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Decía el legendario Bob Dylan en una de sus canciones más emblemáticas que, de alguna forma, los tiempos estaban cambiando. Aquel tema, que no es otro que el archiconocido The Times They Are a-Changin’, fue compuesto por Dylan en 1963, diez años dantes de que se estrenase Pat Garrett y Billy the Kid. Esa canción parecía profetizar de alguna manera que el mundo iba a cambiar, y con ello el Séptimo Arte también sufriría muchos cambios significativos.

La década de los 70, tal y como hemos podido comprobar en estos días mediante críticas y artículos, fue una época de verdadera transición para el mundo del cine. Atrás quedaron los arquetipos del Hollywood clásico, se precisaban nuevas ideas, ideas novedosas de la mano de los Coppola o Scorsese que traerían un soplo de aire fresco al panorama cinematográfico estadounidense. En medio de esa coyuntura, nadie como Sam Peckinpah simbolizó aquella transición. Un director de mirada clásica que se inició en el mundo del cine dirigiendo westerns de corte tradicional en la década de los 60, década en la que el género del Oeste ya empezaba a mostrar síntomas de no gozar de buena salud. A pesar de su estilo clásico, Peckinpah supo amoldarse a los nuevos tiempos y no quiso quedarse atrás como un viejo dinosaurio mientras otros jóvenes realizadores cambiaban las reglas del cine. Es por ello que seguramente Sam Pekcinpah sea uno de los mejores ejemplos de lo que fue el cambio del cine clásico al moderno a finales de los 60 y durante los 70.

Peckinpah irrumpió en el mundo del cine justo cuando el clasicismo del Séptimo Arte iba llegando a su fin, y no contento con ello se especializó en un género que también iba muriendo poco a poco: el western. El género del Oeste que tan popular era en los 40 y 50, empezaba a mostrar su inevitable decadencia en la década de los 60. Los John Ford, Anthony Mann, Howard Hawks y demás leyendas del género ya nada tenían que aportar al género, solo el spaghetti western de Sergio Leone y Sergio Corbucci (entre otros) pareció dar un toque diferente y novedoso a un género que estaba condenado a desaparecer prácticamente. Pero entonces llegó Sam Peckinpah a principios de los 60 dando un puñetazo en la mesa y confirmando que al género del Oeste aún podía dar algunas obras maestras.

Pat Garrett

Con una violencia totalmente tangible y desmedida, Peckinpah basa la mayoría de sus westerns en historias salvajes y despiadadas a la par que dota a sus personajes de unas características y personalidades muy depuradas. El western que proponía Peckinpah era del corte más crepuscular posible, ambientados los más emblemáticos en una época en la que el viejo Oeste empezaba a extinguirse en pos de la llegada del progreso con el que contaban en el avanzado Este americano. Sus personajes no eran aquellos hombres íntegros que podíamos encontrar en los westerns de Hawks o Wellman, si no personas corrompidas por la vida que, aunque no dejaban de ser hombres honorables, sacaban a relucir su lado más oscuro y, al mismo tiempo, humano. Con esta premisa nacieron Grupo Salvaje, su gran obra maestra, y Duelo en la alta sierra, siendo Pat Garrett y Billy the Kid seguramente la obra más hermosa y crepuscular de la filmografía de Peckinpah.

Pat Garrett y Billy the Kid nos muestra la controvertida historia entre dos de los personajes más recordados y singulares de esa especie de mitología que componían los nombres propios del género del Oeste. Se nos presenta a un forajido, Billy el Niño, que se ve obligado a huir del que fuera años atrás uno de sus mejores compañeros, Pat Garrett, ahora sheriff, cuya obligación es dar caza al primero.

Ante esta singular historia, Peckinpah nos cuenta una de las fábulas sobre la amistad entre hombres más hermosas de la historia del cine. Su visión, como decíamos antes, es del todo crepuscular, pues se nos presenta a un bandido como Billy el Niño de manera que sentimos que es el héroe de la película, mientras que vemos que el hombre de la ley (Pat Garrett) es el villano, a pesar de que Peckinpah no intenta manipular sobre quién es el bueno y quién el malo.

