La Dolce Vita

Querido lector, si no has visto aún La dolce vita, recomiendo que no sigas leyendo después de este párrafo, pues puedes leer spoilers que te fastidien la película. Vuelve cuando la hayas visto.

Corre el año 1959. Federico Fellini pasaba por un momento de crisis: se acababa de morir su padre. Eso le propició que empezara a juntarse con la burguesía romana de la época, una sociedad que, poco a poco, le absorbía en su decadente sociedad, una sociedad perdida entre fiestas, orgías y desesperanza. De ahí nace La dolce vita, el primer proyecto en el que Fellini involucró totalmente su vida personal para reflejar esa sociedad, a la vez que mostrar reflexiones sobre temas como la felicidad, la fugacidad de la vida o la incomunicación. De hecho, el film empieza con ese último tema: Marcello y sus amigos están en un helicóptero transportando una estatua de Jesucristo para el Papa, cuando se encuentran con un grupo de mujeres que están tomando el sol. Intentan comunicarse ambos grupos, pero ninguno entiende lo que dicen.

Después conocemos que Marcello (Mastroianni), alter ego del director, se dedica a la prensa rosa junto a su inseparable compañero Paparazzo (Walter Santesso) (a partir del cual surgiría el mote paparazzi). A Marcello le gustaría dedicarse a ser novelista, sin embargo no da el paso. Siempre se debate entre dos mundos: el sensacionalismo representado por la burguesía, o su faceta artística representada por su gran amigo Steiner (Alain Cuny) y su grupo de intelectuales. Esos dos mundos están presentes también en su situación amorosa por ejemplo: seguir con una relación (que a primera vista es caótica) con Emma (Yvonne Furneaux), o dejarla para acostarse con otras mujeres como Maddalena (Anouk Aimee).

A través de una estructura episódica, Fellini nos muestra puntos clave de la vida de Marcello, que hacen que tome decisiones hacia un lado u otro, y/o a la vez nos muestre alguna cosa. Por ejemplo, el episodio de los niños que aseguran haber visto a la Virgen no aporta nada a esa indecisión del personaje (si no damos importancia a su relación con Emma), sin embargo nos muestra el circo mediático, de cómo a partir de una mentira de unos niños para no ir al colegio se convierte en noticia nacional, como los padres sacan provecho de ello y el descaro de los periodistas a la hora de conseguir una noticia; la falta de valores religiosos, mal planteados, que lleva a algunos ingenuos a llevar a gente enferma para que la virgen los cure.

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El siguiente fragmento es clave en la vida de Marcello, aparece Sylvia (mítica Anita Ekberg, que fue lanzada a la fama), representando la felicidad utópica de Marcello, se enamora de ella. Esto hace que esos dos mundos en los que se sitúa se ponga más del lado de la burguesía, pues la perseguirá a través de las fiestas burguesas para volver a encontrarla. Ha pasado a la historia del cine la escena de la Fontana di Trevi, magnífica y sensual, el contacto más cercano que tendrán ambos personajes entre ellos.

El episodio del encuentro con Steiner nos muestra la cara artística de Marcello. Él es el único que la aprecia y que le anima a que se lance a escribir. El ambiente intelectual reconforta a Marcello, le es más cercano y logra una espiritualidad que con la burguesía no logra. Aquí también vemos cómo es Steiner, cuando le dice a Marcello que tiene miedo de mostrarle a sus hijos el mañana, alguien que teme el mañana de la sociedad por el declive que está sufriendo.

Después de este encuentro con su querido amigo, Marcello empieza a escribir. Le vemos en un bar cualquiera intentando escribir cuando conoce a una joven chica, la camarera. Marcello le dice que su visión le recuerda a la belleza de los ángeles de las iglesias. Lo que parece un encuentro casual, Fellini lo usará como un punto clave para el desenlace.

Más tarde llegamos al episodio del padre de Marcello, sin duda alguna el más personal (si cabe). La relación de Marcello con su padre es como la de dos amigos lejanos, se llevan bien pero no tienen mucha relación entre ellos. El tema de la incomunicación sigue presente, pues Marcello apenas conoce a su padre, ya que él siempre estuvo fuera de casa, y ahora qué está con él lo único que hace es llevarle de fiesta a un cabaret. Son dos personas distanciadas, pero a la vez semejantes, pues Marcello también tiene relaciones distantes con la mayoría de gente. Aún así, busca la aprobación de su padre, aunque él está más por las chicas del cabaret, sintiéndose aún como un chico joven de la edad de su hijo. Ese abismo finalmente sale a la luz cuando ambos se encuentran en el piso de la chica del cabaret, y al padre le ha pasado algo e insiste en marcharse. En ese momento es cuando Marcello dice: “no nos vemos nunca papá”, y él con excusas de poca monta se marcha.

