En la cuarta jornada del Festival de Cine Alemán asistimos a la proyección de dos productos muy dispares: Entre mundos, el segundo largometraje de la actriz Feo Aladag y Cuando fuimos reyes, de Philipp Leinemann, la mejor película de lo que llevamos de festival.

Entre mundos – El producto fallido

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En su segunda aventura detrás de las cámaras Feo Aladag se ha trasladado a Afganistán para dar forma a un drama bélico centrado en las tropas de la OTAN estacionadas allí, y más concretamente en un soldado alemán que intenta proteger la vida de su traductor local y de la hermana de éste.

Me da mucha pena que películas con una historia relativamente interesante se echen a perder de la manera en que lo hace Entre mundos. Durante la primera hora de película no dejamos de preguntarnos qué se nos quieren contar, vemos una intención de retratar la guerra y sus consecuencias (humanas) y somos conscientes de los deseos conciliadores que probablemente albergaba la directora al crear esta historia, pero no encontramos un trama lo suficientemente sólida e interesante como para hacer que todo eso valga la pena. Es cierto que durante estos minutos presenciamos escenas muy bien rodadas, como la entrada a la base al comienzo del filme o los enfrentamientos entre afganos y alemanes contra islamistas, pero eso no es suficiente. El evidente fallo de enfoque se acusa demasiado y lo peor es que cuando la cinta parece encontrar su camino el espectador ya ha perdido el interés por lo que se le están mostrando.

Pero Entre mundos falla en ese tramo final por otras razones aún más graves: cuando la historia podría aportar más al público ésta se desarrolla de manera atropellada, sin dar minutos a lo verdaderamente importante y gastándolos en detalles de lo más nimios. Y aunque la escena final, un buen alarde de control espacial y dirección de sonido, mejora esa compilación de secuencias finales olvidables, la sensación agridulce que se ha instalado en el espectador es ya insalvable.

Bien es cierto que a nivel técnico la película sobresale en muchos aspectos: la fotografía y el sonido son maravillosos y las escenas de mayor carga dramática están muy bien rodadas (e interpretadas). El problema es que una película con una imagen bonita y unos pocos momentos de destreza coreográfica no sirven para contentar a un público que, a estas alturas, exige un poco más.

Cuando fuimos reyes – El poder cegador

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Lo nuevo de  cuenta de Philipp Leinemann, que se postula desde ya como una de las mejores cintas que se podrán ver en esta edición del festival, cuenta la historia de Kevin y Mendes, los líderes de una división de los cuerpos de élite de la policía alemana. En el asalto al apartamento de un importante narcotraficante algo falla: uno de los criminales escapa y un policía es disparado. A partir de ahí las relaciones se tensarán y los agentes se verán envueltos en numerosos problemas que les podrían llevar a un destino fatal.

Estamos ante un producto sorprendentemente completo que consigue entretener, que anima a la reflexión e indaga en asuntos tan relevantes como la lucha entre bandas callejeras, la corrupción policial o la violencia desmedida que provoca la venganza, el sentimiento que mueve los engranajes de esta historia tan bien escrita. Pero lo verdaderamente admirable de Cuando fuimos reyes es que es capaz de aunar temas muy variados (aunque siempre con la problemática social de fondo) en una misma historia. Por un lado tenemos la historia de un niño desatendido que por llamar la atención del matón del barrio desencadena con sus actos un drama de proporciones descomunales; por otro las dos bandas callejeras de la zona, que se baten en lucha día sí y día también por demostrar quién es más fuerte y vengar a sus miembros heridos en esas mismas luchas; y por otro tenemos al equivalente legal de esas bandas: a la policía y a los cuerpos de élite, que abusan de su poder siempre que tienen ocasión, incluso cuando son los más ciegos de todos. Todas estas historias se unen en una cinta que combina de manera magistral la acción con la exploración y que se convierte en radiografía de una sociedad marcada por el odio, el (auto)engaño y la miseria.

Las soberbias interpretaciones, lideradas por un genial Ronald Zehrfeld, y la acertadísima puesta en escena no hacen más que acrecentar la grandeza de un filme que, sin lugar a dudas, se hará un hueco entre lo mejor del cine contemporáneo alemán.