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Si hubo un año en el que la expresión “política de los autores” adquirió el significado pleno que Jean-Luc Godard le quiso dar, y que incluía la primacía absoluta, con mayúsculas y subrayado, de la palabra “política”, ése fue el de 1967. Porque si, por un lado, la política nunca había estado ajena del todo al cineasta franco-suizo, quien había dirigido en 1963 El pequeño soldado con un miembro de la OAS como protagonista y ya había empezado a hacer hablar abiertamente a sus personajes de la guerra de Vietnam, y por otro, en 1966 ya se había adentrado en tan trascedentes terrenos de forma inequívoca con Masculino, femenino, es en el año anterior a las revueltas estudiantiles cuando su filmografía llegó a un punto de no retorno y se comprometió, de una vez por todas, con una radicalidad revolucionaria que le llevaría dos años después a renegar de su propia autoría personal y a formar el Grupo Dziga Vertov, con el que iniciaría diversos proyectos de cine militante y del que, a pesar de su amarga disolución y del atroz balance que haría el mismo Godard en Ici et ailleurs, no dejaría de influir en todo su cine posterior, hecho casi siempre con esta etapa como referencia (para bien o para mal).

Y es en este 1967 cuando aparece Weekend, justo después del llamamiento maoísta a la lucha armada que supuso La chinoise y de su significativo y confesional capítulo para la película colectiva Lejos de Vietnam. La existencia de Weekend, por sí misma, desmiente la idea de que el mayo del 68 surgió por generación espontánea y que se circunscribió a un momento concreto de la sociedad francesa; el ruido de fondo que pugnaba por salir a luz y sacudir los cimientos de una sociedad de consumo construida a base de anestesiar el recuerdo de los crímenes de una guerra terminada solo dos décadas antes estaba amplificándose por la constatación de que esos mismos crímenes se habían seguido produciendo, en inquietante paralelismo con la brutalidad nazi en Europa, en las colonias y ex colonias europeas, de las cuales Vietnam y Argelia sólo eran las evidencias más palmarias; por la certidumbre de que la aparente paz social bajo el gobierno gaullista era sólo un tributo pagado por el PCF y la CGT a una política exterior tímidamente heterodoxa ante el bloque americano y por la evidencia de que el progreso tecnológico que imparable irrumpía en la organización del trabajo en las fábricas traía consigo una minusvaloración del trabajador, convertido en apéndice, y en nada ayudaba a su liberación de las ruinas de alienación, más lacerante por cuanto el consumismo amenazaba con convertir cualquier amago de tiempo libre en ocio estandarizado.

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Jean-Luc Godard detenido por la policía en 1968

El comienzo de Weekend, un largo y alucinado travelling de ocho minutos de un apocalíptico atasco, nos sitúa sin preámbulos frente a algunos de los epítomes de la civilización burguesa: el automóvil, la prisa, la atomización: cada coche parece haberse convertido en un carro de combate y cada vecino de atasco en un ejército enemigo. Tras el impactante comienzo, pasamos a un episodio de un acendrado erotismo, rodado a media luz, en la cual una voz femenina cuenta una fantasía (¿o realidad?) erótica en la que la inquietud de la cámara y la penumbra de la imagen acentúan la sugerencia del capítulo, tal vez como contraste frente a la podredumbre anterior, tal vez como homenaje envenenado al psicoanálisis o a Persona, de Ingmar Bergman, estrenada un año antes. Y luego, con los personajes de Roland (Jean Yanne, como siempre impresionante en sus papeles de sádico) y Corinne (Mireille Darc) y su búsqueda de una herencia como leve excusa argumental, nos vamos adentrando en un viaje al fin de la noche de la burguesía, en el que no faltan los incendios, la sangre brotando a borbotones, el canibalismo y la esporádica aparición de grupos armados, movimientos de liberación nacional y una incipiente guerra de clases con la carretera como principal escenario, en continuidad con las aulas universitarias de La chinoise y como preámbulo del supermercado que los sustituirá en Todo va bien. Al abandonar la carretera y adentrarse en los bosques, la apoteosis de la violencia burguesa encuentra su reverso con las sucesivas apariciones de un hijo de Alexandre Dumas y de Dios, de dos revolucionarios africanos llamando a la violencia con un estercolero de fondo y, finalmente, un extraño e inclasificable grupo dedicado al jazz, la poesía y el canibalismo. Uno de sus rituales, rodado en primer plano por un Godard desatado, es el sacrificio de un cerdo con un comentario inequívoco: “Sólo se puede superar el horror de la burguesía con más horror”.

El brutal poso que nos deja Weekend plasma con claridad diáfana que los principales componentes de la inmersión de Godard en el maoísmo fueron el pesimismo y la rabia, una visión atroz de la realidad que le rodeaba y no, desde luego, las esperanzas de un futuro revolucionario mejor, que aquí representa de forma semejante a un aterrador cataclismo. De las exiguas esperanzas vinieron grandes decepciones y tal vez, vista hoy, Weekend resulte tan inquietante como en 1967 y no haga falta un esfuerzo de imaginación para contemplar esos mismos trazos de brutalidad en el mundo en que vivimos, aunque la anestesia sea ahora todavía mayor y lo que entonces era un río desbordado hoy sea un tsunami que nos abrasa y nos arrolla.