El siguiente suceso comienza con una invitación a una fiesta en un castillo burgués. Marcello acepta aunque no conozca a los dueños, y allí se encuentra a Maddalena, con la que se acostó anteriormente (al inicio del film). Ambos conversan y ella le dice que está enamorado de él a través de los ecos de una habitación. Él también le corresponde, pero ella no es una mujer de ataduras, así que cuando acaba de declararse se acuesta con otro hombre. Marcello confuso, sale buscándola y se encuentra con que el grupo de gente burgués se va a un castillo a buscar fantasmas. Aquí empieza el declive de Marcello y el encuentro de frente con la decadente sociedad burguesa. La gente entra en el castillo, y una vez dentro hacen juegos absurdos y se ríen de ese elemento de un pasado mejor, el castillo. Lo que pasa dentro del castillo es un reflejo de cómo la burguesía está arruinando los antiguos valores absolutos, no sólo olvidándolos sino humillándolos. Esta falta de valores es lo que provoca que esa sociedad vaya en declive, a ojos de Fellini. Marcello acaba acostándose con la dueña de la casa por despecho en el castillo. Al amanecer salen todos del castillo, y se encuentran a unos curas pasando, representación de los valores perdidos.

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En otra jornada vemos como Marcello y Emma discuten, entre si ella le abandona a él o viceversa. Se refleja como él sigue en esa indecisión de los dos mundos, y a la vez, como cuando tenemos algo no lo apreciamos, y cuando se va (Emma bajando del coche y marchándose) lo queremos de vuelta. También es la única oportunidad de Marcello para aferrarse a algo real y escapar de esa vida burguesa.

El hecho que marca definitivamente la vida de Marcello es la muerte de su único pilar individual: Steiner. Se ha suicidado y ha matado a sus dos hijos debido a ese miedo a la sociedad del mañana. Él no ha querido vivir en ella y no ha querido que sus hijos, puros y aún inocentes se corrompan por la enferma burguesía, por miedo al futuro, miedo a la vida: “La paz de ma mucho miedo. La temo más que a ninguna otra cosa. Imagino que solo es una apariencia y que oculta el infierno…”. De nuevo también se plasma el acoso de los periodistas a la mujer de Steiner, que aún sin saber la noticia aparece rodeada de cámaras, sin respeto al fallecimiento.

Ese golpe definitivo precipita a Marcello hacia “la dolce vita”, hacia la burguesía. Lo siguiente que vemos ya no es a Marcello asistiendo a una fiesta, sino que él mismo la organiza. Está tan hundido que ha acabado en la decadencia absoluta. Ha dejado de ser periodista para caer aún más bajo siendo agente publicitario. Vemos una patética fiesta en la que un consumido Marcello entra en la casa de la fiesta rompiendo una ventana, organiza un “streptease”, y a una mujer la humilla hasta el punto de subirse sobre ella a cuatro patas, y llenarla de plumas. Todo consiste en divertir a la sociedad, sin importar a qué coste o límites. Todos creen que son felices, que han conseguido al fin realizarse y alcanzar esa preciada felicidad, cuando realmente es vacua, insustancial y falsa. Se autoengañan.

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Después de la patética fiesta, todos salen fuera, y curiosos observan como algo enorme sale del mar, sacado a rastras por unos hombres. Aquí empieza el potente desenlace. Todos se acercan a él, donde ven a los pescadores sacar lo que ellos llaman “un monstruo marino”, un pez gigante. Marcello se acerca a él. Le mira a los ojos. Cambia de posición y afirma que el monstruo le está mirando a él. Marcello se ha transformado en un monstruo absorbido por la dolce vita. Se aleja de él, y se sienta en la arena de la playa. De repente, ve como aquella chica angelical del bar le está llamando desde la otra punta de la otra orilla. Ella intenta comunicarse con él, pero él no la escucha. El tema de la incomunicación de nuevo. Ella lo intenta con cada vez más esfuerzo, pero él no la oye o no quiere escucharla. Entonces una de las chicas de la fiesta la llama, y Marcello se levanta, levanta las manos en gesto de duda ante la chica, y se despide de ella. Marcello ha sucumbido totalmente ante la burguesía. No ha hecho caso a esa voz que intenta hacerle volver, es su última esperanza, son esos valores absolutos de los que la sociedad carece. Visualmente están representados en un plano el cual vemos a Marcello arrodillado a un lado de la orilla, y en el otro está esa chica angelical (ángel de la iglesia) y un símbolo que parece un crucifijo. Marcello está perdido para siempre.

Volvemos a ver a la chica en pantalla, pero esta vez, gira la cabeza y sonríe mirándonos. Y se funde a negro. Todo pasa tan rápido que al ver el final por primera vez te descoloca. Primero dudas: ¿Pero, me estaba mirando? Lo vuelves a pasar y ves que sí. Pero, ¿por qué? Fellini nos está pasando la pelota. Nos muestra como Marcello se ha ido por esa dolce vita, pero, ¿y nosotros? La chica nos mira para preguntarnos: ¿qué vas a hacer tú?

Los aspectos técnicos del film son excelentes, realmente no se puede reprochar nada: enorme dirección como siempre, maravillosa banda sonora del inseparable Nino Rota, una espléndida fotografía de Otello Martelli, colaborador habitual de Fellini hasta ese film. Las interpretaciones son sensacionales, a destacar Mastroianni, ya que fue su primera colaboración con el director, Anita Ekberg o Anouk Aimee.

Para un servidor, La dolce vita es la cumbre del cine de Fellini junto a Ocho y medio, una película sobre la vida, el amor, la incomunicación, la decadencia… Y sobre todo, como el irónico título indica, la amarga e infeliz vida de la burguesía. ¿En qué bando estás tú?