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Creerás que un hombre puede volar”, rezaba el cartel promocional de la primera gran adaptación a pantalla grande del, precisamente, primer superhéroe de la historia: Superman (1938, de Jerry Siegel y Joe Shuster). Cierto es que en los años 40 ya se empezaron a emitir adaptaciones en forma de películas seriales de diversos superhéroes, como Batman, Capitán América, Capitán Marvel o el propio Superman, pero este formato debía más a lo que serían las posteriores series de TV que al cine propiamente dicho, aparte de telefilms (aunque luego a veces se llegaran a estrenar en pantalla grande en España) como los de Spiderman; pero la película de Richard Donner fue la primera gran adaptación seria de un superhéroe al celuloide. Y, tal como sucedió en cómic, sucedería en el cine: su impacto y éxito abrió el camino para el resto de adaptaciones superheroicas hasta hoy en día.

En realidad esa frase promocional, ingeniosa y buscando llamar la atención del escéptico público sobre lo que se podía esperar de una película basada en un cómic en la década de los 70, encierra dentro de si la verdad fundamental,  la misma esencia de lo que significa Superman, no solo como película, sino como personaje de cómic: optimismo, esperanza, fe, superación, luz. Efectivamente, Superman no solo viene a salvar la situación, viene a salvar a la Humanidad, a servir como inspiración, como faro de luz para que el ser humano crea en sí mismo, se levante sobre sus imperfecciones y debilidades buscando lo mejor de sí y, finalmente, vuele sobre ellas. No en vano el propio Jor-El tras aparecerse a su hijo, contarle sus orígenes y formarlo en los secretos del Universo le dice, antes de enviarlo de vuelta al mundo con 30 años cumplidos (casualmente la misma edad en que supuestamente Jesucristo empezó a predicar), ya como Superman: “ellos pueden ser un gran Pueblo, Kal-El, desean ser un gran Pueblo, solo necesitan la luz que les muestre el camino. Por esta razón sobre todas, por la capacidad que tienen para hacer el Bien, te he enviado a ellos, a ti, mi único hijo”.

Así pues las reminiscencias bíblicas son evidentes, siempre han estado ahí de una forma u otra en el cómic (en 1992 ya pasó por una famosa muerte sacrificándose para salvar a la Humanidad, con posterior Resurrección), y se hacen aún más patentes en la película: Kal-El es enviado por sus padres a la Tierra para salvarle de la destrucción de su mundo natal, Krypton, y a su vez salvar a su mundo de adopción, y es encontrado envuelto en ropas y adoptado por una pareja terrícola que lo crían como a su propio hijo hasta que su verdadera misión se manifieste (¿a alguien le suena un tal Moisés, que además también tenía que liberar y guiar a su pueblo?), aunque los símiles con Jesucristo sean aún más evidentes, al enviar Jor-El a su único hijo para servir y salvar a la Humanidad, pero prohibiéndole inmiscuirse en su Historia, es decir, los puede ayudar, salvarles, y con ello inspirarles y guiarlos con sus actos, pero no puede privarles de su libre albedrio para que escojan hacer lo correcto. El paralelismo llega a tal punto en que Superman, en un discutible recurso de guión, llega incluso a resucitar a los muertos. Tampoco es un detalle menor que Siegel y Shuster fueran hijos de inmigrantes judíos, o que el sufijo “–El” signifique “Dios”. Aunque se ha de reconocer que las dos películas de Donner incluyeron estas reminiscencias de una manera muchísimo más sutil y elegante que las mostradas en Man of Steel (2013) por Zack Snyder

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De hecho, el peor error de la versión de Snyder consiste en intentar tratar a Superman desde una aproximación oscura y realista, intentando emular así al acertadísimo tratamiento que hizo Christopher Nolan de Batman en su trilogía sobre el otro gran puntal del universo DC. Y es que no tuvieron en cuenta que ese tratamiento funcionaba tan bien en Batman porque es otro tipo muy diferente de personaje: oscuro, atormentado, su tendencia es sospechar y ver lo peor de la sociedad, su propia génesis parte de lo peor de lo que es capaz el ser humano: asesinar a sus semejantes sin ningún sentido, mientras que la génesis de Superman es luminosa, parte de un acto de sacrificio y amor, primero de sus padres kryptonianos, y después de la adopción y protección de sus padres adoptivos terrícolas, transformando una tragedia como es la pérdida de su mundo natal en algo positivo. Batman por su parte nació en el mismo y trágico instante en que pierde a sus padres, y muriendo en ese momento de facto Bruce Wayne como individuo, manteniéndose solo como una máscara y conveniente identidad secreta en pos de su oscura cruzada.

