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La muerte no es un temor posmoderno. En la Grecia clásica de Epicuro, allá por el año 350 a.C, la liberación de ataduras como el culto a los dioses, la muerte o el incierto futuro posterior a esta propia muerte, eran conceptos recurrentes que ya preocupaban al hombre helénico. En este clima de reflexión social, la filosofía epicúrica analiza el verdadero sentido de la felicidad, la satisfacción del placer y de como el hombre per se, es desgraciado por naturaleza. La muerte, entre otros aspectos de la vida, es la principal causa de esta dicha. ¿Y qué es La Pols sino una oda a la muerte? Al temor de un futuro incierto de no saber qué sucede cuando un buen día tu padre muere y tu no te acuerdas de decírselo a tu hermana (con la que mantienes una relación un tanto inestable, eso sí) o de llamar a tu madre, pero si que sacas tiempo para irte de birras con tu cuñada. Adaptada del homónimo texto de Llàtzer García, La Pols constata el buen estado de forma del cine catalán (incluso podríamos aventurarnos a decir que de la oferta cultural catalana) y reinvidica una vez más la obra de autor, pequeña, que aboga por las historias de más piel y menos efectos especiales.

Según Epicuro el mayor placer que le es dado encontrar al ser humano es la eliminación del dolor. Su obra se centra en la reivindicación del temor como principal fuente de inestabilidad, sobre todo aquellos que preceden a un futuro desconocido y define como alma a aquello que dota al cuerpo físico de sensibilidad. La muerte es la separación de alma y cuerpo y solo cuando esta se impone nos causa dolor, porque la muerte en sí misma es sinónimo de pérdida de sensación: de afrontar un futuro post mortem vacío. Y eso es lo que vertebra la cinta de Llàtzer García, La Pols, en un intento de reformular lo que es para él, el valor de una vida, del propio sufrimiento ante la ausencia. Con una estética que peca de efectista y nos desdibuja todo rastro y relación espacio-temporal, el director de teatro catalán nos introduce en la vida de Jacob y Ruth, una pareja de hermanos que se enteran del fallecimiento de su padre. Este miedo a la ausencia y por qué no, al no ser amado, despierta en Jacob una cierta sombra del hombre epicúrico que vaga impasible por un limbo eterno, con ciertas reminiscencias (por qué no) del personaje de Joel en El camí més llarg per tornar a casa. No entendemos con claridad la conducta de ninguno de los dos personajes, pero compartimos su duelo y vivimos la vida al máximo, aunque eso no entrañe necesariamente la satisfacción y sensación de cada uno de sus actos. La muerte lo justifica todo, pero si en la cinta de Sergi Pérez predomina la contención dramática, en la de García es todo lo contrario. Asistimos impávidos a una representación teatral demasiado evidente, con rastros escenográficos que no acaban de saber aprovechar con acierto los mecanismos del cine y nos empujan a un drama demasiado explícito. El duelo que se produce por parte de Ruth y Abel, el hermano de ambos y ausente a lo largo de la cinta, se contrapone con la normalidad de Jacob, que en vez de regocijarse en la muerte prefiere celebrar la vida.

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Y si la máxima epicúrea aboga por el carpe diem y la pérdida de fe en el futuro, en La Pols se reafirma esta desilusión por el humanismo. La ausencia de un ser querido, la muerte, son etapas para los que no hay consuelo alguno y se produce también, la ausencia del amor. Algo que el director relaciona directamente con la obra de John Steinbeck, Al este del Edén, con la que reflexiona sobre el terror (de nuevo) de un niño al rechazo externo, a la falta de comprensión. Una falta de entendimiento que puede deberse, en parte, a la ausencia de ese alma que se desprende del cuerpo cuando perdemos a alguien que nos es querido y que nos empuja a un estado de vacío existencial. Todos estos terrores de los que habla Epicuro y La Pols en sí misma, son una tabula rasa para divagar sin rumbo por la psique de unos personajes que no entendemos. A lo largo de la cinta se exploran sentimientos erráticos y conocemos a sus protagonistas más de lo que nos gustaría (o deberíamos), para desembocar en un cul de sac en dónde no logramos conectar con la historia. Tan hermética, tan poderosa, pero a la vez, fallida. Tan sólo el fragmento final con la voz en off nos permite acercarnos realmente al dolor de Jacob o de Ruth desde una vertiente más real, más humana. El dramatismo que flota en el aire, como la pols, queda ensombrecido con un acting propio de las comedias de enredos y que parece, si más no, una mera grabación de la exitosa obra de teatro.

Todos los personajes de La Pols tienen miedo, como Epicuro. El terror lo impregna todo. Ruth tiene miedo al fracaso, al desmembramiento de la poca familia que le queda; Jacob adolece de una falta de amor, no sólo propio, sino también paternal; y Alba vive atemorizada por perder un “aparente” control. Los males que ensombrecen a los protagonistas de La Pols no son muy distintos de los que ya preocupaban a los hombres de la antigua Grecia. La obra de García parece recoger ese testigo, casi de representación teatral, de una tragedia de vocación shakesperiana en dónde los roles y sentimientos se presentan ante el público de manera honesta, pero también desmedida. No obstante, vale la pena destacar la voluntad transgresora de cinta, apostando por una narrativa basada en la palabra y en dónde la mayor parte del tiempo los personajes son meros talking heads vomitando sus sentimientos al espectador. Me pregunto, qué hubiera pasado si La Pols hubiera sido más etérea, más sutil, más comedida. ¿Tendría el mismo sentido hablar de la muerte?

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Título original: La Pols Director: Llàtzer Garcia Guión: Llàtzer Garcia Fotografía: Paco Amate Música: The New Raemon Reparto:  Guillem Motos, Laura López, Marta Aran Distribuidora: Astrolabi Films Fecha de estreno:  02/12/2016