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Fascinante. Si hay una sensación que produce el universo creado por George R.R. Martin, y especialmente su traslado a la televisión por parte de HBO es fascinación. No soy de esas personas que cayó rendido a las primeras de cambio a la serie ambientada en el fantástico mundo de Poniente, algo que por otro lado es normal, porque Juego de tronos comenzó de forma consecuente, cocinándose a fuego lento. Porque ese mundo necesitaba una preparación pausada y calmada, con grandes picos de intensidad para ir poco a poco llamando la atención del espectador, pero marcando cada una de sus pautas e ir abriendo sus múltiples subtramas tan divertidamente enrevesadas. Todo en Juego de tronos era como un inmenso culebrón de impecable puesta en escena, te enganchaba a un juego que sabías que estaba a punto de comenzar, pero no sabías cuando sonaría el disparo de salido. Posiblemente todo esto estalló a mitad de la tercera temporada, complicándose cada vez más hasta aquel impresionante capítulo Las lluvias de Castemera con aquella Boda Roja, que ya forma parte de la cultura popular.

La cuarta temporada de Juego de tronos ha sido la mejor hasta la fecha, pocas discusiones creo que haya sobre esto llegados a este punto. Los motivos, son precisamente los mismos que hemos expuesto. Todo aquello que se fue cocinando ha explotado, y ha explotado de manera realmente intensa durante los 10 capítulos de la serie. Aquella serie en la que todo iba pasando con calma, abriéndose al espectador, de repente se ha convertido en 10 horas frenéticas de pura televisión (o puro cine, si aún eso de televisión les suena como algo con cierto repelús) que han mantenido al espectador desde una nueva boda, en esta ocasión, el color elegido fue el púrpura, color del que se tiñó ese vino fatal. Hasta la impresionante pelea en el muro de hielo en el noveno capítulo y que llenó ella sola los 50 minutos de metraje. Claro ejemplo de que todas y cada una de las tramas de Juego de tronos tienen por si sola una fuerza inusitada, y que cuando éstas se juntan, hacen claramente, honor al nombre de la serie, como el mayor de los juegos.

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Más allá de las protestas de los fans, los cuáles se han quejado de que la serie empezase a cambiar cosas que aparecían en los libros. Y no vamos a defender una vez más el concepto de adaptación, porque no hace falta, y es que si una cosa ha ganado Juego de tronos en todo este tiempo es la capacidad de convertirse en una serie con entidad propia capaz de alejarse de su obra escrita, y a la vez, nunca salirse del tan fascinante mundo de George R.R. Martin, esta cuarta temporada ha sido la confirmación de la belicosidad de la serie. No una belicosidad cualquiera o directa, si no casi una guerra fría, de amenazas omnipresentes por todos los frentes, hasta la mayor corrupción interna. Traiciones y guerra se dan cita en una serie, en la que sorprende la capacidad que tiene para engañar al espectador, capaz de hacerle creer que está presenciando una serie de acción, cuando ésta tiene lugar en momentos realmente puntuales, y todo se fragua desde su complejo guión, absolutamente rico en matices, detallado, perfectamente explicativo y con una innata capacidad de sorpresa.

Es desde su guión dónde Juego de tronos es capaz de construir esa completa fascinación a la que hacíamos referencia al empezar. El eje central de esta temporada se ha depositado en las consecuencias fatales que desencadenó esa boda púrpura, en la que además, asistimos a un maravilloso recital interpretativo por parte de un Jack Gleeson, que durante este tiempo ha dado vida a uno de los villanos más odiables que hayamos podido presenciar a lo largo de la historia. A raíz de aquello, asistimos, primero, a la indagación en ese romance incestuoso entre Cersei y Jaime, por primera vez, arramplado de lo pasional y lo ególatra, para dar a entender esta relación tan censurable al espectador como algo mucho más cerebral y sentimental. Pero sobre todo, si algo sale de esa boda, es la matización absoluta y perfecta del personaje de Tyrion Lannister, que si bien, ya era posiblemente el más interesante de los personajes de la serie, un simple juicio sirve para ahondar hasta el último detalle en la psique de este completo personaje.

Y a ese juicio quería llegar, porque estamos ante el que posiblemente sea uno de los momentos más tensos de la serie (¿quizá el mejor?), en el que Juego de tronos demuestra una vez más la capacidad de un guión con la destreza suficiente para camaleonizarse una y otra vez. Porque allí, en ese mundo de fantasía medieval, la serie se convierte en un intenso drama judicial en el que un personaje es vejado e insultado una y otra vez por todos y cuando tienen alrededor. La fuerza de este enano, acorralado por completo, casi sin salida, acaba explotando por completo en un monólogo perfectamente escrito, y pronunciado con estruendosa fuerza por un Peter Dinklage, que demuestra, más que nunca, lo estupendo actor que es. Todo esto acabará desembocando en un delicioso combate, con ecos a La princesa prometida, y una venganza pocas veces tan justificada que deja la puerta abierta a nuevas tramas de las que es imposible saber que camino acarrearan.

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Pero más allá, en el muro, se ha dado pie a una de las tramas más místicas y complicadas de toda la serie, en la que los norteños asediarán el Muro de Hielo ante la inminente amenaza de los caminantes blancos. Hay una regla no escrita en la serie de Juego de tronos en la que el noveno capítulo de cada temporada es el más impresionante de todos, el que justifica por sí mismo toda la temporada. En esta ocasión no ha sido así, no por la falta de garra en este capítulo titulado Los vigilantes del muro, sino porque toda la temporada se ha mantenido a un nivel bastante similar. Aun así, puede resultar verdaderamente osado alejar este capítulo de Desembarco del Rey, dónde se estaba desarrollando toda la trama principal, para centrarlo en ese Muro de Hielo, pero la decisión resulta completamente acertada cuando vemos que es un capítulo en el que todo se aparca para dar pie a la espectacularidad de una épica realmente divertida. Neil Marshall que ya había dirigido el capítulo Aguasnegras, vuelve a ponerse tras las cámaras para rodar un verdadero ejercicio de estilo, más que nunca, más cercano a una película de Peter Jackson que a una batalla de corto presupuesto filmada para televisión. Este capítulo goza de una de las más cuidadas puestas en escena, sabe hacer gala de la emotividad más simple y efectiva, y hasta se saca de la manga un impresionante plano secuencia que nos lleva a conocer todos los rincones de ese muro en el que se está librando la batalla.

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Pero si hay algo realmente destacable al final de esta cuarta temporada, dónde en su último capítulo, se cierran de manera brillante todas las tramas abiertas, pero al mismo tiempo se abren un sinfín de nuevas historias, hiladas con magnifica destreza. Es la sensación de que la serie aún tiene cuerda para rato, que hay en ella mundos que apenas hemos tocado (no debe haber un solo espectador que no desee que la Khaleesi cruce el Mar Angosto y empiece a jugar su partida en Poniente) y multitud de alternativas a seguir. Pero sobre todo, si hay un buen sabor que deja esta fantástica cuarta temporada de Juego de tronos, es que hemos llegado a un punto en el que es absolutamente imposible que la serie baje el ritmo y deje de ser una de las epopeyas más divertidas y sí, fascinantes, que hemos podido disfrutar.

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