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Desde la llegada de Netflix, esta, no solo ha cambiado radicalmente el modelo de ver la televisión, sino también de crearla. Y es que la mayoría de sus propuestas no tendrían cabida en una televisión más convencional, además del hecho de entender que ahora es el espectador el que gestiona la forma de la que ve la televisión. Con Sense8 (juego de palabras con el nombre de sensate que reciben sus protagonistas) han ido un paso más allá, presentando uno de los proyectos más ambiciosos que jamás hayamos podido ver en la pequeña pantalla, el despliegue de rodar una serie completa a través del mundo entero, es algo, que entre otros motivos por sus altos costes, no habíamos visto hasta la fecha. La serie, que está creada por Los hermanos Wachowski y J. Michael Straczynski (uno de esos todo terrenos al estilo de Joss Whedon o J.J. Abrams, guionista de El intercambio, artífice de una de las mejores etapas de Spider-man en el cómic de los últimos años y creador de la estupenda Babylon 5), nos cuenta la historia de ocho personas a través del mundo que se encuentran sumidas en una conexión sensorial.

Sense8 bebe, y mucho, de Perdidos. Al fin y al cabo lo que hace la serie es explorar esa conexión entre personas a lo largo del mundo que se encuentran perdida en sus fines y que necesitan encontrarse para seguir adelante. Tocado además de una forma que recuerda a lo que fue desarrollando la serie creada por Abrams y Lindelof en sus últimas temporadas. Y aquí posiblemente nos encontramos el primer escollo que tiene que superar la serie. Sí, Perdidos hizo lo mismo, pero es algo que fue en aumento según la serie iba avanzando, y aunque fue injustamente masacrado, lo hizo con inteligencia, consiguiendo que el espectador tuviera ya una empatía con esos personajes y con las vivencias que había ido descubriendo a lo largo de los años. Sí, primero llego el personaje y luego se trabajó en la conexión. Es muy complicado tratar de emular el recorrido de una serie a través de seis temporadas en apenas doce capítulo, y es ahí también donde comienzan los problemas de Sense8, sumir directamente al espectador en el drama de estos tipo y hacer que se compenetre con esa conexión, es algo que no funciona. Lo peor de todo llega cuando algunas de esas historias resultan tan ridículas como la del actor de telenovelas gay mexicano, o el conductor de autobús de Nairobi obsesionado con Jean-Claude Van Damme. Cuando la conexión entre los personajes y el espectador resulta tan inane, lograr que cuaje esa vital conexión entre todos ellos acaba convirtiéndose en un fallo estrepitoso.

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Lo peor de todo es que Sense8 no sabe jugar sus cartas. Si traer a personajes de todo el mundo puede presentar una visión inteligente de la diversidad cultural por todo el mundo, esta cae en el mayor de los fallos al forzar a todos sus personajes a hablar inglés. Error que se agrava enormemente cuando estos sensates, se conectan, ya que entre sus habilidades se encuentra el adquirir los conocimientos de sus compañeros, es ahí cuando se trata de jugar levemente con la barrera idiomática, puesto que sin darse cuenta pueden hablar los idiomas de los otros, algo que resulta bastante estúpido cuando estamos viendo que ya sea en Corea, Alemania o México, los personajes hablan un inglés perfecto en su ámbito particular. El crisol de culturas, algo que de hecho Straczynski  ya había explorado en Babylon 5, pasa de ser una mano ganador que habría aportado el mayor punto de diferencia en la serie, a caer en un hoyo de la manera más bobalicona.

Sí, desde luego no podemos negar que Sense8 tiene sus momentos de genialidad, y estos suelen llegar cuando la necesidad de los sensates es vital para resolver los conflictos personales. Algo que se explora bastante bien en los episodios centrales de la serie, pero la trama, terriblemente explicada y ridícula de constitución de los Whispers, unos tipos que quieren acabar con esta conexión, digamos, porque sí, y que da pie al intento de épico final, acaba rematando el mayor desastre.

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Aunque firme en sus proposiciones, Sense8 es una serie que naufraga estrepitosamente, si bien en El atlas de las Nubes nos podíamos quejar de que la duración de una película no daba para desarrollar unas historias que podían haber sido mucho más interesantes, aquí nos encontramos con un problema mucho más grave, y es el hecho de que esas historias no son nada interesantes. La serie se pierde en su apuesta new age, en la necesidad sensorial de sus personajes (ojo al sexo compartido que tiene lugar en uno de los capítulos, donde todos se sienten dentro de los otros y que es uno de los más ridículos de la serie) y en su intento de parecer siempre cool, moderna y desinhibida (y es que no es lo mismo usar a Sigur Rós, que abusar de Sigur Rós para demostrar lo hipster que puedes llegar a ser). Y es que sencillamente Sense8 es una de esas series que parten de una fantástica idea, pero al final no saben cómo desarrollarla. No sabemos aún si habrá segunda temporada, lo que sí sé es que yo me bajo del carro, todo lo que me gusta de Sense8 (que no es mucho), ya lo vi mucho mejor hecho en Perdidos.