La historia de dos amigos que se ven obligados a estar enfrentados no podía tener mejor marco que aquel lejano Oeste que veía cómo sus códigos (al igual que en el cine), iban cambiando a gran velocidad. Garrett representa la veteranía del viejo hombre del Oeste que, cansado de cabalgar, se sube al carro de los nuevos tiempos y de alguna forma traiciona sus valores para hacerse un hombre de la ley; Billy el Niño, en cambio, es la viva imagen de aquel Oeste joven y salvaje que se resiste a desaparecer. Una historia dolorosa y despiadada, pero al mismo tiempo hermosa. El mano a mano que mantienen Kris Kristofferson y James Coburn es sencillamente espectacular, siendo seguramente dos de las mejores interpretaciones que se han podido ver en un western.

Ambos volverían trabajar con Sam Peckinpah en los años siguientes. Kristofferson tendría un rol secundario en su siguiente película, Quiero la cabeza de Alfredo García, y protagonizaría una de sus obras menores en el ocaso de su carrera: Convoy. Por su parte, Coburn, que ya había aparecido como secundario en Mayor Dundee, sería el protagonista cuatro años más tarde de la última gran obra de Pekcinpah: La cruz de hierro.

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La dirección del maestro Peckinpah resulta brillante en todos los sentidos. Supo como crear una película de una belleza narrativa y argumental única, completamente crepuscular, sin perder ni un ápice la violencia que le caracterizó durante toda su carrera. Y es que las historias sobre la amistad en el lejano Oeste siempre fueron la debilidad de Peckinpah, como ya dejó claro en Mayor Dundee, Duelo en la alta sierra o Grupo Salvaje, aunque ninguna de ellas fue tan sentida y emotiva como la de Pat Garrett y Billy the Kid. El uso de la cámara lenta no resulta tan espectacular como en Grupo Salvaje o La huida, pero es igualmente efectivo, dejando claro que en esa disciplina el director norteamericano no solo fue pionero, si no que no tenía rival.

Además, la película tiene un uso de la música inigualable, con una banda sonora maravillosa a cargo de Bob Dylan, dándole un toque verdaderamente único al film. Dylan quiso participar también como actor en la película, interpretando a Alias en un rol secundario y dejando claro que era infinitamente mejor músico que actor. Es en esta película donde por primera vez pudimos oír la mítica canción Knockin’ On Heaven’s Door, y resulta verdaderamente reseñable el uso de esta legendaria canción en la película. La podemos oír en la escena en la que uno de los ayudantes de Garrett (interpretado por Slim Pickens) recibe un balazo y se sienta junto a un río esperando su muerte, ante la impotente y desoladora mirada de su esposa (Katy Jurado). Puede que ese viejo ayudante moribundo que llama a las puertas del cielo sea la representación del mismo género del western, que veía cómo su vida se iba agotando poco a poco a la par que el nuevo cine de los 70 iba dando sus primeros pasos.

No es casualidad que una película tan bella y melancólica, tan nostálgica como Pat Garrett y Billy the Kid, fuese uno de los últimos grandes westerns de la historia del cine. El género iba muriendo poco a poco, al mismo tiempo que el cine de corte más clásico estaba siendo enterrado por las nuevas generaciones y al igual que el gran Sam Peckinpah entraba en la fase final de su carrera. Éste fue el último western puro que Peckinpah rodó, a pesar de que al año siguiente dirigiese la extraordinaria Quiero la cabeza de Alfredo García, un western moderno de lo más salvaje. Con Pat Garrett y Billy the Kid Peckinpah daba prácticamente la extremaunción al género cinematográfico por excelencia, el del Oeste. Solo Clint Eastwood con sus westerns y algunos casos aislados como los de Bailando con lobos o Silverado lograron mantener con vida a un género que, aunque se resiste a desaparecer, lleva décadas clínicamente muerto. El western y sus historias ya no interesaban tanto al gran público, sus mitos parecían de lo más arcaico e insustancial. Los tiempos del far west, de los vaqueros e indios, de las ciudades fronterizas, todo ello estaba condenado a jugar un rol minoritario en el mundo del cine. Sam Peckinpah lo sabía, y por ello nos regaló esta preciosa historia sobre amistad y muerte ambientada en un oeste que iba muriendo al igual que el cine clásico dejaba paso a una nueva era en la historia del séptimo arte.