Ayer el ambiente invernal de la capital alemana empezó a dar una tregua, sobre todo en la zona de Potsdamer Platz, para dar comienzo a la 65 edición del Festival de Berlín, que abrió con una importante presencia española, la de Isabel Coixet, encargada de inaugurarlo con Nadie quiere la noche. Aunque hablaremos pronto de ella, vamos dedicarle antes un primer artículo a la sección Forum, destinada a trabajos experimentales que exploran nuevos caminos cinematográficos. Este año empieza de forma muy potente, como evidencian tres de las películas que se podrán ver los próximos días, las cuales comentamos a continuación.

The days run away like wild horses over the hill – Tempus fugit

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El joven director polaco Marcin Malaszczak lleva tres años consecutivos presentando sus trabajos en Forum: Sieniawoka (2013), el cortometraje Orbitalda (2014), y el que ahora nos ocupa. La coproducción The days run away like wild horses over the hill (título estimulante donde los haya), es un documental que capta las etapas de la vida a través de mujeres de diversas edades y diferentes lugares. Con un breve prólogo que evoca a la infancia, la película tiene una primera parte protagonizada por unas jóvenes babysitters y su relación con los niños a los que cuidan. La infancia, de nuevo, vuelve a tener una importancia básica, tanto en la historia como en la construcción de la película, con momentos únicos que la cámara capta en toda su espontaneidad. También destaca esta parte por una pretensión más “arty”, con el uso del blanco y negro, los planos muy pensados… El ejemplo perfecto lo tendríamos en la escena que enlaza los dos segmentos, la de una de las chicas maquillándose en primer plano, en la que el director juega con la entrada del color.

La segunda parte está más concebida como si se tratase de un vídeo casero. En ella vamos a ver a mujeres mayores que pasan los días charlando, rezando, haciendo labores de la casa… en contraposición con la frescura de los niños y las chicas más jóvenes. Malaszczak aporta naturalidad y un ritmo pausado a unas imágenes que, sin embargo, reflejan con perfecta habilidad el mensaje contrario: la rapidez del paso del tiempo, y la importancia que tienen sobre ello las experiencias vitales. Un filme honesto y reflexivo que pone el listón muy alto para la continuación del Festival. 

The forbidden room – Soñar el cine

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Tras pasar por el Festival de Sundance con éxito, llega a la Berlinale el último trabajo del realizador y videoartista canadiense Guy Maddin, conocido por su gusto por recrear el cine de los orígenes. De hecho, The forbidden room es una comedia surrealista y excesiva cuyo punto de partida es la película perdida de 1937 de Dwain Esper, How to take a bath, guionizada por el poeta John Ashberty, y que forma parte de su próxima instalación museística Seances. The forbidden room, codirigida por Evan Johnson, sería como una extensión de dicha instalación.

Se aprecia el proceso de Maddin y Johnson por simular un filme añejo, desde el celuloide gastado hasta las cartelas explicativas, constantes y redundantes. En general, se trata de una película que hace gala de un barroquismo kitsch, que tiende a abarrotarlo todo de imágenes, de texto, de irritantes música y sonido… La labor de montaje es admirable, ya que estamos además ante una cinta de numerosas historias, naciendo unas dentro de otras sin aparente conexión lógica, como ensoñaciones delirantes. El tono onírico está realmente conseguido, pero precisamente por eso mismo, se hace muy complicado seguirle el ritmo. Otro aspecto a destacar es el inmenso reparto, con las intervenciones, en ocasiones como cameos, y en otras representando varios personajes a lo largo de la cinta, de intérpretes como Udo Kier, Mathieu Amalric, Geraldine Chaplin, María de Medeiros o Charlotte Rampling.

No se les puede negar a los directores su vocación experimental y su intención, bastante lograda, de provocar en el espectador una experiencia cinematográfica diferente. Pero, al igual que tras una noche en la que no dejan de mezclarse sueños, uno se despierta agotado, The forbidden room puede llegar a saturar; aún así, imprescindible para los más valientes del Festival.  

Hedi Schneider steckt fest – La tragedia de la vida

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En 2007, la directora y guionista Sonja Heiss ya hfue premiada en la Berlinale por Hotel Very Welcome, su ópera prima. Se engloba a Heiss dentro de los actuales miembros de la Escuela de Berlín, movimiento del cine alemán que comenzó en los años 90 y se extiende hasta la actualidad. De forma muy general, esta corriente se desarrolló alrededor de la Deutsche Film- und Fernsehakademie (Academia de Cine y televisión), aunque muchos de sus miembros, incluida la propia Heiss, no estudiaron en ella. La Escuela de Berlín se interesa por los temas contemporáneos que afectan a la gente de hoy en día, y qué hay más actual que el sentimiento de paranoia y de desánimo colectivo que lleva a mucha gente a caer en la depresión. Eso es lo que le ocurre a Hedi, la protagonista de la segunda película de Heiss: es una mujer felizmente casada y con un hijo, alegre y simpática, que, como el propio título indica, se queda atascada en un ascensor nada más comenzar la historia; pero esto será sólo una metáfora de lo que vendrá después, ya que Hedi entra de repente en una profunda depresión, lo que alterará su pacífica existencia y la de aquellos que la rodean.

Con un comienzo en tono de comedia indie, agradable pero ligera, la película se va oscureciendo para centrarse en cuestiones como la enfermedad, la insatisfacción o el adulterio, a las que Heiss se acerca sin moralismos. Heide Schneider steckt fest  funciona sobre todo por el buen hacer de los protagonistas, Laura Tonke y Hans Löw (en este apartado, como curiosidad, cabe destacar una breve aparición de Alex Brendemühl) y por una conclusión (o precisamente, por la falta de ella) que queda tan abierta como la vida misma. Quizás resulte menos sorprendente que las anteriores, pero sin duda es igualmente interesante.