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Que el envidiable estado de forma del cine de superhéroes no nos distraiga que hace unos cuantos años el género se hallaba en un tiempo oscuro dominado por el Batman con pezones de Clooney o el Nick Furia de Michael Knight. Sólo destellos de calidad como el Batman de Burton o ya entrados en el siglo XXI (algunos de) los Spider-man de Raimi podían hacer presagiar que en el año 2008 Iron Man iba a cambiarlo todo. Pero esta historia es más reciente y todos la conocen; lo quizá no conozcan la época en la que Nick Furia no era negro o el helitransporte era una caja de zapatos voladora.

Nick Furia no era negro y además era David Hasselhoff, quizá la única persona que pudiera pensar en disputarle (que no ganarle) el título a Nicolas Cage como actor más “chanante” del cine. Hablamos de un David Hasselhoff que desprende la misma autenticidad haciendo de Nick Furia que la que desprendía su coche fantástico hablando a través de esa interfaz maravillosa de lucecitas rojas. Por suerte para todos, el bueno de David optó por cortarse su frondoso pelo rizado de la serie, tan de moda en esa época en la que la vergüenza ajena era una quimera, para adoptar un look más actual y acorde con el personaje que estaba interpretando. Un parche, un puro y multitud de muecas de disgusto son los tres ingredientes que dieron forma a este inolvidable agente de S.H.I.E.L.D.

Pero las victorias de esta película no se quedan sólo en su protagonista. Todo su elenco actoral, mayormente dominado por mujeres, parece hallarse en un estado de gracia afín al tono de involuntaria comedia de la película. Pero no sólo son reseñables sus interpretaciones: su aspecto y sus frases, junto el propio apartado artístico de la película, parecen unidos para ofrecer una experiencia totalmente aleatoria. Los escenarios, enemigos y combates de la película desprenden ese aroma tan agradable de la cutrez y la risa involuntaria que nos es tan ajeno ya en el género de superhéroes (a no ser que lo busque en títulos como El Motorista Fantasma).

David-Hasselhoff-as-Nick-Fury

Por suerte el argumento no se queda atrás; es totalmente coherente con el resto de la película: Un Nick Furia escondido en un túnel de una mina, donde aventuramos que habita en unas condiciones indignas de su nivel, es reclamado por S.H.I.E.L.D. para hacer frente a una amenaza que se cierne sobre la ciudad de Nueva York, que planea ser atacada por HYDRA con un virus fatal. Aunque pueda sonar manido y normal, un argumento del montón, el hecho de estar salpicado de escenas y situaciones maravillosas hará que realmente nos olvidemos de él y nos centremos en el momento, en cada escena y situación, como sólo las películas de este calibre consiguen.

Nick Furia: Objetivo Manhattan es una sucesión de momentazos, de greatest hits que hoy podrían pasar por los de una película de Asylum pero que en los años 90 se podrían tomar como normales. El cine malo nunca ha vivido una época mejor. Recordemos que en esa década milagrosa aparecieron otros grandes hitos como Troll 2, La salchicha peleona o ya, en el 2000, la mejor peor película de la historia: Campo de batalla: La Tierra.

Este cine ha evolucionado, tomándose cada vez más en serio y en general resultando menos ridículo. Su lugar lo han tomado productoras como Asylum, pero no es lo mismo. No existe nada más divertido que ver una película mala (pero mala de verdad) que intenta no serlo. Eso ahora mismo escasea pero antes, hace años, hubo una época dorada. Una época donde Batman tenía pezones en su traje y Nick Furia no era negro. No era negro y además era David Hasselhoff.