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En apenas cinco años el mundo del cine asistió hace décadas al despertar de uno de los (sub)géneros más difíciles e inexplorados de los que existen. Entre 1957 y 1962 no sólo se estrenaron los mejores dramas judiciales que se han hecho en los más de cien años de historia del cine, sino que presenciamos la consolidación de autores como Sidney Lumet y la consagración de actores como Gregory Peck o James Stewart. En 1957 dos películas de este tipo coincidieron en los cines, una de ellas fue un fracaso en taquilla y la otra se llevó todos los halagos habidos y por haber. La primera, 12 hombres sin piedad, hizo que el nombre de Lumet se quedase grabado para siempre en la memoria de todos los amantes de este arte, ya que a pesar del escaso interés que despertó la cinta en su año de estreno, con el paso del tiempo ha conseguido cautivar del mismo modo en que lo hizo el filme del maestro Billy Wilder. 12 Angry Men fue su ópera prima, un drama muy intenso y soberbiamente dirigido (en un solo escenario) en el que la tensión que existía entre los protagonistas conseguía traspasar la pantalla. El otro largometraje del 57, que sí vivió su época de esplendor entonces, fue Testigo de cargo, del ya mencionado Wilder. Un director que ya había logrado todo en su carrera pero que aún así volvió a demostrar con Witness for the Prosecution por qué es considerado uno de los realizadores más sobresalientes de la historia. Magnífico final como colofón a una de las películas más jugosas y emocionantes de la década de los 50.

Otras dos cintas sublimes llegaron a los cines de todo el mundo durante ese lustro. Ambas de una calidad incuestionable pero totalmente diferentes en cuanto a temática. Anatomía de un asesinato (1959) y ¿Vencedores o vencidos? (El juicio de Nuremberg) (1961) corroboraron el grandísimo momento que estaba atravesando este género. Una centrada en el nazismo y dirigida por el mejor artífice de dramas judiciales en la gran pantalla, Stanley Kramer, y otra creada para lucimiento de un maravilloso James Stewart por parte de un inspiradísimo Otto Preminger. Las dos películas se sirven de los tribunales de justicia para desarrollar su historia, y aunque una se apoye en ellos casi en su totalidad (la de Kramer) ambas saben aprovecharlo a la perfección, consiguiendo que el espectador no desconecte y mantenga sus ojos siempre fijos en la pantalla.

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Matar a un ruiseñor puso fin a esa época de grandeza que vivió el cine judicial en los años 50 y 60. Quizá la película de Mulligan no sea en esencia el mejor largometraje sobre este tema que se filmó en este intenso periodo, ya que algunos preferirán considerarla un drama social antes que un filme meramente jurídico, pero sin duda, tiene todos los elementos y cumple todos los requisitos para tenerla en consideración cuando se hable de este (sub)género. To Kill a Mockingbird fue la primera gran película de Robert Mulligan (porque a pesar de la calidad de sus películas iniciales con Tony Curtis, éstas no estuvieron a la altura de las expectativas), y también la mejor de toda su carrera.  El director se arriesgó con la adaptación de la novela de Harper Lee y la jugada le salió a la perfección, ya que además ese mismo año se llevó un Oscar a Mejor guión adaptado. Gregory Peck, el actor que encarna al inolvidable Atticus Finch, llegó a esta producción siendo considerado ya uno de los mejores actores de su generación, habiendo trabajado ya, con tan solo 46 años, para grandes creadores audiovisuales como Alfred Hitchcock (Recuerda, 1945), King Vidor (Duelo al sol, 1946), William A. Wellman (Cielo amarillo, 1948), William Wyler (Vacaciones en Roma, 1953 u Horizontes de grandeza, 1958) o J. Lee Thompson (El cabo del terror, 1962) consiguiendo por esta última su único Oscar (a pesar de haber estado nominado en hasta cinco ocasiones). En Matar a un ruiseñor confluyen grandes aciertos, entre ellos el del casting y el de director, que como resultado dan lugar a un filme perfectamente ambientado, con una dirección artística magistral y una historia que cuesta olvidar.

En la época de la Gran Depresión, en una población sureña, Atticus Finch (Gregory Peck) es un abogado que defiende a un hombre negro acusado de haber violado a una mujer blanca. Aunque la inocencia del hombre resulta evidente, el veredicto del jurado es tan previsible que ningún abogado aceptaría el caso, excepto Atticus Finch, el ciudadano más respetable de la ciudad. Su compasiva y valiente defensa de un inocente le granjea enemistades, pero le otorga el respeto y la admiración de sus dos hijos, huérfanos de madre.

“Nadie tenía prisa porque no había adonde ir ni qué comprar. Ni siquiera dinero para comprarlo. Aunque evidentemente, se había dicho del condado de Macon, que no debía tener miedo mas que de su propio miedo”. Así comienza Matar a un ruiseñor, con la voz en off de una Scout adulta, y con la Gran Depresión siempre de fondo. En la primera parte de la cinta de Mulligan el entorno rural juega un papel clave, ya que de todas las secuencias emanaba esa atmósfera de simpleza y cercanía que sólo existe en este ambiente. En este segmento de la cinta es donde conocemos a los personajes, donde comenzamos a sentir empatía por Atticus, ese hombre que, con entereza, lucha por sacar adelante a sus hijos ante la ausencia de la figura materna, y decidimos acompañar a Scout, su hermano Jem y “Tití” Harris en las aventuras veraniegas que corren aprovechándose de la siniestralidad de la casa de los Radley. En To Kill a Mockingbird la diferenciación social (ya no sólo racial) tiene un grandísimo peso, por eso algunos personajes, como “Tití”, se pueden interpretar como una antítesis de, por ejemplo, la familia Cunningham (que se ve obligada a pagar a Atticus en especias).

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Hacia la mitad del largometraje la película pasa de tocar el modo de vida sureño a centrarse en la problemática racial, es entonces cuando el filme alcanza sus momentos de mayor intensidad, como en la larguísima pero excelente secuencia del juicio, que pondrá de los nervios a más de uno, o en las que los hombres, capitaneados por el padre de los Cunningham, intentan entrar en la cárcel para vengarse de Tom Robinson, el negro acusado de violación, cuyo silencio es capaz de erizar el vello. Una película sobre la injusticia, el coraje y la compasión pero en la que destaca por encima de todo la metáfora que Mulligan hace (suponemos que basándose en la novela) entre el ruiseñor y no sólo Tom Robinson, sino también Boo Radley, el ser tan temido por todos los habitantes de Macon, y que da lugar a una reflexión moral que el público no debe evitar (“Nunca llegarás a comprender a una persona hasta que no veas las cosas desde su punto de vista”, decía Atticus a su hija). Además la película de Mulligan puede presumir de tener una magnífica banda sonora y una espléndida fotografía, ambas con nominación al Oscar incluida.

El problema es que Matar a un ruiseñor se estrenó en un año muy completo. En 1962 Lawrence de Arabia arrasó en los Oscar y otras películas como ¿Qué fue de Baby Jane?, El hombre de Alcatraz o Días de vino y rosas (película por la cual Jack Lemmon habría ganado el Oscar de no ser por la presencia de Peck), también coincidieron en su (año de) estreno.

Matar a un ruiseñor no cae en la sensiblería a pesar de contar un tema que bien podría haber jugado fácilmente con los sentimientos del espectador, pero el largometraje se contiene, no sólo desde el punto de vista argumental sino también en sus actuaciones, aportando una dosis de realismo que la convierten en una de las mejores películas de la historia del cine y cuyo visionado es una experiencia inolvidable para todo seguidor del Séptimo Arte.