Si algo han tenido en común las películas que hemos visto en la quinta jornada de la Berlinale es su carácter humanista, y su enfrentamiento entre el ayer y el hoy. Así, en una de las más esperadas de la Sección Oficial, el documental El botón de nácar, el director chileno Patricio Guzmán vuelve a hablar del pasado de su país intentando rescatar la memoria de aquellos que ya no pueden expresarse. También en la Sección Oficial, aunque fuera de competición, Bill Condon nos hace empatizar con la última época del detective más famoso de todos los tiempos en Mr. Holmes. Dentro de Berlinale Special, una sección para mayores producciones en el que están involucradas importantes personalidades, Love & Mercy, de Bill Pohland, habla de la capacidad de superación de un personaje real, el músico Brian Wilson. Y por último, en Panorama, la coreana Ode to my father, de JK Youn, a través de la desventuras de su protagonista, hace una repaso a la Corea de la segunda mitad del siglo XX.

Love & Mercy – Paranoia musical

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Bill Pohland es conocido más por su faceta de productor, que incluye películas tan importantes como Brokeback Mountain, El árbol de la vida o 12 años de esclavitud, que como director. De hecho, desde 1990, año en el que realizó su primer filme, Old Explorers, hasta ahora, no había vuelto a dirigir. Sin embargo, se muestra muy hábil a la hora de contar en Love & Mercy el biopic del miembro de los Beach Boys Brian Wilson, centrada sobre todo en sus problemas esquizofrénicos, desde los inicios de los mismos hasta su manipulación por parte de psiquiatra Eugene Landy, hasta que consiguió escaparse de su control con la ayuda de la que posteriormente sería su segunda mujer, Melinda.

La historia va saltando del pasado al futuro: el Brian Wilson joven de los años 60 está interpretado por un Paul Dano totalmente mimetizado con el personaje, y que además protagoniza la parte más interesante, la que nos aproxima a la búsqueda del sonido que quería encontrar para el grupo, y cómo en su momento no fue comprendido. También introduce el tema de la psicodelia y las drogas como inspiración de un nuevo tipo de música. Por su parte, un John Cusack bastante convincente se encarga de dar vida al Wilson de los años 80, aunque su parte sea la mas dramatizada, con Elisabeth Banks como Melinda, y Paul Giamatti con un personaje demasiado malvado como para resultar creíble. En cualquier caso, es digno de elogio el trabajo tanto de Cusack como de Dano para hacer el mismo personaje, llegando a poner incluso la misma voz.

Love & Mercy es en general un biopic bastante convencional, pero muy bien llevado, y con una gran recreacion de ambientes. Y, obviamente, con una banda sonora excepcional por la que ya solamente la película merece la pena, y que deja al espectador emocionado y pegado a la butaca hasta el final de los créditos.

El botón de nácar – La voz de los ausentes

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Decía Rithy Panh en La imagen perdida, que aquellos que han sobrevidido a una tragedia, y pueden contarlo, tienen la obligación de hacerlo. Patricio Guzmán toma al pie de la letra las palabras del director camboyano, o quizás sea a la inversa, porque ya en 2010, con Nostalgia de la luz, el realizador chileno analizó el pasado de su país para entender su evolución, sacando a la luz los temas históricos hasta ahora escondidos por vergüenza. El botón de nácar sería una continuación de ésta, reafirmando la idea de que, para Guzmán, quedarse callado es ser cómplice de los delitos cometidos.

Se nos enlaza desde el final de Nostalgia de la luz en el desierto de Atacama (con los telescopios casi como seres vivos, como girasoles hacia las estrellas), con la Patagonia, donde Guzmán nos empieza a hablar de la importancia del agua, y de la relación que tenían con ella los pueblos indígenas. Si hemos visto su anterior película, de formas absolutamente idénticas, sabemos que todo esto nos va a llevar a algo más profundo. Efectivamente, pronto Guzmán nos hablará del exterminio de estos pueblos autóctonos por parte del hombre blanco, que para él va a tener una relación directa con la posterior dictadura que comenzó en los 70. Y al mismo tiempo, todo ello tiene su consecuencia también en el universo. Si Nostalgia de la luz era más poética, El botón de nácar, es más cruda y directa, con Guzmán enfocando directamente los rostros de la víctimas de la dictadura.  

