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La Navidad ha sido tradicionalmente un hábitat propicio para moldear historias entrañables y esperanzadoras que a la postre sirven para lanzar consoladoras moralejas acerca del poder sanador y redentor que estas significativas fechas tienen para atemperar el temperamental espíritu con el que estamos edificados los seres humanos. El odio, la avaricia, las traiciones y decepciones no pueden tener cabida en Navidad, esa época en la que familiares que apenas se dirigen la palabra a lo largo del año comparten mesa, mantel y pavo para dejar aparcadas las diferencias experimentadas en los meses precedentes. Una época ideada para compartir sentimientos con nuestros semejantes, de reencuentros inesperados y sonrisas espontáneas que hacen aflorar la felicidad que supone haber sobrevivido otro año en un mundo extraño e inhóspito. ¿Seguro que esto es así o es otro de los embustes que el cine ha tratado de insertar en lo más profundo de nuestro cerebro como medio de mantener adormecida a una parte de la población tradicionalmente descontenta con la evolución demoledora que está adoptando nuestro impredecible planeta?

Desde el punto de vista cinematográfico Blast of Silence ocupa un lugar de privilegio en la historia del cine americano dado que fue una de las primeras obras ambientada en Navidad con la valentía de lanzar una mirada descreída y demoledora sobre esta idealizada fecha, de modo que el optimismo imperante en las producciones más amables dejaba paso a una atmósfera decadente y asfixiante en la que la ausencia del contacto humano, la incomunicación y la indigencia moral presente en la sociedad americana de finales de los cincuenta y principios de los sesenta dejaban hacer sentir su presencia en cada escena.  Igualmente esta grandísima obra dirigida, producida, escrita y protagonizada por el desconocido Allen Baron forma parte integrante de esa línea de películas noir rupturistas con el cine negro clásico compuesta por obras de la magnitud de Asesinato por contrato, Contrabando o Apuestas contra el mañana, las cuales se caracterizaban por abandonar el estilo hard boiled y escapista habitual de las producciones de los grandes estudios estadounidenses para abrazar un aura más próxima al nuevo cine europeo que se estaba gestando en países como Francia  (con el mítico polar liderado por Jean Pierre Melville a la cabeza) o Reino Unido, caracterizado por impregnar sus historias de una deprimente atmósfera urbana plagada de realidad y silencio protagonizadas por personajes sufridores de un alarmante vacío existencial cuyo futuro se avecinaba más negro que el nombre que daba forma a este emblemático género.

Y es que es importante resaltar que Blast of Silence es sin duda una película referencial del cine negro de los sesenta y setenta. Cintas como El silencio de un hombre, Flic Story o la propia Taxi Driver le deben buena parte de su grandeza a la película de Baron. Porque Blast of silence no solo es una excelente muestra del tardío cine negro clásico que daría paso a eso que los especialistas han catalogado como neo-noir, sino que igualmente es una película intensamente dramática dotada de un hipnótico estilo documental que deja testimonio del ambiente reinante en las calles y  bajos fondos del Nueva York de los sesenta (algo que precisamente Melville intentó llevar a cabo en su fallida Dos hombres en Manhattan) gracias a unas excelentes tomas filmadas en los paisajes exteriores y nocturnos neoyorquinos en las cuales es fácil reconocer lugares tan comunes como Manhattan, Harlem o Long Island, siendo a su vez protagonizada por uno de esos personajes que dejan huella y que han servido de molde para dibujar a esos individuos vacíos de todo sentimiento y alma humana que tanto gustan al espectador actual.

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Sin duda el Frankie Bono de Blast of silence fue el germen que ayudó a sacar adelante personajes tan referenciales para el cine como el Travis Bickle de Taxi Driver. Bono es un despojo humano, un residuo tóxico expulsado al mundo por una sociedad contaminada carente de dignidad e incapaz a su vez de ofrecer las justas reivindicaciones de reinserción que los perdedores del sistema demandan. Unos perdedores a los que no les queda otro remedio que revolverse en contra de una sociedad que los mira con ojos colmados de desprecio. Bono es ese asesino a sueldo huérfano del  afecto paterno o fraternal de sus semejantes cuya única razón de existir es aniquilar a otros desechos sociales, encontrando por tanto en el placer de matar por dinero el sustituto que le impide cometer su propio asesinato.  Un individuo solitario con claros síntomas de socio-fobia con alergia a las sonrisas y las aglomeraciones típicas del ambiente navideño. Un sicario de mirada perdida sin ilusiones ni anhelos morador de un mundo fantasmal y sombrío en el que solo hay lugar para nieblas y sombras.  Un robot sin sentimientos ni sangre en las venas, organizado, metódico, perfeccionista, incapaz de dejar huellas ni rastro que den fe de sus criminales instintos.  Un individuo que nació con dolor al recibir una palmada en el trasero y por consiguiente conocedor de que la vida es sobre todo padecimiento y sufrimiento.

