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El teatro musical no abarcó temas dramáticos ni sociales importantes hasta su llamada etapa dorada, que tuvo lugar entre las décadas de los 40 y 60 del siglo pasado. Empezó con Oklahoma! (1943), el primer espectáculo que poseía una historia más seria y oscura, con la integración de canciones y bailes en momentos decisivos de transformación psicológica de los personajes. La capacidad de empatizar con el público era fundamental en este tipo de obras, por lo que aludían a un amplio registro de sentimientos humanos. Dentro de esta corriente se estrenó en 1957 West Side Story, con música de Leonard Bernstein y letra de uno de los grandes maestros en la creación de narraciones dentro del género, Stephen Sondheim (autor de, entre muchos otros, Sweeney Todd o Into the woods, cuya adaptación cinematográfica se estrena de forma inminente); esto dio como resultado uno de los mejores ejemplos de estudio de psicología de diferentes personajes y de sus motivaciones. Sin embargo, no tuvo un gran éxito de público en Broadway (aunque sí fuera de su país), hasta el estreno de su versión cinematográfica homónima, cuatro años después.

West Side Story rompió barreras dentro del musical cinematográfico estadounidense, entendido hasta entonces como mero producto de diversión y abstracción, dándole una nueva dimensión al montaje teatral, trascendiendo su origen y transformándose en un fenómeno cultural.“West Side Story es la combinación de esas dos obras, y para entender una y la otra hay que ver esa unidad, esa macro estructura ideológica y estética que va más allá de la obra musical y de la película” (Efraín Barradas). Alejado de las agradables cintas de las décadas anteriores de Fred Astaire, Ginger Rogers, Stanley Donen o Gene Kelly, West Side Story demostró que las características del género también podían aplicarse a un drama de proporciones épicas. Al fin y al cabo, estamos hablando de una adaptación de Romeo y Julieta de William Shakespeare: una chica y un chico de dos bandas rivales se enamoran en Nueva York. El amor imposible, ejemplo de romanticismo trágico por excelencia, con un trasfondo moderno de inmigración y racismo. Un trabajo que posee por tanto un alto componente de capacidad conmovedora. 

La adaptación a la gran pantalla corrió a cargo del propio coreógrafo de la versión teatral, Jerome Robbins, y el director Robert Wise, con guión de Ernest Lehman (El rey y yo -1956-, Sonrisas y lágrimas -1965-…). Si bien la traslación puede hacer perder a una película algo de la fuerza que otorga el teatro, es indudable que el medio cinematográfico aporta la riqueza de la complejidad técnica, siempre y cuando los recursos propios estén bien utilizados (uno de los ejemplos actuales más explícitos de ello sería Chicago -2001- de Rob Marshall). Los cinco primeros minutos de West Side Story, que corresponderían a los créditos iniciales, muestran una imagen aparentemente abstracta que va cambiando de tonos de color según se introduce una nueva melodía de la overtura (y que finalmente se descubre como un perfil esquemático de Manhattan). Ya desde ese momento, la película deja claro que lo que nos vamos a encontrar no es algo típico.

West Side Story sería el primer y único trabajo en el que Jerome Robbins participó como realizador, y de hecho su colaboración en el mismo acabó siendo más pequeño de lo que se pretendía: encargado de las escenas de coreografías más elaboradas, su extremo perfeccionismo, que le llevaba a rodarlas una y otra vez, hizo que acabara siendo despedido. Sin embargo, algunas de los números más memorables del film, veáse el prólogo (probablemente el comienzo más impresionante de una cinta musical, además una perfecta puesta en situación), América o Cool, son obra suya. El baile no es solo, como en cualquier musical clásico, un elemento básico, sino la columna vertebral de la historia. “En West Side Story, el baile adquiere una nueva importancia al ser necesario para continuar con gran parte de la acción dramática, de un modo en el que nunca se había intentado antes en Broadway” (Mark Lubbock). Los personajes se expresan bailando (no hay más que ver la escena del gimnasio), con su máximo exponente en la estilizada pelea, punto de inflexión de la historia.

