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“Aún no sabes cómo funcionan las cosas por aquí, ¿verdad? No, pero aprendo rápido” le contesta el doctor Laing, principiante en lo que a la vida en el rascacielos se refiere, a Steele, un dentista cuyo apartamento se encuentra en la planta 25, la misma en la que Laing acaba de asentarse. Y así es como transcurren los primeros días del psiquiatra en ese rascacielos en el que se desarrolla un mundo aparte, y al cual se ha trasladado en busca de un anonimato que la gran ciudad imposibilita. Pero ¿cómo va a pasar inadvertido si acude a una fiesta de disfraces sin disfraz? ¿Cómo va a pasar inadvertido si su vestimenta habitual corresponde a la época actual mientras la caracterización del resto de habitantes es setentera a más no poder? Porque no olvidemos que la distopía que imaginó J.G. Ballard en su novela Rascacielos (High-Rise, 1975) era intemporal, no necesariamente futura. Y esta adaptación del director de culto Ben Wheatley, homónima en su título original y sin traducción para el estreno en salas españolas, es indudablemente fiel al texto del controvertido escritor británico, con todo lo que ello conlleva (infinidad de cosas positivas si tienes talento y descaro para adaptarlo). 
 
Aunque han pasado más de cuarenta años desde la publicación de la novela, todo lo que vemos en la película se corresponde con lo leído. Quizá una ventaja del paso del tiempo para la adaptación cinematográfica ha sido la posibilidad de encuadrar a Laing como advenedizo social de una forma mucho más evidente: además de su pertenencia a un escalafón intermedio dentro de la edificación, su propia vestimenta nos lo muestra gráficamente en todo momento y lo acentúa en la peculiar fiesta de roles y disfraces. Aunque en un principio pueda parecer que el rascacielos no es su sitio, Laing encontrará determinados privilegios en su posición y representará, ahora sí, los intereses y la naturaleza del hombre moderno en su totalidad: la búsqueda del beneficio propio y la indiferencia ante el sufrimiento ajeno. Le tocará, eso sí, remar a contracorriente para evitar caer en la espiral de autodestrucción que lleva consigo un edificio que se construyó para que fuera un crisol del cambio y al que parece faltarle algún elemento vital, como bien dice Anthony Royal, arquitecto del rascacielos y habitante de la planta 40, cima de la estructura. Algo similar parece indicar la presencia de una matrioska en un momento de la película: la homogeneidad entre los miembros del edificio no es la que a Royal le hubiera gustado.
 
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David Cronenberg se ha ganado con creces pertenecer a una categoría en la que probablemente no se encuentre ningún otro autor. Sólo él puede presumir de haber adaptado a Burroughs, Ballard y DeLillo. Dentro de la evidente (y desbordante) personalidad de ambos creadores -Wheatley y Cronenberg-, encontramos elementos coexistentes en sus respectivas adaptaciones de Ballard. Esto puede deberse a que ambos han sabido captar a la perfección la esencia de sus líneas, sus intenciones y su visión del mundo presente (ahora pasado) y futuro. Lo cierto es que High-Rise en imágenes (en las imágenes que crean Wheatley y Laurie Rose, concretamente) gana una barbaridad. A un trasfondo sin igual, reflejo de la eterna lucha de clases y su repetición invariable, hay que sumarle un trabajo de dirección perfeccionista en la puesta en escena y con un sorprendente detallismo, que hace de cada revisionado una experiencia única e inimitable. La comunión entre el texto ballardiano y las imágenes del director de Turistas alcanza el (des)equilibrio perfecto gracias a una desmesura que casa a la perfección con las intenciones satíricas de su obra. Igual de equilibradas están las dos mitades de High-Rise: una primera hora dominada por el cuidado de las formas y una segunda en la que la locura se abre paso entre las paredes del rascacielos.
 
Ante mis dificultades para no caer en destripamientos innecesarios -quizás por la cantidad de visionados que llevo a estas alturas-, únicamente recomendaros disfrutar de la película sin prejuicio alguno. Disfrutar tanto de su forma, coherente con el estilo del cineasta británico y respetuosa con la novela, como de su fondo, deudor del material original pero con un toque autoral -más aún, si cabe- que le viene de perlas. Reconocimiento aparte merece la partitura de Clint Mansell, que en todo momento contribuye a incrementar la fuerza de las imágenes, especialmente en unas secuencias de montaje espectaculares. Por su parte, Wheatley sale airoso de su primera experiencia con reparto internacional y presupuesto holgado. High-Rise está destinada a convertirse en una de esas cintas míticas y controvertidas. Por el momento ha sembrado amor y odio a partes iguales. Esperemos que el tiempo la trate bien, pues para mí nos encontramos ante el trabajo cinematográfico más sugerente (que no el mejor) de la década. 
 

Ficha técnica:

Título original: High-Rise Director: Ben Wheatley Guión: Amy Jump Música: Clint Mansell Fotografía: Laurie Rose Reparto:   Tom Hiddleston, Sienna Miller, Jeremy Irons, Luke Evans, Elisabeth Moss, James Purefoy, Keeley Hawes, Reece Shearsmith, Peter Ferdinando, Sienna Guillory, Stacy Martin  Distribuidora: Betta Pictures Fecha de estreno: 13/05/16