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En las dos nuevas jornadas del Festival de Cannes, Los hermanos Dardenne, Xavier Dolan, Cristian Mungiu y Albert Serra han puesto a prueba a los críticos de la prensa española (e internacional). De los cuatro, nombres propios de gran relevancia en el Festival, han decepcionado a excepción del catalán Albert Serra

Dolan ha sido el director más vapuleado en su adaptación de una obra de teatro en la que su temática y estilo pop siguen existentes, a pesar de su histrionismo. 

The Unknown Girl

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¿Es Jenny, una chica que ha empezado a trabajar como médico de familia? ¿O es la mujer africana sin nombre que un día llamó a su puerta y cuyo cadáver fue encontrado junto a al río Meusse en ese territorio particular de los cineastas como es la ciudad de Sereign? (…) La gran cuestión que atraviesa numerosas películas no es otra que saber cómo es posible devolver a la sociedad esa dignidad perdida, comprender de qué modo se pueden llegar a atrapar los gestos esenciales de fraternidad. La Fille inconnue vuelve a incidir en estas preguntas, estableciendo un interesante juego entre el presente de unos cineastas que han depurado su estilo convirtiéndose en unos auténticos maestros de la puesta en escena y la gestualidad,  y un pasado en el que las cuestiones de falta y redención ocupaban un camino central. La mujer desconocida del título enlaza con el cadáver del obrero muerto en La promesa, mientras que la lucha para superar el sentimiento de culpa conecta con los movimientos esenciales que marcaban el ritmo de El hijo. Jean-Pierre y Luc Dardenne vuelven a demostrar que su cine no es de este mundo, que sus películas están más allá del bien y del mal y que en sus obras hay una radicalidad y una coherencia siempre ejemplar.

Ángel Quintana, Caimán cuadernos de cine

Los directores belgas son unos mimados del Festival, con razón. Y con sus dos Palmas bajo el brazo, más otros premios, vienen a Cannes por séptima vez con esta película, casi un detectivesco, una de las más flojas de su carrera. Aunque no fallida. La desconocida del título es una chica negra que llama a la puerta de un gabinete médico ya tarde en la noche y no le abren. A la mañana siguiente se la han encontrado muerta, pero no conocen su identidad. Cuando la doctora ve las imágenes de ella llamando a su puerta y cómo deliberadamente no quiso abrirla porque era tarde, emprende un viaje de limpieza de su culpa convirtiéndose en una detective para descubrir su identidad. La solidaridad y el compromiso social están, como otras veces, en ese viaje, pero la mirada fría de la doctora y de la propia profundidad de la historia es inédita en el trabajo de los belgas.

Irene Crespo, Cinemanía

Jenny (Adèle Haenel) es una médica de familia en una consulta de barrio de Lieja que decide no responder a ese timbre que suena a última hora, cuando ya hace tiempo que ha acabo su jornada de trabajo y ella ya está cansada. Al día siguiente, la policía la visita para informarle que una muchacha ha aparecido muerta cerca de allí y la cámara de seguridad confirma que se trata de la chica que llamó a su puerta.

Jenny es una típica heroína dardenniana en su obstinación para conseguir un objetivo que le devuelva la dignidad perdida. Pero al contrario de otros personajes que se ven sometidos a alguna encrucijada socioeconómica que pone a prueba su dignidad, Jenny es una doctora de prestigio a quien atenaza el sentimiento de culpa y decide ponerle remedio. Su investigación otorga a esta película de los Dardenne un insólito tono procedimental. Los belgas sin embargo no acaban de dar con el ritmo ni la estructura narrativa apropiada para ofrecer un film de pesquisa con trasfondo moral.

Eulalia Iglesias, El Confidencial

«La fille inconnue», tienen toda la pinta de no comerse una rosca. No es una mala película, pero tiene tanto interés como mi dinero en el banco, y dura casi dos horas, pero eso un tartamudo lo cuenta en diez minutos. Un buen personaje, una joven doctora, y sus pesquisas livianas para descubrir quién es una chica muerta a la que sin ser consciente de ello no atendió en su consulta momentos antes?

