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Puede gustar más o menos la figura de Isabel Coixet, una de las cineastas más vilipendiadas de nuestro cine, pero también, de las más personales. En su filmografía guarda ideas maravillosamente ejecutadas como Mi vida sin mí o La vida secreta de las palabras, con otras llevadas de una forma muy deficiente como Elegy o Mapa de los sonidos de Tokio. Incluso su vuelta a España, junto a actores españoles (dos soberbios Javier Cámara y Candela Peña) con Ayer no termina nunca, nos dejaba de nuevo la imagen más personal de Coixet con ciertas ideas brillantes, aunque era el propio ego de la directora, auto-proclamada voz del movimiento 15M, la que acababa por destrozar la película con innecesarias diatribas que machaban de lleno el ritmo de la película. Pueden gustar más o menos su cine, pero en la filmografía hay una clara constante, melodramas de gran fuerza, estética cruda y directa, su imagen, para bien o para mal, presente de manera constante durante todas sus películas. Es quizá por eso que uno se sorprenda de encontrarse con una cinta como Mi otro yo en la filmografía de Isabel Coixet, un filme de terror de pequeño presupuesto en la que la directora no aparece ningún momento, que una realizadora tan personal como Coixet haga una película tan carente de personalidad como Mi otro yo es algo que causa verdadera estupefacción.

Mi otro yo nos cuenta la historia de Fay, una joven exitosa, a la que le va bien en los estudios e incluso está a punto de protagonizar la obra de teatro del colegio interpretando a Lady MacBeth, tiene problemas en casa, con un padre que está enfermo, pero no parece demasiado como para perturbar su plácida existencia. Pero de repente, de un día a otro, empieza a sentir que alguien la persigue, pero no es cualquier persona la que va detrás de ella, si no ella misma, un doble, que la observa y la arrastra a la locura. Esta situación llevará a la joven Fay a una espiral de autodestrucción, mientras que descubrirá oscuros secretos sobre su pasado y que son motivo principal de esta continua obsesión.

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Existe en Mi otro yo un paralelismo muy claro con Cisne negro de Darren Arofnosky. Allí, el personaje al que daba vida Natalie Portman se obsesionaba con la perfección al tener que interpretar al personaje protagonista de la obra de Chaikovski, algo parecido a lo que le ocurre al de Sophie Turner al tener que protagonizar a uno de los personajes más complejos de la obra de Shakespeare. Pero ciertamente, las similitudes, por desgracia, terminan en este punto. Mientras que Arofnosky examina a conciencia todos los puntos de esa locura a la que se ve arrastrada el personaje, creando incluso ciertas similitudes entre la obra a interpretar y la actitud del personaje, creando con ello una película tan extraña como única. Pero en cambio, en Mi otro yo se opta por un camino mucho más común. La película desecha por completo la opción de la tragedia Shakesperiana, pese a lo suculento que un personaje tan mezquino y manipulador como el de Lady MacBeth podría aportar a un thriller de un perfil psicológico. El camino que toma, sin embargo, es el de una historia de fantasmas bastante topicona con ecos al cine de terror japonés, en la que forma de meter miedo al espectador, se basa, simple y llanamente en abusar de todos los tópicos del cine de género de manera exagerada, dejando la sensación extenuante que la película no ha dejado por usar ninguno de los puntos que se explicaban en el manual.

Cuando en Mi otro yo se llega a la conclusión final, ésta resulta satisfactoria. Pero el sabor en ella es completamente agridulce. Porque si bien, la idea sin ser excepcionalmente original, se encuentra bien hilada, pero su desarrollo es tan pésimo que nos preguntábamos si realmente había alguna forma de contar esta historia que no excediese los veinte minutos de duración. Es difícil no desconectarse de una película que resulta tan aburrida, dónde todo lo que te cuentan está completamente hinchado y estirado, y en la que en los breves momentos en los que a Coixet se la ve son para la realización de algún estilismo que sencillamente no cuadra con el tono que tiene la película. Lo que si destaca claramente en Mi otro yo es la presencia de Sophie Turner, acostumbrados a ver a la joven actriz en Juego de tronos, donde tiene un rol tan poco suculento como el de Sansa Stark, aquí demuestra un gran talento interpretativo en un papel de alto registro dramático. Es ella lo poco que destaca de una película llena de nombres interesantes, pero dónde poco tienen que decir ninguno de ellos, y eso cuando no les toca hacer un papel tan bochornoso como con el que tiene que lidiar Geraldine Chaplin.

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Lo peor de Mi otro yo no es que sea una mala película, porque tampoco es peor que otras muchas propuestas similares y en este sentido no debería sorprender a nadie. Lo peor de ella es la pérdida de identidad de una realizadora como Isabel Coixet, una película que no cuadra para nada en la filmografía de la directora, pero tampoco es una película que realmente entraría en los planes de Coixet como el personaje público y reivindicativo que conocemos. Por suerte, parece que será una excepción dentro de su filmografía, y la realizadora catalana volverá pronto con la película Nadie quiere la noche, un nuevo melodrama protagonizado por Juliette Binoche y que a primera vista, parece una película mucho más consecuente con su filmografía.

Ficha técnica:

Título original: Another Me Director: Isabel Coixet Guión: Isabel Coixet Música: Michael Price Fotografía: Jean-Claude Larrieu Reparto: Sophie Turner, Claire Forlani, Jonathan Rhys Meyers, Rhys Ifans, Ivana Baquero, Geraldine Chaplin, Gregg Sulkin, Leonor Watling, Sara Lloyd-Gregory Distribuidora: Fox Fecha de estreno: 27/06/2014