Sin duda una de las citas más esperadas de esta 65ª Berlinale era la de Knight of Cups, el último trabajo de Terrence Malick, que participa en la Sección Oficial, aunque ha acabado resultando de lo más decepcionante. Mucho más satisfechos salimos de El incendio, película argentina de Juan Schnitman que participa en Panorama, y que debería ser una fuerte candidata a llevarse el premio del público. Inauguramos además nueva sección para comentar, la de LOLA at Berlinale, destinada a prensa, en la que se proyectan las películas candidatas a estar nominadas a los próximos premios LOLA del cine alemán, con Who am I – Kein System ist sicher, de Baran bo Odar. Y por último, acabamos con otras de las representaciones españolas en el Festival, la inclasificable Sueñan los androides, de Ion de Sosa.

Knight of Cups – Problemas de comunicación

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Hablar a estas alturas de nuevo de lo poético en el cine de Terrence Malick, o del enfoque trascendente y filosófico que le da a temas normales, parece innecesario. Y lo sería, si no fuera porque su última película, Knight of cups, es básicamente eso: saturación de imágenes, libertad en los movimientos de cámara, potente utilización de la música, mientras se suceden las reflexiones en off. Porque los personajes de Malick ya casi no dialogan entre ellos. Igual que Malick nunca ha dialogado con los espectadores. Algo que, por supuesto, no es malo; un autor tiene que hacer el cine que le interese desde el punto de vista personal, sin depender de la exigencias del público. El problema con Malick es que da la impresión de que la comunicación con él mismo también se ha acabado, y sus últimos trabajos (éste y To the wonder, con la que guarda no pocos parecidos), son simplemente retazos de la intensa apuesta formal que supuso El árbol de la vida.

Malick tenía la oportunidad de dar un giro a un método que ya estaba empezando a resultar repetitivo, con las divagaciones de un hombre rico que intenta en vano recuperar el rumbo y conseguir la felicidad dentro del mundo artificial de Los Ángeles. Algo entre lo artístico y lo moderno, como hiciera Paolo Sorrentino en La gran belleza. Y aunque parece que a veces quiere intentarlo, Malick se acaba llevando la historia a su terreno. Un terreno que ya conocemos, que cansa, que ya no aporta nada. Christian Bale pasa todo el metraje con cara de circunstancia, mientras busca infructuosamente el amor (tema común con To the wonder), manteniendo relaciones con Imogen Potts, Cate Blanchett, Freida Pinto o Natalie Portman (todas pasando sin pena ni gloria), y con su familia, pero sin profundizar en ninguna cuestión.

Por supuesto, Knight of cups es una película bellísima visualmente. Eso ni se dudaba, ni se cuestiona. Pero parece que Malick ya no puede transmitir nada más aparte de la belleza de las imágenes. Y ni siquiera éstas provocan demasiada emoción. Una lástima que un creador de su talento se haya metido en ese círculo vicioso, del que esperemos que pueda salir, y que no tarde mucho en hacerlo.

El incendio – Los restos del desastre

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“No quiero la vida así”, se atreve a afirmar ante una cámara que la enfoca directamente la actriz Pilar Gamboa, que interpreta a una de las mitades protagonistas de la película argentina El incendio, de Juan Schnitman. Con esa frase termina un monólogo en el que, por primera vez, queda de manifiesto que la cinta no es lo que en principio parecía: la cotidianidad y el estrés de una pareja supuestamente feliz que va a mudarse a la nueva casa que acaban de comprar juntos. Pero cuando, por un problema mínimo, les retrasen la firma de la compra un día, la coraza de rutina e indiferencia se resquebrajará, y comenzarán a salir a la luz todas las dudas.

El incendio es la primera película en solitario de Juan Schnitman, que hasta ahora había co-dirigido con otros cineastas. En ella realiza un crudo y visceral retrato de las relaciones de pareja y del miedo a quedarse solo, a enfrentar las cosas directamente, y a estancarse, o peor, ir hacia atrás. Lucia y Marcelo (la anteriormente mencionada Gamboa, y Juan Barberini, fantásticos ambos), ya solo sacan lo peor de ambos, solo se hacen daño el uno al otro. Y aun así, son incapaces de dar el paso necesario para cambiar las cosas. El espectador empatiza con ambos, y, al mismo tiempo, les rechaza por su cobardía. O porque probablemente muchos nos sintamos reflejados en ellos, y eso no nos guste.

