Podría haber escogido cualquier escena de duelo en un spaghetti western de Sergio Leone para este artículo, por ejemplo los duelos finales de La muerte tenía un precio o El bueno, el feo y el malo. Pero hay algo en ese duelo final de Hasta que llegó su hora, una épica, un emoción que hace que se me pongan los vellos de punta cada vez que veo la obra maestra del director italiano. Sobra decir que, al tratarse de un duelo final, este artículo trata sobre una escena que podría considerarse como un gran spoiler, así que si existe algún hereje que aún no ha visto Hasta que llegó su hora, que se abstenga de leer el artículo.

Pongámonos en situación. Tras más de dos horas de metraje, de puro western, llegamos al punto culminante de la película: el duelo entre el enigmático Armónica (Charles Bronson) y el malvado Frank (Henry Fonda). Un duelo que, según nos da entender el film, se lleva prorrogando años y años, ya que Frank nunca acude a las citas que le propone Armónica. ¿El motivo? No lo sabemos aún, solo sabemos que Armónica quiere asesinar a Frank y este no tiene ni idea de quién es este extraño personaje. En la última parte del film, con un Frank derrotado y un Armónica expectante, se produce por fin el ansiado duelo.

Comienza la secuencia con la llegada de Frank. Armónica no se inmuta, ha estado esperando este momento durante años. El villano se posiciona, encarnado por un actor acostumbrado a hacer de “bueno de la película”, un magistral Henry Fonda. Frente a él, un personaje enigmático y sin nombre (al igual que hiciera Leone con Clint Eastwood en su mítica Trilogía del Dólar), al que interpreta uno de los “cara palo” más prolíficos de la época, Charles Bronson. Frank pestañea y mira para otro lado, está nervioso. En cambio Armónica no aparta la vista de su rival, no se inmuta, su momento ha llegado. Se ponen ambos hombres frente a frente y, por fin, conocemos gracias a un flashback el motivo por el cual Armónica necesita asesinar a Frank en un duelo.

Vemos como un joven Frank asiste junto a sus esbirros al ahorcamiento de otro hombre, el hermano de un Armónica aún niño que hace de soporte. Frank le pone una armónica en la boca al pequeño e, instantes después, el chico cae desplomado, produciéndose así el ahorcamiento de su propio hermano. Presenciamos una de las ejecuciones más retorcidas jamás vistas en una película del oeste y en ese momento, nada más acabar el flashback, como un relámpago los dos contendientes desenvainan sus revólveres y disparan, pero sólo Frank es alcanzado por la bala de Armónica, esa bala que llevaba su nombre escrito durante tantos años. Frank cae al suelo y aún sigue sin comprender quién es ese tipo extraño que ha acabado con su vida, y es cuando Armónica le coloca en la boca ese bonito instrumento que le diera él años atrás. Es cuando Frank consigue comprenderlo todo, ya sabe quién es ese pistolero solitario. El villano ha pagado por su maldad y el justiciero ha culminado su venganza, todo ha terminado, y es perfecto. El círculo se ha cerrado y Sergio Leone, con la inestimable ayuda de Ennio Morricone en la inmensa banda sonora, dotada de una épica extraordinaria, ha creado una de las mejores secuencias de la historia del cine.