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Anoche una cadena privada programó eso que tituló como “La noche de Julia Roberts”, no por ningún motivo en concreto, sino como una mera excusa para programar Pretty Woman y Novia a la fuga seguidas. Hace tiempo que Julia Roberts dejó de ser la gran estrella que era, que pasó a la nómina de la Serie B de las grandes actrices dejando paso a aquellas que eran más jóvenes. Algunas la han tratado de imitar, desde Jennifer Aniston a Katherine Heigl o Rachel McAdams. Pero la realidad es que ninguna llegará a ser jamás, ni de lejos, lo que fue la Roberts, y lo que sigue siendo. Porque aceptémoslo, la Roberts (y la llamamos así, porque con su cine, especialmente en los años 90, se ganó un puesto de colegueo entre todos los espectadores del mundo), es inigualable. Y lo es porque pocas veces una actriz ha tenido el desparpajo que ha tenido ella, pocas o ninguna diría yo. Ha habido y hay actrices en películas románticas mucho mejores que la Roberts, pero jamás una actriz se sintió tan cercana como ella siempre lo hizo. Si la llamaban “la novia de América” era por algo, y por mucho que hayan intentado pasarle el testigo de novia a otras como la mentada Heigl, o a Reese Witherspoon ninguna se ha acercado a borrar el testigo de la ex. Porque nunca se fue, siempre estaba ahí, y repasabas sus películas como las fotos de aquella ex que te dejó.

Pero no nos dejó, simplemente se hizo mayor. Es inevitable, pero la Roberts está teniendo una “vejez” (a sus 46 años, ya sabemos que esa edad para las actrices de Hollywood es una auténtica condena que la aleja de poder protagonizar cualquier película), mucho mejor que la de cualquiera de sus compañeras de generación. Porque intentó alargar sus estatus, lo hizo con su amigo Tom Hanks en película tan olvidables como Larry Crowne o La guerra de Charlie Wilson, también lo intentó con su otro buen amigo Garry Marshall en Historias de San Valentín. Pero por suerte se dio cuenta de que ese momento para ella ya había pasado, y empezó a experimentar. Experimentar lo han hecho muchas actrices, mismamente Meg Ryan lo intentó con el botox, lo mismo que Nicole Kidman, pero con resultados aún más nefastos. Porque la Kidman aún tenía algo de talento, pero Ryan ni eso, y ahí anda, completamente desaparecida desde hace 5 años porque no hay quien se atreva a mostrar su terrorífico rostro en la gran pantalla, y tirándose de los pelos, porque su única oportunidad laboral, emulando a Bob Saget como la voz de la madre en el spin-off de Cómo conocí a vuestra madre no llegará a ver la luz.

RyanKidmanBotox

Luego está Sandra Bullock, la gran competidora de la Roberts durante los 90, la chica fea, el patito feo que todos querían, porque ella podía aportar algo que la Roberts nunca pudo, ser fea. Ésta ha sabido disimular mejor su envejecimiento, primero ganando un Oscar que consiguió ser aún más bochornoso que el que ganó la propia Robets. Porque el Oscar que ganó Julia Roberts por Erin Brokovich era inmerecido, básicamente se limitaba a tener el mismo desparpajo que siempre tuvo en una película más implicada y con director de renombre como Steven Soderbergh, que no buena. Pero el de Sandra Bullock conseguía hacer parecer el de Roberts justo, digamos que básicamente Bullock ganó un Oscar por teñirse el pelo en un telefilm, aún nadie se lo explica (hasta ello misma en un arranque de sinceridad dijo que no lo merecía, pero no lo devolvió la muy lista), pero algo extraño pasa con la categoría de Mejor actriz casi todos los años, así que tampoco nos podemos escandalizar demasiado.

Este año la Bullock ha vuelto con fuerza en Gravity, nominación debajo del brazo incluida, todos se han vuelto a sorprender diciendo lo divina que estaba ella en aquella película que tenía que sufrir tanto. No voy a decir que Sandra Bullock no estuviera bien en Gravity, que lo estaba, pero tampoco voy a negar que Alfonso Cuarón habría sido capaz de sacarle una gran interpretación con ese papel hasta a Paris Hilton. Pues sí, estaba bien, pero posiblemente una actriz más capaz habría estado aún mejor. Pero tenía guasa que se hablase así de Bullock (y me niego a llamar “la Bullock”) cuando este mismo ha vuelto la Roberts, y ha vuelto completamente nueva, reinventada. ¿Dónde había escondido su talento dramático está chica tan carismática? Pues parece ser que lo tenía, vale que no ha hecho un Matthew McConaughey (debería acoger la expresión “hacer un McC” cada vez que un actor dé un giro a su carrera), pero la Roberts nos sorprendió.

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Ya la alabé un poco antes viéndola pasadísima de rosca en aquella Mirror Mirror como la madrasta malvada de Blancanieves, vale que aquella película sólo me debió gustar a mí, o al menos fui el único que la entendí como la fantástica parodia que me pareció que era. Pero este año ha callado a todos. Primero lo hizo en Agosto, una fantástica comedia negra, nuevamente muy pasada de rosca, dónde la Roberts parecía pasárselo en grande gritando de lo lindo, tanto es así, que era la mejor de un reparto que incluía a señoras tan gloriosamente respetables como Meryl Streep o Margo Martindale. Aunque esto también planteaba una duda, la Roberts estaba genial cuando el papel la dejaba pasarse del todo, pero, ¿qué pasaría cuando no pudiera hacerlo, cuando tuviera que contenerse? Pues hace unos meses Ryan Murphy nos dio la respuesta con la fantástica The Normal Heart, donde no sólo estaba fantástica, si no que afrontaba el que posiblemente haya sido el mejor papel de su carrera hasta la fecha, y también, el más complicado.

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Desconozco las cifras que hicieron ayer en televisión Pretty Woman y Novia a la fuga, seguramente cifras estupendas, como siempre que una película de Julia Roberts se programa en televisión. Porque la Roberts es como esa ex inolvidable que siempre que hay oportunidad de volver a recordarla, lo hacemos, y lo disfrutamos, aunque nos sepamos de memoria ambas películas (al menos la primera, debo reconocer que Novia a la fuga me parece espantosa, y es que no la salva ni ella). Pero lo mejor es que la Roberts ha vuelto, y lo ha hecho como una actriz de los pies a la cabeza, como la gran dama que es, ya no es esa chica normal pidiéndonos que la queramos, ahora es esa gran dama que nos pide que la respetemos. Y la respetamos, y la queremos, porque la Roberts es nuestra Roberts, y no ha habido, ni habrá una actriz más cercana al espectador de lo que siempre ha estado Julia Roberts. Y es que es imposible no amarla.