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Al terminar de ver El buscavidas te queda siempre esa impresión de pensar que has visto una gran película aunque la hayas revisionado en multitud de ocasiones. No sólo de las sensacionales escenas entre Newman y Gleason jugando al billar vive el argumento, sino que detrás hay un profundo e intenso melodrama, que funciona de manera soberbia, con seguramente uno de los personajes más carismáticos de la historia del cine, Eddie “Relámpago” Nelson, maravillosamente interpretado por Paul Newman, justamente nominado al Oscar e incompresiblemente no premiado.

Newman tiene esa cara dulce e inocente que embelesa al espectador y nos oculta tras esa faz una profunda oscuridad de carácter y comportamiento, de alguien muy convencido de sus virtudes, creyéndose invencible con un aire de chulería que produce cierta compasión en sus adversarios, como el Gordo de Minnesota. Newman no sólo nos ofrece esas características interpretativas, además se mueve como pez en el agua por todo el metraje de la película haciendo que parezca sencilla su actuación. Eddie Nelson es un personaje complicado, su vida no ha sido fácil, va de ciudad en ciudad usando su talento innato para el billar para conseguir dinero, pero su soberbia no le permite hacer caso su debilidad, una carencia de autovaloración. No se enfrenta a sus demonios interiores mientras va ganando, ya que si lo va haciendo no tendrá que enfrentarse con su estigma de perdedor. En ese micro mundo que se va creando se encuentra a su alma gemela, Sarah, una mujer solitaria, refugiada en el alcohol, interpretada sensacionalmente por Piper Laurie. Tanto Sarah como Eddie se buscan consuelo mutuamente, siendo egoístas el uno con el otro con sus sentimientos en principio, pero se va iniciando una historia de amor con tintes dramáticos. A ellos se une Bert Gordon, un magnífico George C. Scott, un “hombre de negocios” que se ofrece a Eddie para hacerle ganar más dinero, con una dualidad de intenciones muy clara, siendo alguien ambicioso en todos lo sentidos, no tiene más amor que el dinero.

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Del nivel actoral de El buscavidas faltarían adjetivos para definirla. Se podría decir que todos están perfectos, aunque la perfección no exista, pero Newman es mucho Newman, de nuevo hace el personaje suyo, lo llena de matices y expresiones, faltan de nuevo calificativos para poder expresar lo que Newman nos ofrece en pantalla. Que decir de Piper Laurie, el mejor papel de su carrera, una alcohólica que se va hundiendo progresivamente y que en su corazón guarda mucho amor, pero se interfiere en su camino George C. Scott, que encaja perfectamente en un hombre sin escrúpulos, que sólo piensa en su propio beneficio. Jackie Gleason le da una templanza mayúscula a el Gordo de Minnesota y aún siendo el competidor de Newman, en ningún momento sientes animadversión por él, ya que ves que es alguien afable y poco egocéntrico.

Lejos ya de las actuaciones, una de las partes más brillantes de El buscavidas es su fotografía, donde hay una interacción entre luz y oscuridad impresionante, creada por Eugene Schufftan, que ganó el Oscar por su labor. Aunque en 1961 ya existía el color, la película no hubiera funcionado igual, ya que esa sutileza en la utilización en blanco y negro define excelentemente a los personajes, lo envuelve todo en algo sombrío y lleno de sombras. La dirección de Robert Rossen es excelsa, magnífica en todo momento, manejando las elipsis temporales de las partidas de billar con un reloj que gira y gira, añadiendo un montaje sucesivo de escenas entre la disputa de Eddie y el Gordo de Minnesota. Rossen no desvía en ningún momento el eje central de argumento y a pesar de ser un drama, mantiene un ritmo que engancha al espectador, haciendo que los diálogos sean fluidos. Este fue su mejor trabajo y posteriormente fallecería 5 años después.

No se pueden expresar con más palabras lo que es El buscavidas simplemente hay que verla, disfrutarla, ya que es una de los mejores dramas de la historia sin duda. Si quieres conocer el cine clásico, de actores, esta es tu película.