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Cuando te paras por un instante a pensar “por qué a todo el mundo le gusta la trilogía de Antes del amanecer” intentas averiguarlo. Y más si has sido bombardeada con el lanzamiento de la tercera entrega en estos últimos meses, tanto por parte de los espectadores (que no paran de hablar de ella mientras se les humedecen los ojos) como por parte del mundo de la cinefilia (que no te dice otra cosa más que “es una de las mejores películas del año”). Así que me dispuse ilusionada a disfrutarlascomo ellos (y avergonzada por no haberlo hecho antes), reservando tres noches para verlas una a una. Lo cierto es que fue difícil terminar la primera e intentar dormir sin ver la segunda; pero más lo fue no poner la tercera con ese final tan… “indefinible” por sí mismo de la segunda. Y en 2014, sin ser uno de los muchos espectadores que esperaron primero nueve y después otros nueve años para ver con ansia la historia de amor entre Jesse (Ethan Hawke) y Celine (Julie Delpy), me atrevo a decir que menos mal que no lo soy. Sí, gracias a Dios que no soy uno de esos que han estado la frialdad de dieciocho años esperando, que no tuve la fortuna de disfrutar de Antes del amanecer en 1995 y la desgracia de esperar hasta 2004 para que me dieran una paliza con esa segunda parte. En efecto, irónicamente lo único bueno que puedo decir es que menos mal que las he visto en tres días. Porque queridos amigos, todos los que ahora estáis maldiciéndome por decir estas infamias, siento tener la osadía de decir que si tuviera que poner en un gráfico con tres puntuaciones los tres filmes no habría papel suficiente para demostrar la bajada en picado que representa esta segunda parte de lo que para mí, a pesar de ello, sigue siendo una de las mejores películas de amor jamás vistas. Las tres en su conjunto, por supuesto.

Todavía no sé asumir ni yo misma lo que me sucede con esta trilogía, y no es porque no me transmita nada sino todo lo contrario. Y seamos honestos, cada película depende de la persona que la vea, no vayamos a decir que el visionado es objetivo. Así que estas son mis razones de por qué la trilogía, para mí, es un “tic” visto en un espejo: la primera se sitúa en el pico más álgido, la segunda en la base más baja, y la tercera sube pero sin alcanzar la altura de la primera. Lejos de esperar que aceptéis esto, al menos espero que haya un consenso de que la primera parte es, digámoslo así, la mejor de las tres. Y si alguien ha disfrutado más de la tercera, a mí me parecería comprensible. Pero por la segunda, no paso. Y con “no paso” pretendo decir literalmente que no soy capaz de ver ese fundido a negro que da paso a los títulos de crédito. Que hubiera preferido que se exaltara aquella maravilla de 1995 sin continuación alguna. Que si el empeño de hacer una segunda parte persistiera nueve años, para complacer a los fantasiosos del amor, que al menos no terminara con el final que se le adjudicó en esa hora y cuarto de metraje. Que no jugaran con el impacto que causa vender una secuela con nueve años de distancia entre una y otra, porque antes preferiría que fuera una serie de largos capítulos que cancelaron al tercero. Porque, al menos, pensar que se han rodado en un corto periodo de tiempo para proyectarlas sobre las mentes frescas de los espectadores, que tienen reciente la historia, me haría sentir menos culpable de señalar a la segunda parte de nefasta.

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Mala con respecto a la primera, no sé si peor con respecto a la tercera. La veo y no hago más que preguntarme “¿por qué, qué es esto, a qué pretende jugar? ¿Dejar volar la mente del espectador?”. Dejarla volar como aquel avión que Jesse no tomó en 2004, más bien. ¿Que no me gustan los finales abiertos, que no tengo sentimientos, que no creo en el amor…? ¿Que no creo en qué? Perdón, pero no es así. He disfrutado de filmes maravillosos con finales más abiertos que ese tira y afloja insuperable de la peonza de Origen. Pero, no os equivoquéis, la ciega que no sabe ver Antes del atardecer no soy yo; quizás lo sean aquellos que no han llegado a darse cuenta de que aquella secuela nueve años tardía de 2004 no era una final de nada, sino una continuación que empieza de una manera mágica a la altura de su antecesora pero que traidoramente te suelta la mano en el precipicio para que te caigas a la oscuridad otros nueve años. Venga, hombre. Y sí, puede que por eso no me termine tampoco de convencer la tercera parte. Esa secuela que prefiero llamarla “continuación de la primera y tráiler de la tercera” no se comporta, ni si quiera, como un buen enlace que complemente la historia. No, no es un Toy Story, que no sabes cuál es mejor. Es más bien un Piratas del Caribe, que no sabes cuál es peor pero sabes que la primera indiscutiblemente sí es buena.

Para mí, Antes del atardecer debería haber sido, respecto a la historia de Jesse y Celine, la cumbre de su amor, el momento que no sucedió seguidamente a los seis meses en la estación de tren pero sí a los nueve años, en ese periodo de sus vidas en el que ambos han forjado ya su camino pero que, a pesar del tiempo, pueden volver a cruzarse y no retomar pero sí construir uno nuevo para recorrerlo juntos. Y la verdad es que en París dan comienzo a su nuevo camino poniendo las primeras piedras, y su amor retoma la química y la magia inexplicable tan auténtica con la que se toparon por sorpresa en Viena, ese “no sé qué me pasa, no sé por qué, pero te quiero”. Porque quieres a los personajes, los quieres como si tú fueras uno y fueras también el otro: sientes el amor de los dos en ambas direcciones. Y la premisa del juego de palabras sobre la transición del sol en el cielo sigue siendo válida para mostrarnos su historia, incluso en la tercera. Sé que Antes del atardecer no fue escrita bajo la máscara de querer vender y sacar más dinero de esto, sino de querer hacer sentir amor, algo, lo que sea, pero hacer sentir. Pero, querido Richard Linklater, no me valen las trampas, los besos que no se dan, la fugacidad con la que vienen y se van los sentimientos, con la que Jesse toma la decisión de quedarse y la de ambos de abandonar sus vidas para tener una nueva esta vez sin separarse en la distancia. No me vale como continuación de su historia, ni me valdría como final, ni me vale como nexo entre la primera y la tercera.

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Antes del amanecer podría haber acabado donde se quedó y ser perfecta, una pieza bien tallada, única. Incluso esta segunda, Antes del atardecer, podrías empezar a verla casi sin saber nada de la primera. Pero lo que sí es necesario saber al final de Antes del atardecer es que, esta vez, sí que “continuará”, necesaria e imprescindiblemente. Porque en eso se queda, en una simple unión (con pegamento del chino, vaya). Así que no me digáis que es un final abierto porque, en realidad, consigue empezar retomando la historia de amor pero termina rompiéndola de cuajo, dando un salto temporal abismal hasta la tercera parte, Antes del anochecer.

Por todo ello, ojalá, de corazón, hubiera visto solo Antes del amanecer y Antes del anochecer. Porque ese segundo título entre una y otra jamás debería haber existido.

Antes del amanecer – Romanticismo juvenil sencillo y cautivador
Antes del anochecer – El amor a los cuarenta