Superman se sabe necesario, pero más que por sus vastos poderes, por el uso que hace de ellos y en el ejemplo que da con su inquebrantable fe en la Humanidad, representa lo mejor que la sociedad puede ofrecer. Batman, en cambio, desea por encima de todo no ser necesario, ya que su mera existencia es la demostración de dos fracasos: primero, como individuo, incapaz de superar el violento asesinato de sus padres y seguir adelante llevando una vida plena; y segundo, y aún más importante,  de un fracaso colectivo como sociedad, ya que su violento rol, aunque necesario, demuestra en si mismo que el sistema no funciona, las herramientas que la sociedad se ha autoimpuesto son ineficaces para proteger a sus miembros de la injusticia, pero a su vez, su ejemplo tampoco puede ser inspirador para otros para seguirle en su cruzada: Batman lucha para dejar de ser necesario, para poder dejar de existir y, quizá así, poder recuperar parte de la vida que se le arrebató esa fatídica noche en que sus padres murieron violentamente ante sus ojos de niño. Esta profunda paradoja fue brillantemente abordada en la segunda parte de la trilogía de Christopher Nolan dedicada a Batman, The Dark Knight (2008), sin duda la más redonda de ellas. Allí queda perféctamente claro, en su desazonador final que Batman “es el héroe que Gotham se merece, pero no el que necesita ahora mismo”.

En definitiva, y para acabar ya con este fundamental contraste entre naturalezas superheroicas: mientras Bruce Wayne dedica todo su empeño en convertirse en Batman y combatir el fuego con fuego, apelando a infundir miedo y terror en los criminales, y acercándose en el proceso peligrosamentea los delgados límites entre justicia y venganza. Kal-El, Superman, existió desde su nacimiento, pero aprende y le enseñan a convertirse en Clark Kent, en un ser humano, educado por la mejor versión de la Humanidad. Así pues, Superman y Batman son complementarios, el duro pragmatismo y frío raciocinio de Batman equilibra el idealismo algo ingenuo de Superman, y a la inversa, por eso funcionan tan bien como equipo, aún siendo radicalmente diferentes como personajes y, justamente por eso, no se puede emplear el mismo tratamiento cinematográfico en ambos. Incluso la versión previa de Bryan Singer en Superman Returns (2006) acertó con el tratamiento adecuado, aunque luego se viera lastrada por intentar emular demasiado la visión de Donner, sin aportar suficientes elementos nuevos e interesantes para el espectador del siglo XXI.

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He comentado antes que Clark Kent fue educado en lo mejor de la Humanidad, y lo mejor de la Humanidad, para los norteamericanos, está fuertemente unido al sueño americano, a esa América soñada de Norman Rockwell. Los Kent y Smallville representan la Norteamérica más pura. En ese entorno rural echaron raíces los colonos y sobre sus semillas nacieron y crecieron los Estados Unidos, por tanto en el imaginario colectivo estadounidense, los grandes paisajes abiertos, con sus granjas y pequeños pueblos de gente sencilla, auténtica, en medio de ninguna parte, representan la pureza y la génesis de los ideales norteamericanos. De hecho en sus primeras aventuras el cómic abordaba con cierta frecuencia temas sociales, asumiendo Superman las funciones de un activista social en defensa de minorías o los más desfavorecidos de la sociedad del momento, como un reflejo del idealismo del New Deal de Roosevelt para intentar sobreponerse a la Gran Depresión. Por tanto, Superman, un superhéroe luminoso que representa lo mejor que la Humanidad puede ofrecer (aún sin ser él mismo humano), tiene que salir de ese entorno, haberse moldeado en esos valores.

