La 17 edición del Festival de Cine Alemán arrancó ayer con una única sesión: la de Las mentiras de los vencedores, la película inaugural de este año. Christoph Hochhäusler nos presenta un thriller periodístico que nos ha dejado un sabor agridulce.

Las mentiras de los vencedores – El thriller apático

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La 17 edición del Festival de Cine Alemán, una cita indispensable para cualquier cinéfilo residente en la capital española, arrancó ayer con la proyección de Las mentiras de los vencedores, el último trabajo del alabado realizador Christoph Hochhäusler. Este thriller periodístico ha sido el encargado de dar el pistoletazo de salida a una edición en la que la diversidad temática se hará notar a través de comedias (En el peor de los casos), thrillers policiacos (Cuando fuimos reyes), dramas (El fin de la paciencia), documentales (Remake, Remix, Rip-Off), cine familiar (Rico, Oskar y las sombras profundas) e incluso mudo (El gabinete del Doctor Caligari).

Hochhäusler es uno de los más importantes supervivientes de la llamada Escuela de Berlín, de la que también forman parte directores de la talla de Christian Petzold, Angela Schanelec o Thomas Arslan. Milchwald y Flascher Bekenner, sus dos primeros trabajos, fueron los que le llevaron a ser considerado uno de los talentos más prometedores del cine alemán contemporáneo pero, a diferencia de, por ejemplo, Petzold, sus películas no han tenido la menor repercusión en nuestro país. Comparto la pasión por Petzold pero no por Hochhäusler. Es cierto que sólo he podido ver su último trabajo pero en vista de que se tilda como una de sus obras más redondas, me veo capaz de realizar semejante juicio y posicionarme “en su contra”. Admiro las intenciones que han llevado al alemán a realizar este filme (sacar a la luz los mecanismos de espionaje y conspiración de los sistemas de poder), pero el resultado final me provoca una indiferencia absoluta.

Las mentiras de los vencedores cuenta la historia de Fabian, un periodista diabético y adicto al juego, que es enviado por la redacción de Die Woche a investigar un extraño caso de envenenamiento entre las drogas aliadas en Afganistán.

Al rebufo de Todos los hombres del presidente y Zodiac Hochhäusler se aventura a destapar en este filme la corruptela presente en las grandes corporaciones mundiales. Y aunque el espectador sea consciente de lo que se le quiere contar, la torpe narración, que deja en el aire demasiadas preguntas importantes, las insustanciales escenas sobre la vida personal de los protagonistas y los numerosos planos-relleno que pueblan el largometraje (esos interminables minutos de planos de la ciudad sin ningún significado se llevan la palma) hacen que su visionado, además de poco interesante, sea pesado.

Insisto en que el problema no está en la historia sino en la manera en que se nos cuenta. Vender Las mentiras de los vencedores como una de las películas que mejor muestran la maquinaria periodística de una investigación es un error garrafal, porque sí, se nos enseñan los entresijos de una redacción, los problemas a los que se enfrentan los periodistas cuando deciden adentrarse en temas en los que interfieren relaciones de poder, pero a todo le falta intensidad, garra… Interés. La ya mencionada Zodiac, por poner uno de los mejores ejemplos posible, e incluso la discreta Betibú, reflejaron mucho mejor los mismos temas que aparecen en el trabajo de Hochhäusler.

Aunque Las mentiras de los vencedores, título extraído de un poema de Lawrence Ferlinghetti, podría haber sido una película más que decente, lo más elogiable de la misma son, como decía, sus intenciones, y eso nunca es suficiente.