La trama, aunque intenta retorcerse, no provoca más agitación que la que provocaría subir tres escaloncillos, pero, afortunadamente para el párpado superior (que lucha contra la ley de la gravedad para no descargar su peso contra el inferior) un personaje pega tal grito, a la hora o así, que el ojo deja de ver la pantalla panorámica y vuelve a su cuadrado normal. Puesto que el grito no tiene mayor función dramática, es evidente que los Dardenne lo usan como bocinazo.

Oti Rodríguez Marchante, ABC

Impecable en su factura (con esos notables planos-secuencia que son desde siempre su sello y han influido en tantos otros realizadores), esta exploración del compromiso, la culpa y las diferencias de clase entregó, sin embargo, muchas menos facetas y matices que en sus trabajos anteriores. Lúcida y rigurosa, cuestionadora y atrapante, pero también más esquemática y subrayada que los mejores films de esta dupla que ya tiene asegurado un lugar de privilegio en la historia del cine. No tienen nada más que demostrar y, esperemos, todavía mucho para dar.

Diego Battle, Otros Cines

It’s Only the End of the World

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El argumento describe la visita a la casa de su madre de un hombre que sabe que va a morir, es una despedida pero su familia lo ignora. Y descubre que los fantasmas no se han ido, que permanecen los rencores, las miserias y los reproches en ese entorno del que huyó, que hay cuentas que aclarar con los recuerdos, que su madre, su hermano, su cuñada y su hermana no son precisamente felices. Se manifiestan a gritos, se juntan todos para comer pero el hijo pródigo va reuniéndose con cada uno de ellos en la cocina, en el dormitorio, en el salón, en el jardín. Él habla poco, pero los demás padecen de una histeria y una verborrea galopantes. Y el revolucionario lenguaje del director consiste en que durante más de una hora filma a sus personajes exclusivamente en primer plano y el resto en plano medio. Doy gracias de que el metraje no sea excesivo, salgo agotado, con la sensación de que llevo toda una vida acompañado de familia tan histérica. Me da igual su pasado, su presente y su futuro.

Carlos Boyero, El País

Pocos (o mejor, sólo él) directores tan esperados como el canadiense. ‘Mommy’, su película anterior y premio del Jurado aquí mismo al lado de Godard, le señaló como el cineasta poseedor de uno de los universos más heterogéneos, inclasificables, enérgicos y únicos en activo. Además de joven. Sus 27 años le mantienen al margen de prácticamente cualquier abismo. O eso o justo en al borde del precipicio. Como se quiera.

Pues bien, ‘Juste la fin du monde’ es su trabajo más extremo y ambicioso, y, a la vez, el más desconcertante. Cuando no simplemente fallido. (…) Toda la película se mueve sobre intuiciones. No hay palabras. Sólo insultos, nervios, acusaciones, gritos… Y todo ello con la cámara pegada a cada rostro herido. El objetivo apenas transpira.

Luis Martínez, El Mundo

Como en su anterior y furiosa película, «Mommy», aquí Dolan recoge la intimidad, el amor y el desconsuelo de esos personajes mediante una batalla de gritos e histeria. Es el juego, histeria e historia se entrelazan para retratar el tormento individual y familiar, pero, a pesar de la intensidad de la imagen y de la voluntad de la música, la película gana esa batalla de echarte fuera de ella; y a pesar o a causa de unas interpretaciones irritantes de Vincent Cassel, de Nathalie Baye y Léa Seydoux, y de las terapéuticas de Gaspard Ulliel y Marion Cotillard. Es fácil entender todo ese tortuoso proceso de composición y descomposición familiar, pero lo que ya no es tan fácil es mantener con la película el menor contacto emocional. Dicho de otro modo: te importa un bledo.

