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Año nuevo y vida nueva, el Festival de Cannes vuelve con más fuerza que nunca con la presencia de nuevas productoras como Amazon Studios, que después de su gran etapa con las series, ahora se atreve con el cine teniendo a directores de renombre como Park Chan-Wook o Nicolas Winding Refn. Café Society, de Woody Allen producida por Amazon Studios, ha sido la encargada de abrir el Festival convirtiéndose en la mejor apertura de los últimos años. 

Con Jesse Eisenberg, Kristen Stewart, Steve Carell, Corey Stoll, Blake Lively y Parker Posey en el reparto, Allen consigue realizar una comedia agridulce sobre la Hollywood de los años 30 recuperando la nostalgia de aquellos años gracias a la fotografía digital (primera vez en la filmografía de Woody Allen) de Vittorio Storaro. Con una gran aclamación de crítica, os dejamos todas las opiniones recopiladas por la prensa española. 

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Allen ha inaugurado Cannes con Café society, una espléndida película, la que más me ha gustado de él desde hace mucho tiempo, desde aquellas dos obras maestras tituladas Balas sobre Broadway y Match point. Te asalta la sensación con ella de que este anciano posee un conocimiento enciclopédico de la condición humana, de sus luces y sus sombras, de los dilemas del amor, de la elección por lo que crees que te conviene y que presuntamente dará estabilidad y futuro a tu existencia y el rechazo a lo que te exige el corazón.

El tono es amable pero la conclusión es muy triste. Y arriesgada. Cualquier productor miedoso o embrutecido le exigiría un final tan feliz como falso, pero Allen siempre ha hecho lo que le da la gana. Y opta por la verdad aunque esta no sea comercial. Hay desconsuelo, racionalidad, lirismo y pena. Allen ha trabajado con el director de fotografía Vittorio Storaro buscando una luz determinada y precisa para hablar de los sentimientos. Y la cámara no para de moverse, pero sólo lo constatas cuando la historia ha terminado.

Salgo del cine conmovido.

Carlos Boyero, El País

Cannes arrancó y lo hizo de forma tan enfermizamente lánguida y lluviosa como el propio día. Café society, la que hace la película número 46 de su filmografía y la tercera que inaugura el festival, es por orden: a) un estudio lacónico, tal vez pesimista, de la pasión, b) un entregado homenaje al cine (otro más), c) una de las producciones más caras del realizador a cargo de Amazon (lo único que, de verdad, cambia), y d) una cálida reivindicación de Kristen Stewart en pantalones cortos (esto otro también es nuevo). Nada sorprende , porque nada puede hacerlo. Es así.

Luís Martínez, El Mundo

La película, la primera de Allen rodada en digital, se beneficia de la expresividad cromática de la fotografía de Vittorio Storaro. Una pena que la trama resulte flácida y perezosa cuando en realidad pretende evocar el fatalismo romántico de la literatura de Scott Fitzgerald. Allen, que concibió el filme como una novela, se reserva el papel de narrador («es la voz del autor, leí la voz en off porque yo la escribí y me salía más barato») para subrayar sus intenciones, a saber: que la historia de amor sea un elemento más en el retrato de los avatares de una familia judía en la década de los treinta, que incluyen un caprichoso desvío hacia el crimen y una conversión al catolicismo. Sin embargo, la melancolía que sustenta este amor de juventud, alimentada por el contraste entre lo que deseamos y lo que obtenemos de la vida, se despliega por exigencias del guion, no nace orgánicamente de lo que transmiten los personajes. 

Sergi Sánchez, La Razón

Una de los filmes más románticos del director neoyorquino. Fácil y bonita de ver. Una delicia para arrancar este Cannes 2016. Una mirada nostálgica al Hollywood dorado, pero también a un Nueva York de gángsters y clubs exclusivos. Jesse Eisenberg habla y anda como un joven Woody Allen (aunque ambos nieguen la relación). Un hombre entre dos Verónicas: Kristen Stewart y Blake Liveky.

Pero, además, a Woody Allen le da tiempo a hablar de familia, de religión y de mortalidad. Sus temas favoritos. Los que le siguen obsesionando, incluso aún más, según va cumpliendo años.

Irene Crespo, Cinemanía

Como afirma el propio protagonista, Woody Allen sigue considerando la vida como “una comedia escrita por un sádico”. En ‘Café Society’ desmitifica la visión más romántica e idealizada del amor, pero le reserva un espacio en el ámbito de los deseos y los sueños. La película se mueve entre la visión ingenua del protagonista al principio y la pragmática que adopta en la segunda parte del filme, sin que sus sueños iniciales se desvanezcan del todo. Esta llama de calidez convierte ‘Café Society’ en uno de los pocos filmes recientes de Allen donde el encanto no queda del todo devorado por el sarcasmo.

Eulália Iglesias, El Confidencial

Café Society nos muestra Hollywood como el arquetipo de la tierra de las oportunidades, en la que la fama no hace más que afianzar ciertos sueños. En Nueva York operan las bandas de gánsteres que conquistan los bajos fondos y convierten sus locales nocturnos en las tapaderas del sueño y la apariencia. La cara plácida y la cara amarga del sueño conviven en el film, pero para dar lugar a una comedia ligera que pretende evocar —y homenajear— el legado de la comedia romántica. Para Woody Allen, el trasfondo que esconde la comedia romántica no es otro que la crisis permanente entre aquello que hemos deseado ser y aquello que las circunstancias —o el azar— nos han acabado permitiendo ser. La dialéctica funciona a partir de hipotética historia amable de amor en la que un joven —Jesse Eisenberg— llega a Hollywood para poder conquistar el mundo. Allí conoce a Vonnie —glamourosa Kristen Stewart— que es la secretaria de su tío —genial Steve Carell— convertido en un productor ambicioso que habla de sus encuentros con Fred Astaire y Ginger Rogers o del contrato que piensa cerrar con Joel McCrea.

Ángel Quintana, Caimán cuadernos de cine

Las pretensiones de Allen, ya se lo imaginan, no son lo que se dice pequeñas y es en esta naturaleza ambiciosa de Cafe Society donde hallamos sus mayores virtudes y errores: virtudes a la hora de otorgarle espacio a ese renacido inconformismo alleniano, errores en cuanto a la incapacidad de manejar con soltura tanto material diferenciado. No se crean que esta disfunción entre abarcar y apretar mediatiza por completo un film con momentos de auténtica belleza (cierto atardecer en Central Park parece destinado a convertirse en un nuevo icono de la filmografía del autor de Manhattan), pero sí creemos que mina con cierta inestabilidad el conjunto del film, haciéndonos dudar, por ejemplo, de lo necesario de ciertas subtramas.

Martín Cuesta, VOS Revista

Dulce, amable y activadora, muestra un Allen mejorado, capaz de combinar a la perfección sus autoparodias sobre judíos con cómicas escenas de gánsteres o románticos paseos a caballo por Central Park, como hizo en sus grandes hitos cinematográficos de antaño. Pues la hibridación genérica y temática siempre fue su punto fuerte. En esta ocasión, el maestro de las tragicomedias le hará pronunciar al protagonista la siguiente cita shakespereana que define su cine: “la vida es una comedia escrita por un sádico”.

También cabe resaltar la exquisita fotografía a cargo de Vittorio Storaro. El italiano transporta al público por un universo de luces y sombras, una metáfora del estado de ensoñación del que es esclavo aquel que se siente bajo los efectos del amor.

Carlota Moseguí, Arcadia