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Inglaterra, siglo XII. Thomas Becket es un sirviente sajón del rey normando Enrique II. Ambos son compañeros de juergas, mujeres y vicios hasta que Enrique II nombra a Becket como Arzobispo de Canterbury para mantener controlada a la iglesia. Pero ese hecho desata un conflicto entre ambos que tendrá consecuencias históricas en la manera de gobernar Inglaterra. Becket es un sólido drama de época, vigorizado en un contexto histórico de mucha sustancia, confrontando un choque de personalidades con diálogo brillante y de interés religioso. La película presagia en sus circunstancias históricas la futura división entre Iglesia y Estado, que Fred Zinnemann inmortalizó un par de años más tarde en la estupenda Un hombre para la eternidad, en la cual Thomas More se enfrentó con Enrique VIII. En 1968, Peter O´Toole repitió papel de Enrique II en El león en invierno para enfrentarse esta vez a Eleanor de Aquitania, interpretada por una genial Katharine Hepburn. Seguramente sean las mejores películas sobre aquella época.

Es una película que no se avergüenza de mostrar la absoluta corrupción que impregna los pasillos del poder. Concretamente aquí, el conflicto principal es entre el libertinaje del trono de Inglaterra y la Iglesia, con su moralidad eclesiástica. La corona y la cruz de Inglaterra chocan frontalmente, centrándose en la figura de dos hombres que encarna conceptos muchas veces opuestos, explorando a ambos sin sacrificar la atención de uno para el otro. Se nos presenta el dilema de Becket, de cómo combina el honor y la colaboración aún siendo un sajón sumiso, convirtiéndose en cómplice de las correrías ociosas y sexuales de su rey. Una de las principales virtudes de la película es el ritmo de la narración que ofrece Peter Glenville, quien da a los actores espacio para que se expresen con total libertad, ya que el diálogo es la mayor fortaleza de la película, siendo casi una excusa para escatimar en las imágenes. Glenville partía con la ventaja de haber realizado la obra de teatro en la que se basa la película. Hal Wallis, el productor que encabezó muchas de las mejores películas de la Warner Brothers de los años treinta y cuarenta, como Casablanca (1942), se había trasladado a la Paramount. Vio la puesta en escena del Becket de Glenville en Nueva York, protagonizada por Laurence Olivier como Becket y Anthony Quinn como Enrique II. Glenville fue un director de teatro británico que sólo había dirigido dos largometrajes, El Prisionero (1955) y Yo y el coronel (1958). Wallis mantuvo a Glenville como director de la adaptación cinematográfica de Becket, aunque decidió dar a actores más jóvenes los papeles principales. No es de extrañar que tuviera pocas dificultades para convencer a O’Toole para que aceptara dar vida a Enrique II.

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La adaptación de Edward Anhalt de la obra de Anouilh se llevó con merecimiento el Oscar al mejor guión adaptado en 1964. Su guión recoje toda la potencia de la obra teatral de Anouilh, cuyo lenguaje es declamado por Burton y O´Toole con una elocuencia fascinante. Es un guión repleto de muchas línea memorables, con espléndidas actuaciones, en particular para sus dos protagonistas. Apenas pasa un minuto sin haber un diálogo remarcable. La película también se beneficia de lugares gloriosos en los castillos y campos de Inglaterra, y de una fotografía viva y resplandeciente. El ritual de la ceremonia eclesiástica con la consagración de Becket como arzobispo, la excomulgación de un lord, etc., se reproducen en detalles impresionantes. Becket es ciertamente épica, tanto en alcance como en su tiempo de ejecución alargándose a dos horas y media. Las batallas y las fiestas se sustituyen por dilatadas conversaciones en salas vacías, siendo un combate verbal entre Becket y Enrique. Y es que la trama no es realmente sobre Becket, sino más bien del impacto emocional de Becket sobre Enrique. Becket y Enrique se conocen desde la juventud, el siervo y el rey, pero sobre todo son amigos. Al no poder consumar su amor por su prójimo, Enrique desahoga sus deseos en cualquier mujer, aunque tratándolas como simples objetos sexuales que sólo le sirven de consuelo. Ni su reina le satisface y en ella recae toda la furia de su insatisfacción: “Tu cuerpo, mi señora, es un desierto que el deber me obligó a caminar sólo. Pero tu nunca has sido una esposa para mí“.

Enrique II se va perfilando como la figura más atractiva. Es un rey insatisfecho que lleva su pesada corona con total apatía y que nunca consigue paz interior. La narración de Enrique es la tragedia del hombre que destruye lo mismo que ama con la esperanza de restaurarlo. Enrique es un hombre directo, totalmente carente de principios que divide el mundo en dos categorías: las cosas que quiere, y los obstáculos para conseguirlas. La razón más principal para ver Becket es el aplomo y la solidez de sus interpretaciones principales, sobre todo Peter O´Toole, quien recientemente había sido nominado al Oscar por Lawrence de Arabia. En su primera escena como Enrique II, se le ve a punto de autoflagelarse sintiendo una devoción casi homoerótica por Becket, guardando su interpretación ciertos palalelismos como T.E. Lawrence, aunque el carácter que muestra O´Toole en esta película es más calculador y crudo. Es un rey que ruge magníficamente tanto en la risa y como en la rabia, que sólo ha conseguido satisfacción con la compañía de Becket. O´Toole ya tenía interés antes de rodar Lawrence de Arabia de dar vida a Enrique II.

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Richard Burton ofrece un rendimiento muy convincente en general, con recursos intepretativos. Transita entre ese sumiso, frío y calculador cortesano sajón de un rey normando hasta un obsesionado, piadoso y sincero sacerdote difícil de doblegar y manipular. Becket es más enigmático y sus motivaciones son más complicadas de entender. Es evidente que disfruta de la compañía de su rey, pero no es del todo cómodo con sus atenciones. Él es un sajón (en realidad Becket era normando), uno de los vencidos y subyugados por los normandos, intentando vivir su vida de manera honorable y siendo  la mano oculta en muchas de las decisiones del rey que involucran a la Iglesia. Becket es leal, un estratega talentoso, y un orador experto en fin, todo lo que un intermediario debe ser. Un pacificador. Burton encarna de tal manera su papel que pone en relieve los constantes intentos de Becket de procurarse un equilibrio emocional, que lo aisle de actos desalmados de rey, como cuando toma a la mujer que Becket quiere. Posteriormente, Enrique nombra a Becket como arzobispo de Canterbury con el fin de acabar con su lucha de poder con la Iglesia, creyendo que va a ocupar el puesto como un hombre de paja y no como resulta ser: un fiel devoto de la Iglesia. Su conflicto no ha hecho nada más que empezar…