No podemos criticar que el director hable de nuevo del mismo tema; debe hacerlo. Aunque quizás en esta ocasión las imágenes ganen importancia con respecto a los testimonios directos, que era lo que emocionaba en Nostalgia de la luz, con El botón de nácar nos encontramos ante una película que, como mínimo, es absolutamente necesaria.

Mr. Holmes – Quedarse con lo elemental

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El inmortal personaje de Arthur Conan Doyle sigue siendo un filón inagotable para todo tipo de adaptaciones. Si los últimos ejemplos audiovisuales son tan dispares como las dos película de Guy Ritchie, la abominable versión española de José Luis Garci en Holmes & Watson. Madrid Days, y la estupenda serie de la BBC Sherlock, ahora es Bill Condon, director de carrera irregular, el que rescata al detective con una interpretación muy rigurosa. Basado en otra versión del original, el libro de Mitch Cullin A Slight Trick of the Mind, estamos ante un Sherlock ya muy anciano, crepuscular, que está perdiendo la memoria, al mismo tiempo que intenta pasar a papel el que fue su último caso antes de retirarse, y del que ha olvidado los detalles más importantes.

El trabajo de Condon es clásico y funcional, aunque con algún momento inspirado, como en el que el propio Holmes está viendo una película en cine sobre uno de sus casos. También están muy cuidadas la ambientación y la hermosa banda sonora de Carter Burwell, con un gran tema principal que debería hacerse mítico. Pero la verdad es que, aunque se agradezca, todo eso importa poco cuando la filme está concebido para el pleno lucimiento de Ian McKellen, y el actor lo sabe aprovechar estupendamente. También destacan sus acompañantes, la siempre perfecta Laura Linney y la revelación del niño Milo Parker. Mr. Holmes empieza sencilla y quizás algo falta de encanto, pero según avanza, va resultando más emocionante y sabe rescatar el espíritu del personaje, que no es algo que siempre se pueda decir.

Ode to my father – La película que hubiese emocionado a Spielberg

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Mucho se comentó hace casi dos años que la película de Hirokazu Koreeda De tal padre, tal hijo emocionó a Steven Spielberg cuando la vio como presidente del jurado en Cannes. Pero eso es porque todavía no se había hecho y no tuvo la oportunidad de ver Ode to my father, del coreano JK Youn. Porque se trata de un trabajo que bien podría querer firmar el director estadounidense. Pero ya sabemos que, como narrador de historias, Spielberg es único dentro de su estilo, y si ni siquiera le sale bien siempre a él, no digamos ya a sus discípulos.

Ode to my  father cuenta la vida de un hombre traumatizado por la pérdida de su padre y su hermana. Durante las dos horas de metraje, le veremos pasar por varias guerras, emigrar a Alemania, enamorarse, formar una familia… El principal problema con el que cuenta la película es que el director se excede en la manipulación emocional, buscando la lágrima a toda costa. Quizás algunas manifestaciones de los protagonistas nos parezcan exageradas desde nuestro punto de vista, pero realmente es esa su manera de expresarse. Esto se aprecia en la mejor parte de la película, que es la de los reencuentros de las familias con los desaparecidos en la guerra, muy emotivos por ser reales. Pero el uso de elementos como la cámara lenta o la música constante y descriptiva, son puramente cinematográficos, y nada tienen que ver con el carácter coreano. De hecho, aunque habla mucho de las costumbres del país, los modelos que utiliza Yeun son claramente occidentales, desde el cine de Frank Capra hasta el del Tornatore de Cinema Paradiso.

Aunque tiene una buena recreación de ambientes de las diferentes época, y momentos de dirección interesantes, como la introducción de los flashbacks, Ode to my father es una película muy simple cuando es cómica, y muy exagerada cuando es dramática, que se recrea en la nostalgia, y en la que Yeun se muestra incapaz de manejar los sentimientos.