En El Crepúsculo de los Dioses Norma Desmond era una vieja estrella del cine mudo que con el paso al cine sonoro había quedado relegada al olvido y sólo soñaba con un proyecto megalómano dónde ella fuera la única estrella en algo que veía como un regalo para un público que ya no se acordaba de ella. En Cantando Bajo la Lluvia el cambio al cine sonoro obliga a convertir a toda prisa una producción en musical con intención de atraer al gran público, pero la odiosa voz de Lina Lamont no la dejará triunfar en Hollywood, y será una joven actriz, Kathy Selden, la que la doble y acabe triunfando gracias a la llegada del sonoro. Las dos películas mentadas son dos clásicos esenciales para entender la cinematografía de Hollywood en el siglo XX y para entender muchos de los cambios que se produjeron cuando Warner estreno a finales de los años 20 El Cantor de Jazz y el mundo del cine se tuvo que adaptar a los nuevos tiempos. De estas dos obras hay mucho en The Artist, indudablemente son las primeras referencias que se nos vienen a la cabeza ya que tenemos la caída de Norma Desmond reflejada en George Valentin, una estrella de cine mudo que se niega a dar el paso al cine sonoro (algo que por otro lado fue bastante común, sólo hay que recordar que el mismo Chaplin no rodo El Gran Dictador, su primera película realmente sonora, hasta 1940, cuando el cine sonoro ya llevaba diez años asentado en la industria) y es capaz de gastarse todos sus ahorros en una locura de proyecto en el que él es la máxima estrella, inconsciente de que su gran momento ya ha pasado. Por otro lado también tenemos el ascenso a la fama y la oportunidad de encontrar al triunfo gracias al sonido encarnado en la Peppy Miller que interpreta Bérénice Bejo, una llegada casi accidental al mundo del cine, que por la necesidad del cambio inminente acabará convirtiendo en un triunfo que eclipsará a su mentor.

Quizá el gran acierto de The Artist reside en el planteamiento que hace Hazanavicius de la misma, presentándola como un gran juego para el espectador cinéfilo, algo que además el director no oculta escondiéndose en homenajes y deja claro con su última escena que lo que aquí pretende tiene un bello tono lúdico. El realizador no sólo respeta las formas del cine mudo en su completo esplendor, desde el juego de encuadres, hasta la fotografía y la dirección de sus actores, si no que va insertando continuos guiños cinéfilos para que el espectador juegue a cazarlos y haciendo de ella un mayor disfrute. Entre todos estos destaca principalmente el uso del tema de Bernard Herrmann para Vértigo que parece que está compuesto realmente para esta película y que lejos de resultar anacrónico por su posterioridad consigue funcionar como pieza maestra de ese gran tablero de juego.

Pero hay mucho más además de toda esa cinefilia que la hace tan atractiva, Hazanavicius nos cuenta una historia en la que la crisis que vive el protagonista es fácilmente extrapolable a la situación del mundo actual, una crisis marcada ya no sólo por una catástrofe laboral, sino que se agrava al producirse el crack del 29. Ésta es la historia de un sujeto aferrado a un pasado que no quiere soltar y como éste se pierde a la hora de intentar encontrar su sonido, algo a lo que se hace referencia en una sensacional secuencia onírica que es lo mejor de la película y que demuestra que el director es capaz de desmarcarse de los límites de la propuesta. Y sí, también es una película sobre los cambios, pero lo es desde ya su planteamiento inicial, cambiando radicalmente la estructura del cine actual.

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Lo que no vamos a encontrar en The Artist es una reflexión sobre el cine como podríamos ver en La Rosa Púrpura del Cairo, o ni siquiera un análisis humano, y es que otro de los aciertos en su presentación es no tratar de que ésta vaya más allá del puro entretenimiento. Hazanavicius elabora un pastiche tan divertido que no quiere ensuciar por la inserción de ningún tipo de pensamiento innecesario, y lo hace fijándose sobre todo en el modelo que se solía fabricar en el Hollywood de la época, dónde se da más importancia al espectador que paga la entrada que a cualquier pretensión artística del director (algo que además ya tiene saciado por otros lados) de este modo nos encontramos con una historia que está cargada de todos los ingredientes que han hecho al cine triunfar a lo largo de su historia, amor, acción, comedia y drama, formando con ello una historia tan sensacional y emocionante con la que es imposible no pasárselo a lo grande.

Si tenemos en cuenta las dos anteriores cintas del realizador, las aventuras de un patoso James Bond llamado OSS 117, películas de una calidad bastante cuestionable, pero que al igual que ocurre con The Artist, también eran un pastiche de las parodias de Bond que se realizaban en los años 70, podemos decir que la realización de The Artist es bastante consecuente en una filmografía que acaba de comenzar, pero que sorprende llamativamente por este despliegue de ingenio que no habíamos encontrado en sus trabajos anteriores y que hace sistemáticamente de Hazanavicius unos de los directores jóvenes sobre los que hay que mantener el ojo en la Europa de los próximos años. Por otro lado también quedamos de lo más satisfechos con el descubrimiento de Jean Dujardin (que ya protagonizo las anteriores películas del realizador) y que resulta heredero directo de Douglas Fairbanks con el que comparte un extraordinario parecido físico. Pero sin lugar a dudas lo que más nos sorprende es ver como un proyecto como éste sea capaz de ver la luz a día de hoy. Ahora sólo queda recibirlo con los brazos abiertos y disfrutar de este regalo a los amantes del cine.

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