Oti Rodríguez Marchante, ABC

Dolan captura con brillantez la frustración del desarraigo a través de una sucesión de secuencias de diálogos que ayudan a descubrir el trasfondo entre los personajes y permiten explorar su pasado mientras describen su estado emocional y emergen conflictos enquistados. La cuidada puesta en escena intensifica el desarrollo de los mismos, elaborados esencialmente a partir de diálogos. Algo expresamente derivado de su origen teatral, que sin embargo logra elevarse sobre una cuidada puesta en escena, con un uso del color y dirección artística sobresalientes. Por ejemplo, los primeros planos en las conversaciones, casi rompiendo la cuarta pared, adquieren una lógica narrativa espacial que evoluciona durante su metraje manifestando la predisposición comunicativa de unos hacia otros.

Ramón Rey, VOS Revista

Segunda de las grandes decepciones procedentes de autores ya ‘consagrados’ por el festival. Tras la fallida experiencia de Olivier Assayas (en una película que corre el riesgo de quedarse vieja a la vuelta de la esquina:Personal Shopper), el canadiense y ‘niño prodigio’ de Cannes Xavier Dolan le hinca el diente a una obra de teatro de Jean-Luc Lagarce (dramaturgo francés muerto de SIDA en 1995) para componer lo que él mismo quiere presentar como una película de madurez, pero que queda muy lejos de esa difícil conquista.

Carlos Heredero, Caimán cuadernos de cine

El director nos introduce en su mundo fílmico, marcado por la decepción sentimental y la incapacidad para expresar una afectividad de la que el protagonista no se siente merecedor. El momento histórico juega un papel fundamental, ya que Dolan es consciente de que la sexualidad no es un tabú en la actualidad, sino que está presente en todos los medios, y aceptada.

Gracias a los constantes primeros planos, a las miradas de complicidad, al diálogo oculto en los silencios del protagonista, a los flashbacks melódicos y, sobre todo, a esa música extremadamente dramática que añade una soberbia gravedad a determinados momentos de tensión, encontraremos esas lacras del mensaje que nos ofrecerán las mejores pistas del porqué de todo ese resentimiento.

Alberto Sáez, El antepenúltimo mohicano

Graduation

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En Graduación habla de un generalizado malestar moral, de la corrupción cotidiana, de gente que bordea o está inmersa en la depresión. Cuenta la historia de un médico cuya hija adolescente ha sufrido un intento de violación y a la que intenta convencer de que abandone Bucarest para buscar nuevos horizontes en Inglaterra con la concesión de una amañada beca. Y reconoces el mismo escenario, la atmósfera turbia, la angustia que desprendía su mejor película, con aquella chica desesperada que intentaba abortar ayudada por su amiga. Pero si allí Mungiu lograba implicarte hasta extremos angustiosos, aquí te deja indiferente hacia el drama de los protagonistas.

Carlos Boyero, El País

El que fuera Palma de Oro con la monumental y turbia ‘Cuatro meses, tres semanas y dos días’ quiere ahora en ‘Bacalaureat’ contar la historia de un padre obsesionado en que su hija, justo después de graduarse, pueda irse de su país para estudiar en Inglaterra. Para ello necesitará una nota alta en el examen de graduación. Cuando el día antes de la prueba sea agredida en plena calle, todo parece venirse abajo.

Con este sencillo y, si se quiere pedestre, punto de partida, el cineasta rumano se las arregla para confeccionar una delicada pieza de relojería muy cerca del desasosiego. Una fina red de odios, corrupciones, chantajes, mentiras apenas pronunciadas y pedradas en mitad de los cristales sirve para confeccionar a la vez un retrato doloroso de Rumanía y, de paso, una sangrante radiografía de la condición humana. Así, en general.

