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La cineasta danesa Susanne Bier ha estado acostumbrada a lo largo de su filmografía a andar sobre la fina línea del drama más intenso, a contar historias cuyos personajes estaban arrastrados hasta un abismo que les exprimía de manera incansable. Siempre me ha gustado mucho este juego de malvada maestra titiritera, jugando con unos personajes a los que hacía sufría de manera vil e insana, como si fuera una Diosa cabrona jugando con la maldad. Su intensidad es una baza que siempre ha jugado con bastante certeza, incluso en comedias de un corte más liviano como Amor es todo lo que necesitas. Pero esto también es una carta peligrosas, cuando se juega al límite de las emociones hay que saber trazar una línea infranqueable que separe el drama humano de la más absoluta manipulación. Al igual que otros cineastas daneses de su generación como Thomas Vinterberg o incluso Lars Von Trier, Bier por lo general ha sabido encontrar el punto exacto en el que el drama debía parar, encontrar la forma de la que la historia debería ser contada para resultar verosímil, así dio pie a maravillosas películas como Después de la boda o Te querré siempre, pero esta intensidad de Bier tarde o temprano le tenía que pasar factura.

No podemos decir que Serena sea el primer pinchazo de la danesa, pero sin lugar a dudas, si que es el más exagerado. Curiosamente Serena adolece de lo mismo que adolecía la que ahora era con diferencia su peor película Cosas que perdimos en el fuego, su otra aventura estadounidense. Como si la cineasta fuera incapaz de encontrar el punto con el que narrar una historia fuera de su país natal. Serena es una de las películas más vil y barriobajeras que un servidor ha visto, curiosamente no puedo evitar acordarme del trabajo de otra cineasta que decidió contar una historia que no iba con ella y lo hizo de la manera más puerca y manipuladora que recuerdo en mucho tiempo, como ocurrió con Angelina Jolie en Tierra de sangre y miel. La historia de Serena nos traslada al Estados Unidos de los años 20, allí, un empresario encontrará el amor en la mujer que da título a la película, y pronto acabará encerrado en su hilo de manipulación, mientras que además debe de lidiar con la terrible crisis económica que desoló a Estados Unidos a finales de aquella década.

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Lo más terrible de Serena se halla en su horripilante guión, no he leído el libro de Ron Rash en el cuál se basa la película, pero parece ser su guionista, Christopher Kyler, un señor que de manera muy razonable llevaba diez años sin trabajar tras engendrar aquella cosa espantosa que firmó el peor Oliver Stone llamada Alejandro Magno, y su directora, la señora Bier, han conjuntado un equipo perfecto que casi debería ser considerado como arma de destrucción masiva. Serena es básicamente una película pornográfica, en la cual, todo se limita al drama más chabacano, a la extensión del melodrama de manera ridícula y espantosa, una vergüenza, vamos. Porque realmente, poco importa su argumento, de hecho, este va cambiando progresivamente, dejando tramas de lado, olvidándose de ellas, cuando se encuentra una excusa para hacer que el espectador se regocije en el sufrimiento de estos ridículos personajes, que son poco más que siluetas acartonadas de falsa complejidad que pretende ser mucho más interesante de lo que son. Punto y aparte se merece la interpretación de sus dos protagonistas. Jennifer Lawrence y Bradley Cooper ya habían demostrado su extraordinaria química en El lado bueno de las cosas y La gran estafa americana, pero al contrario de lo que ocurriera con los personajes que escribió David O. Russell, aquí los actores tienen que lidiar con unos personajes inverosímiles y maniqueos, pese a que pongan todo su desempeño en tratar de sacar adelante la película, ésta es una ardua tarea imposible de conseguir.

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Serena se podría definir básicamente como una película de una tipa haciendo el ridículo, una tipa que está tras las cámaras, esa suerte de Isabel Coixet, que cuando es maravillosa te enamora de su cine, y cuando se pasa de lista, acaba resultándote irritante e insoportable. Aquí Bier no sabe, y no nos engañemos, tampoco tiene ni idea, de que es lo que quiere hacer con este melodrama de época que no podría estar más alejado de una cineasta como ella. Tanto es así, que Bier tiene momentos en los que parece querer ser el William Wyler de La gran prueba, lástima que sin el detallismo y el buen quehacer de éste, otras quiere aprovechar el máximo exponente visual de Steven Spielberg en War Horse, pero Bier no es ni la mitad de realizador que él. A veces se acuerda de quién es, y vuelve a ese estilo con la cámara en mano al borde de la piel de los personajes, pero para entonces es demasiado tarde como para encontrar sentido a esas imágenes. Y otras, sencillamente no sabe que hacer y se limita a hacer primeros planos de gente llorando, porque parece ser, que al igual que hiciera Jolie, la fórmula de Bier se basa únicamente en niños muertos y gente llorando. Y Serena acaba siendo eso, una película de gente llorando para hacer que la gente llore, ridículo.

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Ficha técnica:
Título Original: Serena Director: Susanne Bier Guión: Christopher Kyle Música: Johan Söderqvist Fotografía: Morten Søborg Reparto: Jennifer Lawrence, Bradley Cooper, Toby Jones, Rhys Ifans, Sean Harris, Blake Ritson, Sam Reid, Sean Harris, Kim Bodnia Distribuidora: DeA Planeta Fecha de estreno: 31/10/2014