En esta quinta jornada del Festival de San Sebastián hemos disfrutado de lo último de Mamoru Hosoda (El niño y la bestia), de Woody Allen (Irrational Man), de Jafar Panahi (Taxi Téhéran) y de Agustí Villaronga (El rey de la Habana). También hemos visto la uruguaya El apóstata, que desde ya se encuentra entre nuestras favoritas de la Sección Oficial de este año.

El niño y la bestia – La Oscuridad del alma

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La animación japonesa sigue haciéndose un hueco en el Festival de San Sebastián. Este año El niño y la bestia, el nuevo trabajo de Mamoru Hosoda, toma el testigo de El cuento de la princesa Kaguya, que en la pasada edición del festival levantó el entusiasmo de todo el público. La cinta de Hosoda no está al nivel de las grandes obras de animación japonesas pero sería un error garrafal desprestigiarla por esa inoportuna comparación. Porque lo verdaderamente importante es que tras El niño y la bestia se esconde una película bellísima, con un ritmo fantástico y una de esas bandas sonoras que no se olvidan nunca.

El niño y la bestia cuenta la historia de Kyuta, un niño solitario que vive en Tokio, y Kumatetsu, una criatura sobrenatural aislada en un mundo imaginario. Un día, el niño cruza la frontera al mundo imaginario y entabla amistad con Kumatsesu, que desde entonces se convierte en su amigo y guía espiritual.

Tras triunfar en todo el mundo con películas como La chica que saltaba a través de tiempo, Summer Wars y Los niños lobos, Mamoru Hosoda nos trae en El niño y la bestia una historia preciosa sobre las relaciones atípicas y las inseguridades humanas. En esta cinta Hosoda se vale de la literatura universal (Moby Dick en este caso) para dar forma a una reflexión sobre la capacidad del ser humano de combatir su propia maldad. Y lo hace, como no podía ser de otra forma, de la manera más fantástica y espectacular posible. El único inconveniente achacable a este respecto es que a veces da la sensación de que el filme se pierde entre referencias y simbolismos, aunque probablemente lo que se ve desde un principio es todo lo que Hosoda quería representar. Más allá de eso nos encontramos ante una película muy entretenida que, a partir de la relación entre Kyuta y Kumatetsu, aprovecha para hablar de conceptos como la superación, el amor (digamos que fraternal) o la confianza. Puede que no sea una película redonda pero ya sólo la emoción que destila es razón suficiente para reivindicarla allá donde se vaya.

Taxi TeheránTu profesión, tu trabajo y lo que jamás te podrán robar

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El cineasta necesita hacer películas. Parece una afirmación un tanto obvia, pero cuando se observa el caso de Jafar Panahi queda más claro que nunca que un cineasta no puede vivir sin hacer cine. Oprimido por las autoridades iraníes, desde hace unos años Jafar Panahi ha estado en vigilancia, primero en arresto domiciliario y también sin permiso para realizar películas. Taxi Teherán es su tercera película desde que esta prohibición está vigente. La clave de todo, la clave de la necesidad de Panahi por hacer cine nacía en Esto no es una película, lo que primero era un experimento de un cineasta narrando el guion que quería filmar y no le dejaron hacerlo, acababa siendo, por la insuficiencia de las palabras para narrar como las imágenes, un crudo testimonio de la situación iraní. Un repaso a lo que fue y a la triste visión de un futuro sin poder filmar películas.

Taxi Teherán es un ejercicio fascinante, para rodarla Panahi se pone al volante de un taxi, oculta una serie de cámaras sobre el coche, y solamente deja que el cine fluya entre la picaresca de un hombre que solamente pretende ejercer su profesión. Pero si en Esto no es una película dejaba claro que el cine no pueden ser solamente palabras y cerraba con un golpe de efecto casi hitchcockniano, aquí es capaz de usar sus limitados recursos para plantear un juego fílmico con el espectador: diluir por completo la línea entre la ficción y la realidad. Es difícil saber donde empieza una y acaba la otra, saber si todo es ficción o todo es realidad, si esa serie de personajes que montan en su taxi forman parte de un mastodóntico trabajo hasta conseguir dar con tipos ricos en matices o si, sin embargo, todos estos personajes son producto de un trabajado guión, o si todo es una mezcla de ambas cosas. Y esta baza es la que engrandece a una película que se siente tan real como ficticia, que es capaz de hablar de la situación política y social de Irán para mostrársela al exterior, pero que lejos de caer en el discurso aleccionador se mezcla con efectivas dosis de humor. Y sí, del mismo modo que lo hacía Esta no es una película, acaba con un radical con un golpe de efecto, con un precavido testamento de un cineasta que no sabe si esta será para siempre su última película, pero que jamás cesará en su empeño de hacer cine. Porque lo que muestra Panahi no es provocación, simplemente una cuidada e inteligente visión sobre la Irán que a él lo castiga. Él solo quiere ejercer su profesión y mientras lo hace quiere explicar al resto del mundo porque no entiende que no le dejen hacerlo.

