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Desde hace unas décadas, hemos sido testigos -quizás algunos más que otros- de esa creciente proliferación de adaptaciones de comics y novelas gráficas a la gran pantalla, que ha supuesto esa desbocada explotación del subgénero de superhéroes que podemos apreciar a día de hoy. En este sentido, se han producido adaptaciones de todo tipo y para todos los gustos, pero creo que no fue hasta allá por 2005 cuando apareció un verdadero punto de inflexión, año en que Robert Rodriguez y compañía demostraron de lo que podía ser capaz el cine (y los efectos digitales, por supuesto) a la hora de adaptar una obra con tanto potencial visual como es Sin City, de Frank Miller.

Tal y como se ha reiterado una y otra vez desde su estreno, Sin City logra algo que pocas adaptaciones de cómic habían conseguido hasta entonces, como es trascender el concepto de adaptación para convertirse en algo más, algo distinto, algo que hace que el espectador olvide las distancias formales entre el celuloide y el papel mediante una milagrosa fusión de los códigos y lenguajes propios de ambos formatos. Basta con observar esos primeros minutos con Josh Hartnett en la azotea para apreciar el milagro en movimiento, con esa incesante lluvia atravesando la noche en un contrastadisimo blanco y negro que envuelve a una solitaria figura vestida de un rojo intenso, todo ello bajo la narración en off de los pensamientos de ese despiadado asesino que consigue matar con la mirada. Con apenas una secuencia de cinco minutos, Rodríguez consigue arrollar las retinas del espectador con un apabullante ejercicio visual, que pasa de adaptar la obra original, a filmarla. Simple y llanamente.

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Sin embargo, Sin City no sólo presume de músculo visual –a lo que se limitarían las flojas The Spirit o la propia Sin City 2 años después-, sino que va mucho más allá a través de un extraño y estimulante revival del cine negro más puro, plasmando a la perfección todos esos relatos y personajes en un salvaje y sórdido collage. Resulta fascinante lo bien que funciona en todo momento el retrato de la agónica Basin City, una ciudad asolada por toda esa enfermedad, corrupción, perversiones y, en definitiva, toda esa decadencia moral de un mundo en el que la lluvia no deja de caer, los héroes no dejan de sangrar, y la luz del día -y de la justicia- brilla por su ausencia.

Apoyada en unos potentes y muy bien interpretados personajes, la narración se distribuye a través de tres relatos separados pero intercalados a través de ciertos detalles. A pesar de que pienso que existe cierta irregularidad en cuanto al interés de los episodios (el de Clive Owen es sin duda el menos agraciado), Rodríguez y Miller parecieron ser conscientes de ello al introducir primero la historia de Hartigan y Nancy –el relato más atractivo- para cortarlo a la mitad y retomarlo una vez finalizado el de Owen, a modo de tercer acto y estableciendo una aparente cohesión narrativa entre todo lo acontecido. No obstante, creo que la obra maestra que reside en Sin City se encuentra en el episodio de Marv (impresionante Mickey Rourke), un hiperbólico y delirante episodio que sin duda contiene los mejores momentos y líneas de guión de todos el film, y que supone el salto sin red de ese terco inadaptado social que “con ese físico y en otro tiempo, habría sido un Dios en el campo de batalla y habría tenido las mujeres que hubiese querido” pero que hoy ha de vivir en el más triste ostracismo.

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Con algún que otro precedente como Camino a la Perdición, Sin City sentaría las bases de lo que buena parte del público esperaría a la hora de hablar de adaptaciones de los grandes nombres del cómic y la novela gráfica más adulta y madura. Así, la hipnótica propuesta narrativo-visual de Robert Rodríguez (montada, fotografiada, co-escrita y co-dirigida por él) supuso una incalculable influencia respecto de otras notables adaptaciones cinematográficas posteriores, como V de Vendetta, 300, o la “inadaptable” Watchmen.

A estas alturas, por obras como esta merece la pena matar, morir e ir al infierno. Amén.