Tan solo dos películas le han hecho falta al realizador indio Tarsem Singh para darse cuenta de que su capacidad para contar una historia era algo completamente nulo, algo digno de elogio si tenemos en cuenta que muchos directores llevan toda la vida rodando películas sin darse cuenta de esto. Así el realizador se ha apoyado en su sofisticado y fantástico estilo visual a la hora de realizar su tercer largometraje, el resultado es una divertida y excéntrica locura que se sabe distanciar completamente de las lamentables “The Cell” y “El Sueño de Alejandría”.

Nos situamos en la antigua Grecia, tras años de guerra los dioses consiguieron encerrar a los titanes debajo del monte Tártaro y prometieron no volver a interferir en los asuntos de los hombres mientras que estos permanecieran encerrados. El malvado rey Hiperión (un desatado Mickey Rourke) está cabreado por que los dioses dejaron que su mujer y su hijo muriesen y decidirá liberar a los titanes para levantar la ira de los dioses, claro que todo le hubiera sido mucho más sencillo si no se hubiera cargado a la madre de Teseo (Henry Cavill, el nuevo Superman, que debe calzar por lo menos una 120 de pecho) delante de sus ojos, y es que el chaval ayudado por un Dios que a veces se disfraza de John Hurt el joven heleno es un maestro de las artes marciales y fan de la saga Matrix, así que poseído por el espíritu de William Wallace liderara a los griegos en una brutal batalla contra las tropas desfiguradas y enmascaradas de Hiperión. Que no se nos olvide la relación de amor, también aparece en escena una guapísima Freida Pinto que es una oráculo que no puede hacer marranadas si no quiere perder sus poderes, aunque… ¿será capaz de resistirse a los voluptuosos y afeitadísimos pechos de Teseo?

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A Tarsem Singh le da igual la mitología y es que la respeta tanto como el comic de Thor respeta a las viejas leyendas vikingas, pero eso da igual porque el director es capaz de crear una demencial historia que se sigue con facilidad y que se limitar a quedarse al fondo como un vago pretexto para justificar toda la orgía de sangre que tiñe la cinta, una brutalidad excesiva y divertida con algún momento que incluso conseguirá crear la más sincera solidaridad entre todos los espectadores masculinos. Si sumamos todo este esplendoroso uso de la violencia al ya comentado fascinante estilo visual del realizador indio que se ve además aumentado con uno de los mejores 3D post-proceso que se han realizado hasta la fecha y sobre todo el uso desenfrenado de el slow-motion al más puro estilo 300 o Sucker Punch, el resultado es que como ocurría en estas dos, la película supone un completo ejercicio de estilo que es capaz de fascinar por sí solo haciendo que a veces el espectador se olvide de lo que le estaban contando.

No hay nada que el realizador nos quiera contar y se le agradece la sinceridad en este aspecto, él simplemente se limita a decirle al espectador que se siente en su asiento y apague el cerebro limitándose a disfrutar con la brutalidad del relato, es este hecho el que hace de Immortals una entretenimiento totalmente valido del que posiblemente no recordemos mucho con el paso del tiempo, pero que mientras la vemos la disfrutamos como niños que ven dibujos animados.

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