El Rey de la HabanaLOL

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Es difícil escribir sobre una película como El Rey de la Habana. Difícil porque mi percepción sobre ella es tan nefasta que resulta harto imposible enumerar o cuantificar todos los aspectos que la convierten una película indigna de un festival como el de San Sebastián.

Porque la última película del director de la celebrada Pa Negre, Agustí Villaronga, es un disparate de dos horas y cinco minutos de duración que adapta una novela que, supongo, será mejor que su adaptación al cine.

El Rey de la Habana concentra casi todos los fallos y errores que se pueden encontrar en el cine en una sola película. La epopeya adolescente de un joven habitante de la Habana se torna en pesadilla para un espectador que, incrédulo, intenta comprender por qué pasan las cosas que pasan, por qué hay las elipsis que cortan y mutilan el desarrollo de la película, y por qué los actores actúan tan rematadamente mal.

Comedia involuntaria sobre la plenitud sexual o si se quiere, suicidio (in)voluntario de Agustí Villaronga, El Rey de la Habana parece estar tocada por el dios del trolleo, que ha decidido amenizarnos el festival con un regalo antológico que dará que hablar en las colas de los restantes pases del Zinemaldia.

Irrational ManWoody Allen de serie

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Sea cual sea el origen de una conversación sobre Woody Allen, tarde o temprano se escuchará una frase similar a “Últimamente Woody Allen hace una película buena y una mala”, máxima inviolable de todo aficionado al cine. Según el calendario astrológico de los que usan esta frase tan manida, a Irrational Man le corresponde la valoración de “buena”. Lamentablemente las matemáticas no rigen el talento y la inspiración de los cineastas y en este caso, Woody Allen sigue en la categoría “mala” que le tocaba a su anterior película.

Realmente definir como “mala” a Irrational Man es tan injusto como definir la filmografía moderna de Woody Allen con esa frase. Irrational Man es una película digna, una película que ya quisieran muchos (casi todos) los directores actuales hacer con la facilidad con la que Woody Allen puede hacerla.

El talento de Woody Allen para la comedia es innegable. Es tan enorme que consigue trabajos tan simpáticos (y a tramos, estimulantes) como Irrational Man rodándolos con el piloto automático. Pero esta nueva aproximación al crimen y a sus motivaciones, peca de recoger, aquí y allá, la esencia de Woody Allen (personajes, tramas y reflexiones) que ya hemos visto muchas otras veces en muchas otras películas mucho mejores del músico y director neoyorquino. Es continuista y su confección parece haberse hecho con gran velocidad: el uso de recursos como la música es muy torpe, pero, aun así, Woody Allen sorprende y atrapa en algunos tramos. Es un Allen menor, pero ya quisieran muchos ser así de menores.

El apóstataApostatar según Veiroj

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El inagotable filón que ofrece la religión a la hora de desarrollar historias, críticas o sátiras sobre ella ha sido explotado en el cine en múltiples géneros y épocas. La comedia, quizá uno de los más prolíficos, es, para mí, la mejor aproximación, la más exacta, a la fe y la iglesia que se puede crear.

El Apóstata se vale de ese humor para, mediante un antológico e indescriptible personaje, ironizar sobre la posición de la Iglesia en nuestra vida cotidiana. Usa un humor tan peculiar como su protagonista; casi infantil pero a la vez incisivo y perspicaz como ninguno, y consigue tejer una trama casi política pero siempre cotidiana sobre la odisea de este sujeto en su intención de apostatar. La burocracia y la vida cortarán una y otra vez las aspiraciones del ingenuo y perseverante protagonista.

La sencillez es la clave de la película, pues no podría entenderse este humor tan peculiar en un trabajo más cargado visual o narrativamente. Así se convierte en una sátira ligera de la religión pero que oculta impagables reflexiones. El Apóstata es una rareza, tan buena que se posiciona en el top de la sección oficial del Festival de San Sebastián.

Crónica escrita por Beatriz Bravo y Guillermo Martínez