Siento un amor especial por la novela de F. Scott Fitzgerald, El Gran Gatsby me parece junto a El Guardián entre el Centeno, la novela más hermosa que se escribió en el siglo XX. Me atrae todo su mundo, su cuidada narración de la alta sociedad de los años veinte, su crítica sin tapujos a una sociedad intolerante, que es incapaz de aceptar a los nuevos ricos. Su forma de describir la importancia de conseguir el gran sueño americano, décadas antes incluso de que se instalase el American Way of Life y la caída completa y sin redes de ese gran sueño. Pero me atrae especialmente su protagonista, ese Gatsby del que es imposible no caer enamorado, de la misma forma que las palabras dejan ver que lo hace su narrador, un Nick Carraway, que simplemente son los ojos del espectador dentro de tan fantástica historia. Todo el misticismo que rodea a Gatsby durante todas sus líneas hace inevitable sentir verdadera pasión por él, hasta que por fin, consigues disipar toda esa niebla y te das cuenta de que realmente estás ante un ser despreciable.

El  universo de Gatsby posee una belleza que las cámaras nunca han conseguido captar, la correcta adaptación que realizo Jack Clayton, no pasaba de eso, de ser simplemente correcta. La esencia de la novela se disipaba en pos de una necesaria sobriedad a la hora de narrar la historia, pero incluso por momentos, la fascinación que siempre produce tan bello relato, se convertía en verdadero tedio. Era difícil pensar en un director menos apropiado para una nueva adaptación de la novela de Fitzgerald, que el de Bazz Luhrmann. Un director cuyos excesos siempre me han resultado terriblemente divertidos y espectaculares. Disfruto con su puesta al día de un Romeo y Julieta, dónde su mayor baza está en llevar a la mayor de las extravagancias el texto de Shakespeare respetándolo siempre al máximo. Me posee por completo esa actualización de Las Dama de las Camelias que es Moulin Rouge, dónde es capaz de mostrar una bellísima historia de amor sin perderse nunca por una arriesgada puesta en escena, tan absorbente, como la de ese musical anacrónico, que sirvió para resurgir un género que parecía muerto, aunque ningún gran musical americano haya estado a su altura desde entonces.

Para su adaptación de El Gran Gatsby, sin importarle en exceso el espíritu de la obra de Fitzgerald, vuelve a su lado más extravagante, alejándose del todo de su soporífero intento de resultar el gran cine épico de antaño con Australia.  La decisión no es del todo mala, ya que la primera mitad de la película se convierte en un divertido y estrambótico espectáculo, que seduce por completo al espectador, e incluso lleva a despertar la misma curiosidad que en la novela sienta Carraway, aunque en esta ocasión no sea por la figura de Gatsby, si no por todo el mundo que le rodea. El problema llega, cuando por las exigencias de la historia, las fiestas se convierten en un melodrama, y por mucho que Luhrmann trate de permanecer fiel a su estilo, no es capaz de embaucar completamente al espectador para que no se dé cuenta de que de repente todo lo que él conocía, carece de alma, de hecho, todas esas cosas que me llevaron a amar la novela, no existen en una película que es completamente superficial. Podríamos hablar incluso de que se lleva a cabo una violación sobre el texto de Fitzgerald, que queda reducido a poco más que una historia de amor, tan bella por momentos como sosa por otros, tan grave es esto, que incluso su final, como ocurría en la adaptación de Clayton, ni siquiera produce una reacción en el espectador.

No mentimos a nadie si decimos que esta nueva versión de El Gran Gatsby es una adaptación nefasta, incapaz de capturar nada de lo que engrandece a una historia tan bella, ni siquiera, de crear ese halo de misticismo sobre su protagonista. Pero sería completamente injusto también referirnos a ella como una mala película, porque puede que El Gran Gatsby no sea un gran filme, y que esté lejos de los mejores trabajos de Luhrmann, pero su trabajo tras las cámaras en pos del espectáculo funciona, su primera mitad es absorbente, te desplaza por completo a un universo de desfase, donde su anacronismo musical a base de temas de rap y pop crean un lienzo realmente espectacular. Donde su cuidada puesta en escena, y la fabulosa recreación del Nueva York de los años veinte, resulta de lo más atractiva. Incluso cuando la película tiene que dejar de su lado más excéntrico y enseña por completo sus cartas, mostrando así todos sus defectos, consigue resultar bastante entretenida, haciendo que sus más de dos largas horas, nunca se sientan excesivas.

Pero si hay algo que destaca en esta adaptación, más allá de los bailes de época al ritmo de Lana del Rey es el trabajo de sus protagonistas. Empezando por un soberbio Leonardo Di Caprio que capta más con su interpretación el misticismo de Gatsby que lo que aparece en el guión, y desde luego es mejor representación en la pantalla de lo que fue en su momento Robert Redford. La siempre dulce Carey Mulligan, tiene además un rostro que se ajusta a la perfección a la época en la que se ambienta la película, y resulta una Daisy Buchanan totalmente seductora. No se queda atrás un Tobey Maguire que entrega la que posiblemente sea la mejor interpretación de su carrera. No sabemos qué opinaría Fitzgerald de ver su texto reflejado en una película a la que se le puede acusar incluso de ser bastante tonta, pero Luhrmann realiza un espectáculo vintage, para una sociedad que a veces también acusa ser bastante tonta. Una película que pese a conseguir ser realmente disfrutable, la sensación de ser algo absolutamente vacio nunca la pierde.

Título Original: The Great Gatsby Director: Baz Luhrmann Guión: Baz Luhrmann, Craig Pearce Música: Craig Armstrong Fotografía: Simon Duggan Interpretes: Leonardo DiCaprio, Tobey Maguire, Carey Mulligan, Joel Edgerton, Isla Fisher, Elizabeth Debicki, Amitabh Bachchan, Jason Clarke Distribuidora: Warner Bros Fecha de Estreno: 17/05/2013