Luis Martínez, El Mundo

Realismo extremo, cámara en hombro, planos secuencia y crítica social, si prefieren que usemos términos más claros. Por ahí va Baccalaureat, lo nuevo del mencionado Cristian Mungiu, buscando encontrar en el espejo de lo individual el reflejo de lo colectivo y describiendo, a mano alzada, la corrupción inherente al ser humano, no en las grandes acciones que podemos ver en periódicos o noticieros, sino en los pequeños actos cotidianos que todos podemos compartir. La banalidad del mal, por usar el término de Hannah Arendt, se define sobre todo por la incapacidad del sujeto para percibir que, en efecto, forma parte de esa maquinaria de la perfidia. Ustedes o yo, todos tenemos la oportunidad, la amenaza, de reconocernos en los tristes personajes de Mungiu.

Martín Cuesta, VOS Revista

Bacalaureat de Christian Mungiu es una fábula sobre la situación de la Rumanía actual partiendo del drama familiar para llevar a cabo una reflexión colectiva. Romeo es un médico que vive en una pequeña ciudad de Transilvania. Un día, cuando lleva a su hija al instituto, ve cómo esta es agredida por un delincuente. A la niña le enyesan el brazo, y el instituto le impide hacer las pruebas que le permitirán tener una beca para ir a estudiar al extranjero. Este es el punto de partida de una serie de historias encadenadas que llevarán a Romeo a intentar sobrevivir a partir de la corrupción. La sociedad rumana se encuentra a la deriva y la única alternativa, tal como indica el personaje de Romeo, es la de salvar a los hijos, permitiéndoles una salida en extranjero. Mungiu rueda la historia con largos planos de cámara fija. La película no acaba de funcionar, quizás porque el director quiere contar demasiadas cosas, abarcar demasiados campos sin llegar a profundizar en ninguno de ellos.

Ángel Quintana, Caimán cuadernos de cine

‘Graduation’ , confirma la buena salud de los cineastas de la Nueva Ola del cine de ese país que surgió hace una década. Cristi Mungiu, ganador de la Palma de Oro por ‘4 meses, 3 semanas, 2 días’, sigue aquí las tribulaciones de un padre obsesionado con que su hija pase la selectividad para así enviarla a estudiar a una universidad británica.

Mungiu radiografía la permanencia de las dinámicas de la corrupción en un país que, paradójicamente, acude a ellas para escapar de este estado de las cosas. Justo este es el argumentario de un padre que considera válido valerse de favores para que su hija pueda llegar a ganarse la vida sin recurrir a este tipo de trampas. Mungiu orquesta con maestría los diferentes nudos de una trama que se complica a medida que avanza el metraje para ofrecer ya de paso una reflexión en torno la responsabilidad moral de la paternidad.

 

Eulalia Iglesias, El Confidencial

La Mort de Louis XIV

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De la mano de Jean-Pierre Léaud, el director encierra en un calculado juego de luces, sombras y conversaciones tal vez intrascendentes, la agonía del mayor de los reyes que ha dado la más vieja de las repúblicas. Entre el oro, el esplendor y la gloria, la carne putrefacta de una pierna gangrenada se impone con la contundencia de un abismo.

Es cine milimetrado en el propio estertor del cine y de los cuerpos. Es cine que toca en esta cinta el punto extremo de un proyecto (el de Serra, el del silencio) que se antoja cerrado. “La próxima vez prometo hacerlo mejor”, dice el monarca. Y con él, todos. El final es, otra vez, la promesa de un nuevo principio.

Luis Martínez, El Mundo

Lo que menos le interesa a Serra son las luchas por el poder, que están apuntadas; lo que le interesa es mostrar la impotencia del monarca cuando la representación ya no existe. Luis XIV no puede tomar el poder a partir de la exhuberancia del vestido, porque está postrado sin fuerzas. Cuando pide agua, su criado de habitación no está disponible y los médicos discuten diferentes remedios, pero todos ellos resultan bastante ineficaces. Todo está rodado con un notable rigor, con el deseo de seguir todos los momentos de la agonía hasta la expiración final.

Es en el trabajo sobre el rostro y el cuerpo yaciente donde está una parte esencial de la fuerza de la película. Serra muestra la degradación física de un personaje, pero también el envejecimiento y transformación de un mito.

Ángel Quintana, Caimán cuadernos de cine