THE_JOKER

Después de la fundacional Batman Begins (2005), Christopher Nolan retomó su magistral trilogía sobre el icónico personaje en 2008 con El caballero oscuro. Como si se tratara de una trágica y solemne ópera en tres actos como la que marca el nacimiento del personaje en Batman Begins, Nolan profundiza aquí mucho más y supera en todos los aspectos a su predecesora, logrando la mejor de las tres películas de su visión cerrada y autoconclusiva sobre la leyenda y, a la vez, recuperar definitivamente los favores de un público que aún se removía en el asiento horrorizado recordando las adaptaciones de Joel Schumacher, que sin duda hicieron más por acabar con Batman de lo que jamás logró hacer el Joker en toda su desquiciada carrera.

La trama empieza un tiempo después del final de Batman Begins, cuando lucha de Batman contra el crimen organizado en Gotham va dando buenos frutos, sobre todo desde su alianza con el teniente Jim Gordon y el nuevo fiscal del distrito, Harvey Dent. Tanto éxito obtiene que incluso se plantea retirarse pronto, dado los buenos resultados que consigue el fiscal con la ley en la mano. Pero el crimen organizado buscará un aliado que no se atiene a ninguna norma, el Joker, cuyo único objetivo es sembrar el caos y el terror. Ante esta amenaza, Batman deberá plantearse hasta dónde puede y debe llegar para detenerlo.

The Dark Knight Rises

Y no es que Batman Begins no fuera una buena película, al contrario, era muy notable, pero sufría de ciertas irregularidades de ritmo, por otra parte totalmente necesarias. Me explico: después de las dos muy interesantes primeras adaptaciones que firmó Tim Burton, que sin embargo se centraba en los aspectos más góticos de Gotham y del entorno de Batman más que en los aspectos psicológicos de los personajes, adaptándolos en cierta manera a su particular universo visual; y de las dos posteriores y  devastadoras, adaptaciones de Joel Schumacher, que se centraban en la acción y derivaron rápidamente en una estética demasiado pop, que recordaba más al espíritu de la serie televisiva de los años 60 que al del cómic de las últimas décadas del personaje; la franquicia cinematográfica del héroe quedó demasiado quemada, no pocos incluso la dieron por muerta. Se hacía imprescindible, pues, si se quería relanzar con éxito al personaje, empezar de cero, reinventarlo absolutamente. Por ello, Batman Begins dedica buena parte de su metraje, con una clara inspiración en el cómic Batman Año 1, de Frank Miller, a explicar la génesis del héroe, sus motivaciones, cubriendo desde la niñez hasta la su evolución para llegar a la edad adulta y convertirse en Batman, y en la presentación de los diferentes personajes. Esta carga narrativa, absolutamente necesaria, de reinventar los orígenes asumiendo el rol simultáneo de película y precuela de ella misma, fue asumida por Nolan, lo que no le impidió dirigir una muy destacable adaptación que apostó por una nueva visión hiperrealista del superhéroe y una aproximación más psicológica que de pura acción, pero teniendo siempre la vista puesta en que aquí estaba poniendo las bases para las posteriores películas que, esas si, podrían explorar libremente y en profundidad las posibilidades que ofrecía el universo de Batman.

Y así ha sido en El caballero oscuro, Nolan ha cogido los fundamentos que tan pacientemente puso en la primera parte, y ha erigido encima una obra maestra en el acercamiento al personaje y, de paso, una referencia en lo que a adaptaciones de otros superhéroes se refiere (no siempre afortunada, teniendo en cuenta la nefasta  perspectiva y tratamiento con la que se abordó El hombre de acero (2013)). Sus dos horas y media de metraje aguantan sin resentirse varios visionados, que no hacen sino aportarle nuevos matices. Lo que resulta curioso es que lo hace con una obra muy coral, donde el protagonismo recae en diferentes personajes, siendo Batman un elemento más de un intenso thriller que no tiene nada que envidiar a los mejores exponentes del género y que no da pausa al espectador, donde los aspectos psicológicos, los dilemas morales y la metáfora social pesan tanto o más que la acción en sí misma. La oscuridad a que hace referencia el título, no está tanto en el exterior (hay abundantes escenas diurnas) sino en el interior de los personajes, de la misma sociedad que nos muestra, en un relato  en que la luz va languideciendo inexorablemente conforme avanza el metraje hasta llegar a una oscuridad deprimente, casi opresiva, y lo hace en una Gotham alejada de la marcada estética gótica que instauró Burton; al contrario, tiene una estética bastante neutra, atemporal que la hace más cercana al espectador, en consonancia con la aproximación hiperrealista al personaje. Esta Gotham podría ser cualquier ciudad, aunque recuerda a Nueva York, haciendo una metáfora sobre el ambiente post 11-S cuando la ciudad cae bajo el pánico por las amenazas terroristas del Joker, permitiendo así una interesante reflexión sobre algunas de las medidas que Batman se ve obligado a adoptar para luchar contra esta nueva forma de crimen/terrorismo.