Por su parte, los inicios de la carrera de Robert Wise como montador tienen una influencia fundamental, no ya solo en la representación de los números musicales, sino en la distribución de la energía de la película. Wise, encargado de la parte dramática, quería que el film fuera de más ligero a más trágico, y se mostró experto en la manera de dosificar el drama. En el musical original, los números cómicos I feel pretty y Gee, Officer Krupke! estaban situados en el segundo acto, tras la pelea y sus funestas consecuencias, para que el espectador liberara tensiones, por lo que cambió el orden y los puso en la primera parte de la película. Por el contrario, Cool se trasladó a la parte final, convirtiéndose en el llamado “eleven o’clock number”, nombre que recibe en el teatro un número hacia la mitad del segundo acto que resulta ser el más impresionante del conjunto.

Además, Wise situó América, otro de los números más potentes y el más famoso, entre dos temas románticos, Maria y Tonight, que originalmente sonaban seguidos. Esta canción, a parte de ser una de las más míticas de la historia de los musicales, sufrió algunos cambios para hacerla más políticamente correcta. Originalmente interpretada solo por el elenco femenino puertorriqueño, con una letra era muy crítica con respecto a su país de origen, se transformó en la película en una guerra de sexos que se centra en las ventajas y desventajas de los extranjeros que viven en Estados Unidos. No fue ésta la única letra que pasó por la censura, además de cortarse algunas canciones o momentos de baile para dar mayor dinamismo. Todas las transformaciones, lejos de resultar un lastre, acabaron creando un conjunto matizado y redondo, más maduro, que acabó por superar a la obra de teatro.  

Podría ser cuestionable el doblaje de las voces de la mayoría de los personajes principales (algo que, por otro lado, era habitual en los musicales cinematográficos de la época). La soprano Marni Nixon (que también doblaría a Audrey Hepburn en My fair lady -1964-) se encargó de cantar los temas de la protagonista, Natalie Wood, impecable por otra parte en lo que se refiere a la parte interpretativa (desde el acento hasta la desoladora escena final). Nixon también reforzó el registro vocal de Rita Moreno (que ganó el Oscar por su papel de Anita) en algunas canciones. El personaje de Tony, pensado en un principio para Elvis Presley (que desde finales de la década anterior gozaba de éxito en el cine gracias a películas como Love me tender -1956- o Jailhouse Rock -1957-), finalmente fue a parar a manos del mucho menos mediático Richard Beymer, que fue doblado por el cantante Jimmy Bryant. Por otra parte, la voz que oímos en Jet Song no es la del bailarín Russ Tamblyn (magnífico e inolvidable Riff), sino la de Tucker Smith, que a su vez interpretaba el personaje de Ice en la película. La falta de realismo en las voces se compensa con la cuidada estética, influida por el pop art emergente en Estados Unidos en la época (especialmente su colorismo). Como afirma el autor Barry Keith Grant, “el hecho de que los actores principales fueran escogidos fundamentalmente por su aspecto físico en pantalla en lugar de por su habilidad para cantar, sugiere la atención prestada al diseño y aspecto generales de la película”.

La década de los 60 fue, además, la que supuso el definitivo reconocimiento del musical como un género “mayor” dentro del cine, lo que se manifestó de forma sonora con su triunfo en los premios Oscar, un camino que (no por casualidad) abrió West Side Story, que obtuvo 10 galardones (entre ellos, el Oscar conjunto al mejor director para Wise y Robbins), a la que seguirían las anteriormente mencionadas My fair lady, Sonrisas y lágrimas, y también Oliver (1968). Hablamos por tanto de una película imprescindible para entender el género tal y como lo concebimos hoy en día, que supuso el punto de partida de musicales serios con aspiraciones más trascendentes. Una obra influyente y única a la vez West Side Story nos habla de un amor que podría ser tópico, pero de una manera como nunca se había hecho antes, y como nunca se ha vuelto a hacer.

Crítica escrita por Sofía Pérez Delgado