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A día de hoy es evidente que James Cameron es uno de los mayores innovadores que ha dado el cine a lo largo de su historia, pese a lo poco prolífica que ha sido su carrera, en ella se hayan algunos de los más hitos más importantes y revolucionarios del cine en los últimos años, especialmente en lo que se refiere a la hora de experimentar con los avances del medio. Ahí están películas como Terminator 2: El juicio final, Titanic o Avatar, obras claves para entender como ha avanzado la gran industria en el campo de los efectos visuales de los últimos años. Pero más allá de eso, Cameron es un narrador sin igual, quizá esto era sin duda el mayor defecto de la última Avatar, una película tan centrada en el campo visual que dejó de lado por completo valores más narrativos que alzaron a los anales de la historia obras tan portentosas como Titanic.

Con poco más de seis millones de presupuesto un prácticamente novato Cameron se lanzó a dirigir una obra de ciencia ficción como Terminator, es cierto que hoy, y precisamente a causa de ese presupuesto, a los ojos de un espectador joven la película pueda parecer algo envejecida. Una lástima, porque aquella Terminator lo que hacía era revisar una de las premisas más clásicas de la historia de la ciencia ficción, ¿y si pudieras viajar en el tiempo para matar a Hitler antes de que naciera? ¿Y si en este caso Hitler fuera bueno, y tuvieras que viajar en el tiempo a detener a un cyborg que también ha viajado para acabar con el futuro salvador nonato? El resultado de aquella fórmula dio como resultado una de las más maravillosas obras de ciencia ficción que ha entregado la historia del cine.

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Pero Cameron fue un paso más allá, ahora sí, con un presupuesto mucho más elevado (unos exagerados 100 millones de dólares para la época), el realizador se embarcó en una portentosa secuela que repetía el patrón de la primera, volcándose en esta ocasión en la adolescencia del futuro salvador. Todo era más grande y más espectacular, pero el resultado era igual de brillante. Ese mundo de Terminator, en el que en el futuro se libraría una guerra entre humanos y máquinas que aún no habíamos visto, era grande en su mitología y aún se encontraba bastante inexplorado, pese a todos los atractivos puntos de vista que la creación de James Cameron traía consigo.

Aunque el realizador se desvinculó de la saga, se volvió a intentar en varias ocasiones, dos secuelas más, Terminator 3: La rebelión de las máquinas y Terminator Salvation, esta última centrada ya en la guerra contra las máquinas, y una serie de televisión: Las crónicas de Sarah Connor. Por desgracia, en ninguna de ellas se supo aprovechar el potencial máximo de la creación original. Y el sí saberlo hacer es precisamente la mayor virtud de Terminator Génesis, una película que dista mucho de las dos obras maestras que dirigió Cameron, es cierto, pero que se presenta como una más que digna sucesora y un certero renacimiento de la saga.

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Es fácil enamorarse de Terminator Génesis desde su punto de partida, y es ahí precisamente donde vemos el gran acierto de esta entrega que ha entendido a la perfección lo que siempre ha explorado la mitología de la saga. Aquí volvemos a la primera entrega de la saga, pero lo hacemos después de lo acontecido en la guerra contra las máquinas. Si aquí los malos saben que aquel cyborg falló en su misión, es fácil pensar que mandarían otro más avanzado, pero también los buenos lo han hecho. Así nos encontramos con que a la llegada del T-800 de la primera entrega de la saga, no solo Sarah Connor está preparada para su llegada, sino que tiene un cyborg de su lado. Sí, esto es tan fantástico, confuso y divertido como parece sobre el papel, es como un órdago a la ciencia ficción y al estudio de las diversas líneas temporales. Porque realmente la película sabe que esa es su principal baza, y disfruta de ello al máximo, y juega con las paradojas de una manera endiablada, desde la hilarante y espectacular lucha entre un Schwarzenegger joven y un Schwarzenegger viejo (maravillas de los efectos visuales), a examinar el comportamiento de la futurible y forzada familia de los Connor-Reese.

Es cierto que esta nueva entrega no es una película tan cuidada como las dos primeras, donde la trama se estudiaba al detalle dejando todos los cabos perfectamente cerrados y consiguiendo además una cierta empatía emocional con los personajes que aquí, aunque se intente explotar jamás se consigue. Es fácil que incluso dentro de esa enmarañada tela de paradojas, viajes y líneas temporales, podamos encontrar más de un agujero en la historia. Pero pese a todo esto, lo cierto es que esta Terminator Génesis es un espectáculo de lo más divertido, un pequeño regalo para los fans de la saga, repleta de guiños tanto evidentes, como un buen puñado de detalles para los más avispados que no hacen más que confirmar la idea que esta es sobre todo la creación de unos fanáticos de las propias películas anteriores. Pero es también cine de evasión en su mayor sentido, un cine de acción espectáculo, plagado de un montón de chistes tan tontos como efectivos, un buen puñado de explosiones y de escenas trepidantes muy buen llevadas por un buen Alan Taylor que vuelve a dejar patente el buenhacer mostrado en Thor: El mundo oscuro.

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Puede que esta puesta al día sepa a poco después de ver dos obras tan acertadas como Mad Max: Furia en la carretera y Jurassic World, pero realmente poco importa, porque el espectáculo y el disfrute está asegurado durante las dos horas que dura una película que además nos hará olvidarnos de las dos secuelas previas. Esta vez sí, agradecemos que Arnold Schwarzenegger haya cumplido su promesa de volver.

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Ficha técnica:

Título original: Terminator Genisys Director: Alan Taylor Guión: Laeta Kalogridis, Patrick Lussier Música: Lorne Balfe Fotografía: Kramer Morgenthau Reparto: Emilia Clarke, Arnold Schwarzenegger, Jason Clarke, Jai Courtney, J.K. Simmons, Dayo Okeniyi, Lee Byung-Hun, Matt Smith, Michael Gladis Distribuidora: Paramount Fecha de estreno: 10/07/2015