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A nivel técnico, de fotografía y montaje (Nolan sabe usar como pocos el montaje paralelo para lograr una tensión creciente, como demostró si ir más lejos en las posteriores Origen (2010) y El Caballero Oscuro, la leyenda renace (2012)), el film es impecable, aunque en el inicio algunas situaciones pueden estar montadas de una manera algo confusa, rápidamente se soluciona con un ritmo in crescendo donde se da más importancia a la creación de una atmósfera de tensión que a las escenas de acción, estando estas al servicio de la historia, y donde la magistral banda sonora de Hans Zimmer y James Newton Howard juega un papel crucial a la hora de hacer tanto de soporte de las imágenes como, sobretodo, al explorar terrenos como las inquietantes melodías asociadas al Joker que, antes de la aparición del personaje (o de sus actos), o incluso sin llegar a aparecer, ya anticipan su presencia o influencia desquiciante y tóxica entre los espectadores. A nivel interpretativo, todo el reparto parece estar en un estado de gracia.

Un reparto de lujo, ya que lo que se nos cuenta aquí no es una simple lucha de un héroe contra el malvado de turno, sino que plantea dilemas dramáticos y morales bastante más profundos: el límite entre ser un héroe o un justiciero, la lucha eterna entre el orden que representa Batman contra el caos y la anarquía y, en definitiva, la disyuntiva entre vivir según unos principios o no hacerlo en una sociedad corrupta. Y si alguien personifica como si fuera una fuerza de la Naturaleza al caos, la anarquía y la absoluta falta de principios, es el Joker. Un Joker magistralmente interpretado por Heath Ledger, en una actuación que fue  injustamente eclipsada por su muerte, y que se alejó de la aproximación más histriónica que hizo Jack Nicholson, para darle un aire más siniestro y sádico: el de un loco que, a pesar de serlo, tiene las ideas muy, pero muy, claras. Se puede ver en este Joker una clarísima inspiración de La broma asesina, el genial cómic de Alan Moore, en el hecho de no dar unos orígenes claros al personaje, la naturaleza de su compleja relación de dependencia con Batman, como las dos caras de una misma moneda y, sobretodo, en su motivación en demostrar que todos, en determinadas circunstancias, pueden abandonar sus principios y volverse como él; muy especialmente los máximos defensores de la ley y el orden, cambiando su víctima en el cómic y enlazándolo hábilmente con Harvey Dent y el origen del personaje de Dos Caras. Ciertamente, este es el tema clave sobre el que bascula todo el film, siendo el personaje de Harvey Dent (en un gran papel de Aaron Eckhart, ni punto de comparación con la histérica interpretación que hizo del mismo Tommy Lee Jones en su momento) el máximo exponente.

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Nolan a lo largo de su trilogía ha demostrado una gran habilidad adaptando y haciéndose suyo material procedente de algunas obras cumbre de la extensa historia del hombre murciélago (ya cerca de cumplir los 76 años). Si en Batman Begins los referentes claros eran Año 1, de Frank Miller, que mezcló con  elementos de la Saga de Ra’s Al Ghul de Denny O’Neil y Neal Adams; en El Caballero Oscuro hace otro tanto con la ya mencionada La broma asesina, condimentada con El Largo Halloween de Jeph Loeb y Tim Sale y lo remata con El Caballero Oscuro, la leyenda renace con referencias evidentes como el arco narrativo de La Caída del Murciélago (Knightfall), la saga Tierra de Nadie (No Man’s Land),  la novela gráfica Batman: The Dark Knight Returns, de Frank Miller, más unas pizcas de The Cult, de Jim Starlin y otra vuelta de tuerca a la Saga de Ra’s Al Ghul. Como se puede comprobar se trata de una mezcla heterogénea considerable, a la que sin embargo consigue dotar de sentido propio. De hecho, los principales adversarios a los que se va enfrentando Batman en la trilogía cumplen un patrón común: son reflejos oscuros de lo que él es, posibles versiones alternativas de cómo podría haber acabado o acabar. Si Ra’s Al Ghul comparte ideales pero lleva su búsqueda de la Justicia al extremo, el Joker tiene un origen traumático que lo sitúa al margen de la sociedad, pero optando por dejarse llevar y vivir por el caos en vez de luchar contra él; mientras Bane y sus aliados pretenden empezar una revolución social aniquilando el viejo orden. Tres reflejos deformados de lo que es y quiere Batman que muestran lo delgada que puede ser la línea a cruzar. O como se dice en la película: O mueres como un héroe, o vives lo suficiente para convertirte en el villano. Tampoco es difícil observar aquí una reflexión y crítica social a la sociedad norteamericana post 11-S, que en aras de una utópica seguridad estaba dispuesta a sacrificar libertades y derechos civiles. ¿Cuáles son los límites que se pueden cruzar para mantener a la sociedad segura de las amenazas? ¿El fin justifica los medios? Estas cuestiones se plasman a lo largo de toda la trilogía de Nolan.  

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 De hecho, Batman ansia por encima de todo no ser necesario, su máximo deseo es un mundo en el que no deba existir, donde no sentirse solo, en un tratamiento trágico que ya fue abordado previamente en la excelente película de animación Batman: la máscara del fantasma (1993), de Eric Radomski y Bruce Timm. Y este es el gran drama del personaje: que no quiere ser un héroe (ya que él mismo no sigue las reglas para luchar con el crimen en una ciudad corrupta), y sabe que no debe serlo ni puede inspirar una sociedad mejor; mientras que la esperanza real es quien, siguiendo las reglas y la ley, consigue erradicar la corrupción y el crimen, ese alguien se llama Harvey Dent, el héroe que Gotham necesita como inspiración. Y aquí viene la épica y amarga conclusión final que es, al mismo tiempo, una perfecta metáfora social: Batman es el héroe que Gotham se merece y tiene, pero no el que necesita.