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Pese a lo que algunas sinopsis puedan hacer creer, la última obra de Aleksandr Sokurov (que además es su primer largometraje desde aquella ganadora del León de Oro en el festival de Venecia, Fausto) no es una crónica de los avatares por los que pasó el Museo del Louvre durante la ocupación Nazi de París, y quien espere una historia de escondites, estratagemas y maniobras políticas para proteger el patrimonio artístico francés, o incluso una loa a ese patrimonio, puede sentirse decepcionado. El Louvre, de hecho, ni siquiera tiene un protagonismo tan absoluto como el que sí tenía el Hermitage en la anterior película museística de su autor, El arca rusa. Aquí estamos más ante un ensayo que utiliza el Louvre y el París de la ocupación como ejemplo a partir del que preguntarse por las relaciones entre el arte y la historia, entre el arte y la guerra, entre el arte y el poder, con una mirada más amplia que abarca no solo a toda la ciudad de París, sino a toda Europa bajo el influjo de la guerra y del arte.

“París, ciudad abierta”, es una frase que repite varias veces la voz en off del propio director, quizá queriendo evocar la gran obra de Roberto Rossellini sobre la posguerra Europea, Roma, ciudad abierta, y quizá queriendo señalar que su film, por tanto, no trata solo de un museo o de una ciudad, sino de cualquier ciudad europea asolada, en algún momento de su historia, por la guerra o las dictaduras, y lo que le sucede a su cultura y a su arte en tales momentos. Hay, incluso, esa abierta vocación didáctica que orgullosamente pensaba Rossellini que debían tener las películas, y a menudo Sokurov se deleita simplemente informando al público sobre las figuras y las actividades de Jacques Jaujard (drector del Louvre cuando los alemanes toman París) y Franz Wolff-Metternich, encargado alemán en Francia de la denominada Kunstschutz (política de protección del arte en las zonas ocupadas).

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Pero, junto a esa vocación didáctica, e incluso más prominentemente, el director ruso tiene el ansia de preguntar y preguntarse, de cuestionar y de hacer pensar, muchas veces a través de la voz en off, a veces a través de una extraña trama paralela, situada ya en época actual, sobre un cargamento artístico a bordo de un barco que podría naufragar (es inhumano que “se arrastre” al arte por el mundo en barcos, medita Sokurov), y las más de las veces simplemente a través de las imágenes: si tras una imagen de los Nazis queriéndose apoderar de las obras de arte alemanas aparece una imagen del arte del antiguo Egipto que hay en el Louvre, no es difícil pensar aquello de “donde las dan las toman”, y recordar que ese patrimonio supuestamente francés también fue expoliado a su vez por Francia en otras guerras y con otros abusos, y de hecho la figura de Napoleón, vanagloriándose de todo el arte “conquistado”, aparece a menudo por la pantalla. Hay aquí un deje más malévolo y crítico (¿quizá de ahí que el festival de Cannes no exhibiera una película a priori tan francesa que hasta está coproducida por el propio Louvre?), y el Louvre no se presenta tanto como esa pobre joya de la cultura occidental amenazada por la Alemania imperialista, sino como una joya cultural conseguida gracias al imperialismo, y condenada por tanto a entenderse con cualquier nuevo imperialismo que llegue. También las imponentes esculturas de reyes asirios con cuerpos de leones alados nos recuerdan que mucho del arte más maravilloso fue creado por o desde el poder, y con la función de exaltar a líderes tan tiránicos como Hitler y de amedrentar a ciudadanos tan indefensos como pudieron ser los parisinos en el verano de 1940.

Pero, a pesar de tantas virtudes, o puede que por ellas, el conjunto peca de cierta dispersión: tal vez la mano coproductora del Louvre exigía cierta exégesis específica sobre el museo, mientras que el director quería una reflexión más general, y a ratos la película parece no saber si quiere ser canto extasiado a la cultura francesa (o a la cultura que se puede ver en el museo francés) o una crítica velada, pasando baches de indefinición en los que ni convence como una cosa ni profundiza como la otra, y en la segunda mitad decae ligeramente el interés, al menos hasta un final que remonta el vuelo poderosamente, cuando Sokurov se pone más lírico y sienta a Jaujard y Wolff-Metternich para recordarles que ellos también pasarán, y serán olvidados, mientras que tanto el arte como la política que lo condiciona, y que ellos contribuyeron a forjar, seguirán yendo de la mano a esos panteones de la memoria donde van las cosas que todo el mundo conoce y recuerda.

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No es el film más compacto o satisfactorio de su autor, ni es el ensayo fílmico definitivo sobre las relaciones entre historia, política y arte, ni es la loa (ni la crítica) más arrebatadora a la cultura francesa, pero tiene bastante de todo ello, y es una película que informa, inspira y hace pensar, y lo hace de manera razonablemente entretenida, siempre que a uno le interese la materia.

3.5_estrellas

Ficha técnica:

Título original: Francofonia Director: Alexandr Sokurov Guión: Alexandr Sokurov Música: Murat Kabardokov Fotografía: Bruno Delbonnel Reparto:     Louis-Do de Lencquesaing, Vincent Nemeth, Benjamin Utzerath, Johanna Korthals Altes, Jean-Claude Caër, Andrey Chelpanov  Distribuidora: Wanda Vision Fecha de estreno: 03/06/16