A pesar de haberse doctorado con honores en el género del thriller, David Fincher es un director que ha demostrado una versatilidad digna de elogio y admiración, la cual ha plasmado en otras obras tan notables y diferentes como son El curioso caso de Benjamin Button o La red social. Hoy aprovecho para reflexionar sobre esta última, especialmente sobre uno de los momentos clave de la misma.

Recuerdo la primera vez que oí hablar sobre La red social: estaba curioseando por Twitter cuando di con un titular que indicaba que estaba en marcha una película sobre Facebook. Mi sorpresa fue inmediata, acompañada de un escepticismo casi indignado. Además de la –cada vez más- demencial y saturada presencia de las redes sociales, ¿van a hacer una película? De locos. Todo cambió cuando leí quien iba a dirigirla, lo cual me asombró aún más si cabe. De repente aquel escepticismo empezó a mutar en curiosidad. Tras ver el tráiler, la curiosidad se convirtió en interés. Tras leer cómo la crítica, prácticamente unánime, la alzaba como obra maestra, el interés derivó en expectación. Y por fin, tras ver la película, mis expectativas se cumplieron: La red social fue la mejor película que vi aquel año y, a día de hoy, una de las mejores que he visto en lo que va de siglo.

La escena que me sirve como excusa para rememorar esta joya no es otra que aquella que tiene lugar tras los títulos de crédito iniciales, después de esa extraordinaria confrontación entre Marc y su novia Erica. Tras haber sido plantado y humillado por esta última, Marc siente la inmediata necesidad de vengarse de ella, y no se le ocurre mejor modo de hacerlo que colgando información sensible y personal de la chica, además de llevar a cabo su particular y misógina represalia contra las mujeres desarrollando una web a través de la cual los hombres del campus deberán elegir quien es la más atractiva de entre dos alumnas al azar.  

“¿Es verdad que hay un bus que pasa a recoger a las chicas para llevarlas a los Final Clubs? Preguntaba Erica con cara de asco en aquella primera escena. Pues bien, la secuencia de la que quiero hablar comienza por responder a esa pregunta, dando la razón al obsesionado pero determinado Zuckerberg “¿Ves por qué es tan importante entrar?-, mostrando esa fantasía de todo estudiante de Harvard a modo de fiesta privada repleta de alcohol, drogas y bellas mujeres a la que sólo unos pocos elegidos pueden acceder, todo ello paralelamente al dictado mental de nuestro narcisista protagonista, resolviendo en tiempo real su improvisada cruzada. En esta secuencia de apenas tres minutos, Fincher y el guionista Aaron Sorkin logran descubrirse como un portentoso tándem que funciona a tantos niveles como la mente de Zuckerberg, mostrándonos a través de un vertiginoso montaje y de su estimulante banda sonora –posiblemente una de las más influyentes de los últimos años- el porqué de una de las eventualidades más relevantes del Siglo XXI: El origen de las redes sociales tal y como las conocemos. Y de paso, da pie a que veamos cómo surge y funciona –aunque sea a nivel local- el fenómeno viral, esa imparable y morbosa contingencia que, intrínseca a la naturaleza humana, se traduce como un “boca a boca virtual” que se propaga como un virus a través de la red, con efectos apreciablemente devastadores.

En estos tres minutos se resume la esencia de la película; la de Marc Zuckerberg y, por qué no decirlo, la de buena parte de los habitantes del joven mundo cibernético-social; un mundo en el que su ciudadano medio es descaradamente narcisista, y cuyo principal objetivo es adquirir la mayor relevancia posible ante esos millones de ojos que observan desde el otro lado. Tres minutos que resumen toda una película; y una película que refleja a toda una sociedad.