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Las series de televisión viven a base de mitos o más bien, personajes míticos. Sustentan su éxito muchas veces en esos protagonistas que no se van de la memoria por la maestría con la que están escritos, las acciones que realizan o las frases que dicen. Desde Tony Soprano hasta Walter White, son una condición básica para el éxito de una serie que quiera aspirar a lo máximo.

Frank Underwood, el implacable protagonista de House of Cards ha juntado durante dos temporadas suficientes méritos como para entrar en tan selecto grupo por la puerta grande. A lo largo de estos 26 capítulos (asegúrese de haberlos visto antes de seguir leyendo) le hemos visto desplegar un arsenal increíble de artimañas, trucos, mentiras y más mentiras que han forjado su leyenda. Frank Underwood ha sido la humanización del poder como fin último e inalcanzable, de la corrupción más sucia y de la inmoralidad más absoluta.

Su ascenso imparable mediante el uso de todo lo mencionado anteriormente tocó techo con la mítica escena final de la 2º temporada. Sus ambiciones  se vieron satisfechas por fin y todo anticipaba que la consecución de ese éxito, convertirse en el hombre más poderoso del planeta, aplacaría, aunque fuera parcialmente su fuerte personalidad.

El inicio de la tercera temporada ha demostrado lo equivocados que estábamos. Frank Underwood desea más. Es presidente de Estados Unidos, si, pero lo es de rebote. Y él quiere serlo por aclamación del pueblo, no por haber entrado en una crisis del partido como salvavidas.  Lo que ansía es ganar las elecciones, un nuevo reto e hilo conductor de la tercera temporada sobre el que se sostendrán los cabos sueltos de las dos anteriores que no son sino los despojos que ha tenido que dejar el protagonista para llegar a donde ha llegado, los trapos sucios que inevitablemente saldrán a la luz.

No soy partidario en ningún caso de estirar tramas innecesariamente. Es más, me parece la muestra de más inteligencia el saber cuándo algo debe terminar anteponiendo la obra a la rentabilidad económica. Esto lo han hecho series como Breaking Bad de forma admirable y sería igualmente admirable que Netflix o los encargados últimos de House of Cards hagan lo propio. Esta temporada tiene todo el aspecto de ser un nexo hacia un final en una hipotética cuarta entrega, y, aunque es pronto para decirlo sin haber visto el resto de capítulos de la temporada, no se debería alargar mucho más. Frank Underwood es un personaje que no puede sobrevivir (vivo o en la cima) mucho tiempo. En algún momento tiene que llegar su inevitable destrucción. La clave para saber si House of Cards entrará en el Olimpo de las series de forma definitiva quizá resida en que su final sea tan redondo como lo está siendo la serie hasta ahora. Parece que su esencia se va a mantener. Si se mantiene el genio con el que está escrita, sus personajes principales como la maravillosa Robin Wright Penn y sus secundarios, no hay nada que temer.

Quizá la única condición para la consecución de este logro pase porque todos votemos a Frank Underwood en 2016.