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Dentro de los dramas, hay un subgénero del que suelen salir siempre excelentes películas. Hay ejemplos claros y muy conocidos como la espléndida Testigo de cargo, la no menos brillante Anatomía de un asesinato o la correcta Algunos hombres buenos. Estas películas tienen en común, por supuesto, la sala de un tribunal, un juez, un jurado, un abogado defensor, un fiscal y un acusado o acusados. Pero en esta película, La herencia del viento, además de juntarse todos los elementos anteriormente mencionados, el acusado juega un papel algo secundario, ya que lo que en realidad ofrece al espectador es un intenso debate sobre un dilema moral, existencial, científico y religioso, siendo una película rica de contenido en esas cuestiones. Stanley Kramer, quien posteriormente nos ofreció la magnífica Vencedores o vencidos, dirige esta película que trata sobre la acusación que pesa sobre un maestro de escuela en una población sureña y ultra católica de Estados Unidos, ya que sus enseñanzas se basan en las teorías de Charles Darwin, un eminente científico británico que expuso en su libro “El origen de las especies” la teoría científica de que el hombre descendió del mono, siendo contraria a las leyes evangélicas del estado de esa población y siendo el acusado llevado a un juicio donde se entabla una batalla entre evolucionistas y ultra católicos. El argumento, aunque parezca algo contraproducente y en verdad polémico, fue un hecho real que sucedió en el estado de Tennessee en 1925.

El guión se mueve en esta película con excelente fluidez y causa enseguida en el espectador un inusitado interés por el resultado final de este, a veces esperpéntico, juicio. Seguramente en la época que se estrenó, 1960, debió ser una película polémica, ya que el tema que trata es sumamente delicado, siendo un choque directo entre la doctrina católica de una creencia enfermiza en la Biblia, contra la libertad de razonamiento y pensamiento del ser humano, sobre lo que debe o no debe creer. Se retrata con extremismo exacerbado la actitud de los ultras católicos, que intentan imponer la ley de Dios y la palabra de la Biblia ante cualquier exposición científica. Kramer además nos da una película de ritmo ágil en sus más de dos horas de metraje, manejando hábilmente el guión, como se refleja en el final para no dejar ninguna controversia sobre lo que quería exponer, es decir un equilibrio entre razonamiento y religión.

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Además Kramer es ayudado por sus actores, Gene Kelly, Spencer Tracy y Fredric March, siendo estos dos últimos quienes llevan el peso absoluto de la película. Spencer Tracy protagoniza la primera película que hizo con Kramer ya en el final de su carrera e interpreta al tenaz e inteligente abogado defensor, siendo la persona que defiende la libertad de pensamiento ante el fanatismo religioso que encabeza el fiscal, encarnado por Fredric March, conocido por Los mejores años de nuestra vida, y que recibió una justa nominación al Oscar por esta intensa, demagoga y enfermiza interpretación. Aunque Gene Kelly, lejos de escenarios musicales, sea algo secundario con su personaje de periodista pro evolucionista, sus comentarios sarcásticos son en varios momentos muy adecuados, pero a la vez es necesario para entender la esencia de la película.

Muchas conclusiones se pueden sacar de La herencia del viento, de sus dilemas morales y religiosos y vemos ese comportamiento inquisitorio de la población sobre el acusado, si lo dejaran seguro que lo que quemarían dado su extremismo y su desprecio a quienes no aceptan y contradicen sus estatutos que son cercanos a un nacional catolicismo, con sacerdotes y predicadores orando a sus fieles sobre Dios y la Biblia, siendo a veces irritable tanto fanatismo en esas personas que condenan y maldicen incluso a gente de su propia familia. No me considero ni católico, ni agnóstico, pero me da repugnancia ver el comportamiento de la gente, de cómo convierten la religión en un proceso de idiotización progresiva y no en una manera de encarar la vida. Lejos de esos matices religiosos científicos, La herencia del viento es ciertamente una película muy recomendable por la aportación tan espléndida de Spencer Tracy y Fredric March y entra dentro de los grandes dramas judiciales por derecho propio.