Richard Donner lo sabía perfectamente, y le dio la relevancia debida con unos Kent entrañables, magistralmente interpretados por Glenn Ford y Phyllis Thaxter, que aunque sus intervenciones en la película sean relativamente breves, serían fundamentales, junto a un Jor-El convincentemente interpretado por un Marlon Brando ya en horas bajas, para definir al superhéroe. Esos imponentes paisajes rurales tan deudores de John Ford, esa determinada forma de vivir tradicional y de ver la vida tan bien ilustrada por Norman Rockwell, restan en el imaginario colectivo asociados a Superman, tanto en cine como en cómic. No hay más que fijarse en obras como Superman, las Cuatro Estaciones (1999), de Jeph Loeb y Tim Sale, para ver como aún en la actualidad siguen igual de presentes la visión de Rockwell o Ford asociadas a la esencia de Superman.

Tampoco hay que olvidar señalar cierto paralelismo temático con otro personaje de cómic como el Capitán América, un personaje noble y patriótico de la competencia, Timely Comics, la actual Marvel, surgido también en esa época prebélica y que combatió en la II Guerra Mundial por los ideales de ese sueño americano y se ve atrapado en la Norteamérica moderna, mucho más cínica y desengañada. Un hombre de otra época con unos ideales aún puros, pero obsoletos según el prisma moderno, que intenta, no obstante, seguir luchando por ellos e inspirar al resto de la sociedad. El continuo contraste entre los ideales que representa Steve Rogers como Capitán América y en lo que se ha convertido la Norteamérica actual daría para otro artículo diferente.

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Volviendo a Superman, la fotografía de Geoffrey Unsworth capta perfectamente esa esencia luminosa del personaje, aún en interiores o en las escenas nocturnas, Superman transmite siempre cierta luz, con un cierto aire de ensoñación, desde un inicio en un majestuoso y blanco planeta Krypton, con unos kryptonianos que literalmente irradian luz con sus trajes (excepto Zod y sus seguidores, con trajes oscuros), hasta en ese fantástico vuelo nocturno con Lois Lane, todo está concebido para iluminar al espectador, para incitar a su sentido de la maravilla, con una cierta ingenuidad, como apelando a su niño interior. Dada la limitación en los efectos visuales de la época, era necesario transmitir estas sensaciones con recursos como la dirección, la fotografía, el montaje y las interpretaciones.

Y en el casting está otro de los grandes aciertos de la película de Donner, empezando por un desconocido hasta entonces Christopher Reeve, que consiguió aportar la suficiente firmeza, fuerza, idealismo y humanidad a su personaje como para convertirse por derecho propio en el imaginario colectivo de varias generaciones en el rostro de Superman. Reeve fue capaz de algo tan sencillo y complicado como mostrar todos los matices de sus dos identidades, a veces en un solo plano, solo con su expresión corporal. Todos los que vinieron detrás suyo, tanto en televisión como en cine, sólo pudieron aspirar a ser meras sombras, más o menos afortunadas y creíbles, de lo que él interpretó. Incluso después de su trágico accidente, aún postrado y condenado a una silla de ruedas, mirabas a ese hombre y veías a Superman ahí. Aparte de los ya mencionados Marlon Brando, Glenn Ford y Phyllis Thaxter, brillaban con luz propia Gene Hackman como un brillante y cínico Lex Luthor, némesis por antonomasia de Superman, ya que si éste representa lo mejor del sueño americano, Luthor personifica su reverso tenebroso: un hombre extraordinario que, pese a todo su talento y potencial, en vez usarlo al servicio de la sociedad, lo usa sólo con fines puramente egoístas y para conseguir poder. Al Luthor de Hackman quizá sólo se podía achacar un exceso de concesiones cómicas, aunque no hay que perder de vista que en ese momento el Universo DC y sus personajes en general eran algo más ingenuos (en la versión pre-Crisis en Tierras Infinitas, 1985, Luthor era un genio criminal e inventor, no fue hasta después del macro evento del cómic en que se estableció en la nueva continuidad de DC como un poderoso hombre de negocios sin escrúpulos, muchísimo más peligroso), que también inspiró claramente la interpretación que hizo Kevin Spacey del personaje en Superman Returns; Margot Kidder como una convincente Lois Lane que quizá no cayera demasiado simpática, pero sus escenas con Superman transmitían auténtica química; Jackie Cooper como un enérgico Perry White y Terence Stamp como General Zod, en un papel breve en el inicio de la película, pero que sería fundamental en su secuela, Superman II (1980).

