Kevin Smith deja el cine, aunque por suerte no lo deja de la noche a la mañana, para que sus fans nos vayamos haciendo a ello nos deja dos pildoritas de despedida, dos pildoritas que prometen ser muy distintas a lo que el realizador de Nueva Jersey nos tenía acostumbrados. La primera de esas píldoras es esta Red State, que el realizador no solo ha escrito y dirigido, sino que también ha distribuido, recorriendo Estados Unidos en furgoneta con la copia de la cinta y haciendo un tour por todo el país como si de un grupo de música compuesto por él mismo y su película se tratase. Y sí, como prometía Red State es completamente distinta a los productos que Smith nos había ofrecido hasta el momento, acostumbrados a sus fantásticos personajes, sus situaciones cómicas, y sus continuas referencias a la cultura pop, aquí nos ofrece algo alejado completamente de eso. Un thriller de terror psicológico, inspirado en la figura de la aterradora familia Phelps, esos locos fanáticos religiosos que salen a manifestarse en los funerales de los soldados americanos y abogan con que el fin del mundo va a llegar por culpa de los homosexuales.
La película se divide en tres claros actos cada uno con un protagonista distinto, el primero, quizá el menos redondo, no es más que una carta de presentación y de cachondeo de Kevin Smith, haciendo creer al espectador que está ante una película más de terror protagonizado por chiquillos hambrientos de sexo, empieza a meter ya la figura de estos Phelps (aquí rebautizados como Cooper) pero sin dejar nada claro, y hacer que el espectador quede tan sorprendido como quedarán el resto de sus protagonistas, esto ya es toda una declaración de intenciones por parte de Smith, que promete ya desde aquí ser totalmente impredecible y dice claramente que todo aquí puede pasar. En el segundo acto es cuando el mal rollo entra en el cuerpo, dentro de esa iglesia, con un Michael Sparks sublime, un tío tan aterrador como Hannibal Lecter y que física y gestualmente nos recuerda muchísimo al Bryan Cranston de Breaking Bad. Ahí nos mete un monologo religioso que pone auténtico mal cuerpo, mientras que unos invitados de lujo escuchan todo es monologo que precede a la ola de violencia que impregnará toda la parte final de la película, Smith se monta una atmósfera de lo más asfixiante, y nos regala un par de persecuciones aterradoras rodadas con un pulso brutal, así como alguna escena increíblemente escalofriante, como la que protagoniza el papel de plástico.
La tercera parte es una dosis de violencia fantástica, aunque tampoco se recrea especialmente en ésta, Smith la aprovecha para meter alguna dosis más de preguntas y cuestiones morales con la que imprimir a esa fantástica familia disfuncional, y pese a que algún elemento resulta bastante cogido con pinzas, se perdona ante el resultado final. Y es que la película funciona a la perfección, no solo como crítica a la iglesia (o más bien al fanatismo religioso, sea cual sea la creencia) en sí, sino también a la brutalidad policial, con alguna escena que llega a dejar al espectador sin aliento. Y no, Smith no se limita a quedarse tampoco ahí, y en un epilogo marcado por un brutal monologo de John Goodman carga también fuertemente contra el gobierno de los Estados Unidos, un epilogo que además se ve cerrado con una última secuencia magistral y que deja a la película por todo lo alto.
Smith demuestra más que nunca una solvencia como director a la que no nos tenía acostumbrados, imprime a la película de una inusitada fuerza visual, que resulta imprescindible para que funcione lo que aquí nos está contando, y además la dota de un ritmo brutal que se ve incrementado en la sala montaje. Pero Smith siempre ha sido más guionista que realizador, y es aquí vuelve a dejar bien patente su talento como escritor, regalándonos un fantástico guión, bastante alejado de las tristes líneas que habitualmente se encuentran detrás del cine de género. Smith, antes de retirarse, demuestra mucho desparpajo al saber moverse por un género totalmente desconocido para él, pero que sin duda conocía y es capaz de dejar en él su sello de identidad al igual que hacía en sus comedias. Lejos de hacer una película de terror convencional, Smith tira más por lo psicológico y lo brutal, creando una sensación de mal rollo en el espectador continua, y además alardeando de una imprevisibilidad y un todo vale que no muchos realizadores son capaces de hacer con tan pasmosa seguridad. Además se rodea de un elenco de altura dónde no sólo destaca ese brutal Michael Parks, que desde ya se merece un sitio entre los psicópatas más recordados de la historia del cine, sino también a dos actores de la talla de John Goodman y Melissa Leo que dan lo mejor de sí mismos. Sólo nos queda decir: Kevin, no te vayas que aún tienes mucho cine que darnos, y no creo nadie pueda volver a atreverse a insinuar que tu cine se murió con Jay y Bob el Silencioso.
Título Original: Red State Director: Kevin Smith Guión: Kevin Smith Fotografía: Dave Klein Interpretes: Michael Parks, Michael Angarano, Kerry Bishe, Nicholas Braun, Kyle Gallner, John Goodman, Melissa Leo, Kevin Pollak, Stephen Root Distribuidora: Vértigo Fecha de Estreno: 22/06/2012