Bono es un ser frío colmado de ira peleado con un mundo asqueroso y ponzoñoso en el cual no encuentra su sitio. Tras un tiempo de descanso, Bono recibirá un nuevo encargo: retornar a su ciudad de origen (Nueva York) en plena festividad de la Navidad para llevar a cabo el asesinato de un jefe mafioso. Tras el arribo de Bono a la ciudad, éste llenará los días previos a la Navidad organizando un metódico plan de ejecución con el cual culminar con éxito su objetivo. Durante el trayecto trazado por Bono, éste cruzará su camino con un gordo, repelente y estrafalario traficante de armas de poca monta residente de un putrefacto apartamento y clara representación de la inmundicia que habita las grandes urbes occidentales el cual le proporcionará a Bono el equipo preciso para llevar a buen puerto el asesinato.

Es Navidad y Bono paseará su penetrante soledad por unas calles neoyorquinas repletas de gente que deja aflorar su alegría y bondad. La cámara de Baron enfrenta con clarividencia mesiánica los paseos solitarios del  introvertido Bono con las sonrisas y festivos bailes de los habitantes de la Gran Manzana. Bono se encuentra atrapado en una quimera de felicidad y buenos sentimientos elevados a la enésima potencia por la  acción del espíritu navideño. Sin embargo la pretendida invisibilidad buscada Bono se verá truncada por casualidad al toparse con un antiguo amigo de la infancia. A pesar de los intentos del sicario de dar boleto a su compañero, la insistencia del mismo así como la cautivadora presencia de la hermana de éste (Lori) incitarán a Bono a abandonar su soledad aceptando una invitación a una fiesta navideña. Este acontecimiento provocará que Bono quede prendado de la belleza y gentileza que Lori le muestra.

Lori será la representación de ese oasis de libertad preciso para romper con el pasado y con las cadenas que aprisionan a Bono. Quizás la última oportunidad para el maleante de conocer a una mujer con la cual abandonar su vida solitaria y criminal, es decir, esa estrella venida del lejano oriente capaz de sacar a Bono de las cloacas para convertirle de este modo en un hombre integrado en el sistema, con ambiciones y proyectos de futuro. El encaprichamiento de Bono con Lori provocará que el asesino deje a un lado el objetivo que le llevó a la ciudad, lo cual pondrá en peligro el cumplimiento de su misión. Sin embargo, la dicha de Bono topará de nuevo con la cruda realidad cuando descubra que Lori está enamorada de otro hombre, hecho este que demolerá los frágiles resortes afectivos de Bono, el cual despertará de su plácido sueño para enfrentarse contra-reloj a la maníaca pesadilla que debe cometer.

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Uno de los aspectos más sorprendentes de Blast of silence es el virtuosismo técnico demostrado por el principiante Allen Baron. El montaje, la fotografía en blanco y negro repleta de encuadres perfectos al más puro estilo de la Nouvelle Vague e incluso las interpretaciones de actores totalmente desconocidos certifican el talento de un autor que desgraciadamente no fue capaz de dar continuidad a una carrera que se intuía magistral. Baron dota de un lirismo poético a su película, mezclando con valentía escenas realistas con otras manifiestamente simbólicas.

La cinta adolece en la mayor parte de su metraje de diálogos. La soledad de Bono se acompaña del silencio. El hecho de concentrar la mayor parte de la historia en retratar el perfil de Bono provoca que prácticamente no aparezcan personajes secundarios con los que poder establecer un guión conversado. Como sustituto a la falta de diálogos, Baron emplea el recurso de adornar la historia con una hipnótica voz en off que actúa como un narrador omnisciente que en todo momento nos proporcionará la información precisa para que el espectador no pierda el hilo argumental de la epopeya. Por tanto a diferencia de El silencio de un hombre en Blast of silence el silencio es enmascarado por esta voz en off que lejos de convertirse en un elemento molesto hará las veces de hilo conductor de la narración.

La potencia visual del film se sustenta en imágenes impactantes que confrontan la alegría callejera navideña con la turbia mirada del asesino. Baron igualmente opta por mostrar sin tapujos primeros planos de los actores que reflejan a la perfección el perfil psicológico de la escasa galería de personajes que aparecen en la sinopsis captando con su magnético blanco y negro la oscuridad del ambiente. La blanca navidad nunca ha sido tan negra como la reflejada en Blast of silence. Una perla del nuevo cine americano de los sesenta que marcaría el territorio a seguir por los nuevos cineastas que revolucionaron el cine estadounidense en los años setenta (no descubrimos nada al afirmar que este film es uno de los favoritos de Martin Scorsese) y que es toda una áspera pieza de museo que deleitará a los amantes del cine más underground y nihilista. Una joya pulida a base de obsequiar al espectador con un universo sucio y fatalista para disfrutar estas navidades. 

Crítica escrita por Rubén Redondo