El director muestra la vida de cada uno de ellos por separado, llenos de problemas que no son capaces de compartir el uno con el otro. Y cuando les enseña juntos, también marca siempre la distancia entre ellos, a través de planos que los alejan. La conclusión a la que llega Schnitman tampoco es mucho más positiva, como si hubiese perdido la fe en el ser humano y en su capacidad de superar los errores y no tropezar siempre con la misma piedra. Y es que a veces, lo único que hace falta para solucionar un problema es algo tan sencillo como un abrazo, pero ni eso se puede dar.

Who am I – Kein System ist sicher – Cuidado con lo que deseas

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En 2010, el director Baran ba Odar sorprendía con una cinta de un género no demasiado tratado en Alemania, un thriller, muy en la línea de Memories of murder o Zodiac, muy en alza actualmente con la serie True detective y la recién triunfadora en los Premios Goya La isla mínima: Silencio de hielo, que se estrenó en España en verano de 2012. Ahora vuelve al mismo género con Who am I – Kein System ist sicher, pero de una manera muy diferente: el del suspense juvenil informático. Si decíamos que Silencio de hielo recordaba a Zodiac, David Fincher también está presente en las formas de este nuevo trabajo, muy cercano al ritmo esquizofrénico de El club de la lucha (salvando todas las distancias).

Estrenada en el Festival de Toronto, la película trata sobre Benjamin, un chico apasionado de los ordenadores y los superhéroes, que siempre ha sido un perdedor, y sueña con llegar a triunfar. La oportunidad de cambiar de vida se le presenta cuando conoce a un grupo de hackers con los que se alía para tramar pequeñas intervenciones contra partidos políticos, cadenas de televisión, farmacéuticas… Pero el juego se les empieza a ir de las manos. Una cinta intencionadamente efectista, con un montaje frenético, que no falla en su energía en ningún momento, aunque también es fácil perderse entre la jerga informática. Aún así, consigue mantener un mínimo interés, hasta llegar a sus inevitables giros finales, tan típicos de este tipo de producciones. Está además protagonizada con mucho carisma por Tom Schilling (conocido por Oh Boy), y por un buen elenco de secundarios, destacando a Elyas M’Bareck y a la danesa Trine Dyrholm. Una experiencia adrenalítica y potente que conviene disfrutar en pantalla grande, ya que sin duda en otro formato perderá gran parte de su atractivo.

Sueñan los androides – Un futuro dormid0

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Año 2052. La ciudad de Benidorm se presenta casi en el mismo estado que conocemos en la actualidad, como perfecto escenario postapocalíptico, con la diferencia de que en sus calles y en sus casas hay un vacío terrorífico, algo imposible de imaginar ahora mismo. Las pocas personas que quedan en ella son ancianos y androides, los cuales casi no se distinguen apenas de los seres humanos. Pero hay alguien que sí que les distingue… Y les persigue para aniquilarlos uno por uno. Tras su estreno mundial el pasado año en el Festival de Sevilla, y clausurar la última edición de Márgenes, llega al Forum de la Berlinale Sueñan los androides, de Ion de Sosa, una de las películas más extremas que sin duda se van a poder encontrar en esa sección.

Rodada en 16mm, la película está basada en la novela corta ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick, en la que también se inspiró Blade Runner. Pero nada vamos a encontrar parecido entre el mítico filme de Ridley Scott y la española. Con guión del propio Sosa, Jorge Gil Munarraiz y Chema García Ibarra, la película toma de éste último muchos aspectos propios de sus premiados cortometrajes de ciencia ficción (Protopartículas, Misterio…): la cotidianidad de los ambientes, actores no profesionales… Se introducen además elementos propios del folclore español, como puedan ser las canciones, para acentuar el carácter nacional de la localización, y también el humano. Por otra parte, la película puede guardar relación con los documentales de Ulrich Seidl, en el sentido de exposición de personajes que posan orgullosos ante la cámara mostrando sus excentricidades. En conclusión, una propuesta sin duda arriesgada, que, si bien exasperará a más de uno, no habría que descartar darle una oportunidad.