Hay que tener en cuenta que en la visión de Donner, Superman  y Superman II, estaban íntimamente ligadas. De hecho tanto que las dos se rodaron simultáneamente en gran parte, aunque al final los productores sin explicación alguna ficharon a Richard Lester para que acabase la secuela con algunos cambios y material rodado de nuevo. El cambio de director fue tan abrupto e inesperado que el propio Marlon Brando, muy molesto, se desvinculó por completo del film. Pero si se visiona el montaje de Richard Donner, que salió editado recientemente, en 2006, se aprecia mucho más lo ambicioso y grandeza de la visión de Donner y la estrecha continuidad entre entregas, ya que queda muy claro que las dos películas, de hecho, se tendrían que visionar como si solo fueran una. También hay que tener en cuenta que en ese montaje hay todo lo que Donner pudo filmar, apoyado por el uso de tomas de cámara para intentar recrear escenas o situaciones tal como él las había imaginado, pero, evidentemente, no hay todo lo que él quiso filmar, aun así, este montaje deja una película mucho más coherente respecto a su antecesora tanto en tono como narrativamente hablando: unidas por el principio y por el final de la primera, en Superman II se desenvolupan plenamente todos los temas planteados en su primera parte: las reminiscencias bíblicas, la función inspiradora de la Humanidad de Superman para que vaya más allá de sus debilidades (cómo olvidar la escena en que los ciudadanos de Metrópolis, sin ninguna probabilidad de victoria, plantan cara a Zod y sus seguidores alentados por la previa lucha de Superman) e incluso planteando momentos de dudas y debilidad humana por parte del propio Superman, que recurre a Jor-El (y nuevamente aparece la Biblia). De hecho en Superman II se cumplirá y cobrará pleno sentido la profecía lanzada por el propio Jor-El al inició de la primera parte: “El hijo se convertirá enpadre, y el padre en hijo”. Y así es, literal y metafóricamente, y con un doble sentido, que enlaza una vez más con la propia esencia de lo que es Superman: aparte del sentido que narrativamente se nos muestra en Superman II de esa profecía, de hecho también se refiere metafóricamente, y en un sentido mucho más profundo, a la relación entre el propio Superman y a la Humanidad: Superman se humaniza progresivamente, pero la Humanidad a cambio, gracias a su ejemplo, también se “supermaniza”, entendido como que transciende sus limitaciones y defectos “volando “en pos de su pleno potencial como especie.

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Y no se puede hablar de Superman sin hablar de su banda sonora, compuesta por John Williams. Si Christopher Reeve logró inmortalizar como debería ser la imagen de Superman, Williams hizo algo parecido en cómo debería sonar: su música se volvió prácticamente un leitmotiv en el imaginario colectivo con respecto a Superman, se seguirían utilizando sus temas en las secuelas y su influencia llegaría a perdurar tanto en el tiempo que incluso en las posteriores series televisivas y animadas y en Superman Returns, en sus temas se perciba la influencia del trabajo de Williams con mayores o menores reminiscencias, excepto, cómo no, en Man of Steel de Snyder, donde se rompe toda referencia y conexión respecto a la BSO de Superman (aunque como ya he explicado anteriormente, ese error no deja de ser una extensión del gravísimo error de base en cuanto a  tono y concepción del personaje que lo alejan tanto de su esencia que no es descabellado pensar que ese no es Superman, o al menos aún no lo es, a la expectativa de lo que pueda pasar en su ya anunciada secuela). Con una banda sonora grandilocuente, épica, que desde el mismo momento en que empiezan los títulos de crédito, unos títulos de crédito igualmente icónicos y emblemáticos, ya transmite un indudable carácter heroico, de que algo grande y maravilloso está a punto de pasar ante nuestros ojos, el tema principal es el que resuena indefectiblemente en la memoria del espectador, pero también acompañado de otros temas de incuestionable calidad, como el majestuoso tema asociado a Krypton o a la Fortaleza de la Soledad.

La película no es perfecta, tampoco hay que engañarse, el guión peca de cierta ingenuidad, algunos recursos como el de hacer retroceder el tiempo son más que discutibles, a pesar de la indudable intensidad dramática de toda esa escena,  y a veces hay demasiadas concesiones a situaciones o personajes cómicos, como el de Otis, el torpe secuaz de Luthor, interpretado por Ned Beatty; defecto éste que se acentúa en la versión de Richard Lester de Superman II, pero el amor, respeto y mimo por el personaje y su mitología patentes en la visión de Richard Donner no tienen parangón ni nadie lo ha sabido comprender como él.

¿Listos ya para volar?