad. Ilusión/cine y realidad se funden en una película que nos habla de la vida a través del arte. Una reflexión sobre el Ser y la Identidad. Todos interpretamos papeles en nuestras vidas, como en el teatro. ¿Pueden cine y realidad no ser tan distintos? El arte y sus inmensas posibilidades.

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El trabajo de fotografía es esencial en una obra tan ambigua, el color blanco predomina en la primera parte de la cinta, un intenso blanco que visten las dos protagonistas y que cambia a negro y a ropajes más oscuros a partir de la escena del intercambio en el dormitorio y hasta el final del film. También se produce el cambio de registro del personaje de Alma en ese momento y el enfrentamiento entre ambas que va in crescendo y acaba en el doble monólogo final. La escena está filmada bajo una precisión minuciosa para captar las mitades de los rostros de ambas actrices y su fusión. Una fusión casi imperceptible que, a modo de anécdota, hay que contar que ni siquiera Liv Ullmann y Bibi Andersson se llegaron a reconocer en la sala de montaje cuando el director decidió enseñarles el material.

Persona es una obra inabarcable que casi 50 años después de su estreno sigue dando que hablar, una película que se ha sometido a infinitas lecturas, tantas como miradas hay y en la que Bergman vertió muchas de las inquietudes de su cine. El autor sueco nunca voló tan alto como en esta ocasión en opinión de quien escribe. Tuvo la suerte de rodar con sus dos mejores actrices y musas absolutas de su carrera y la inestimable colaboración de otro de sus habituales, el director de fotografía Sven Nykvist. Con todos ellos consiguió una obra eterna que permanece en la memoria cinéfila y que sigue fascinando por la fuerza de sus imágenes y sus diversos significados. Invita a una reflexión acerca de las infinitas posibilidades del cine y cómo éste interactúa con la vida y con cada uno de nosotros. Cuestiona los límites de este arte y hace temblar los cimientos que separan la ilusión de la realidad. El teatro que tan fuertemente atado estuvo a la vida de Bergman surge aquí como imitación de la vida, y viceversa.

Crítica dedicada a todos los que alguna vez han caído bajo el hechizo de la Linterna Mágica.