El mejor cine italiano contemporáneo vuelve a Madrid de la mano del Festival de Cine Italiano, que este año celebra su 7ª edición, confirmándose así como una de las citas imprescindibles para los amantes del Séptimo Arte. Largometrajes, documentales y cortometrajes configuran la programación de un festival que no es sólo celebración sino reflexión. Si el año pasado La gran belleza, del director Paolo Sorrentino, conjugó a la perfección ambos conceptos, parece que este año le toca el turno a Le meraviglie, el drama adolescente que, contra todo pronóstico, se alzó con el Gran Premio del Jurado en la pasada edición del Festival de Cannes, y al Il capitale umano, el drama familiar ambientando en la crisis económica actual que arrasó en los Premios David di Donatello de 2013. 

El cine Princesa de Plaza España ha sido el escenario elegido para celebrar la 7ª edición de este evento que tiene como objetivo la fruición entre el espectador madrileño y el público italiano. Los cines, que han cedido tres de sus salas para albergar este festival, ya se mostraban abarrotados el primer día, cuando decenas de curiosos ávidos por descubrir pequeñas joyas de la cinematografía italiana se acercaron a los cines de la capital para disfrutar de las primeras sesiones. La entrada gratuita (hasta completar aforo), la buena ubicación de los cines Princesa y la atractiva programación de este año parecen ingredientes más que suficientes para garantizar el éxito a esta edición del festival.

El certamen dio su pistoletazo de salida el pasado jueves 27, día en el que Gianni Amelio recogió el Premio a Toda una carrera que concede el Festival cada año. La obra de Amelio ha sido alabada por público y crítica desde sus comienzos, y muchas de sus películas, esas que “buscan las luces entre las sombras”, como afirma el historiador y director Miguel Ángel Barroso en su escrito El viajero oscuro, han cosechado importantísimos logros en las últimas dos décadas.

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El pasado sábado 29 comenzó con la proyección del cortometraje L’attesa del maggio (2014), una pieza de ocho minutos escrita y dirigida por el animador independiente Simone Massi que dejó sin palabras a los asistentes (y no en el buen sentido). Este trabajo se desarrolla a partir de la sucesión de dibujos a lápiz para construir una historia muy bella a nivel estético pero que aporta más bien poco en el plano narrativo, por eso no es de extrañar que al finalizar la proyección el espectador no tenga la menor idea de lo que Massi quería contar. Bonito, sí, pero nada más. 

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El cortometraje de Massi precedía a la proyección del documental Profezia. L’Africa di Pasolini, un proyecto dirigido a dos bandas por Gianni Borgna y Enrico Menduni que exploraba, a través de la poesía y el cine, el amor que profesaba el director Pier Paolo Pasolini al continente africano. La película hace un repaso a la filmografía de Pasolini, desde Edipo Rey y Appunti per un’Orestiade africana hasta El Evangelio según San Mateo y, sobre todo, Rabbia, donde el director italiano dibuja una África que lleva consigo todas las injusticias y las esperanzas, para dar constancia de la pasión del director por esta demacrada región del mundo.

El problema es que el documental de Borgna y Menduni no sabe cómo contar ese amor que sentía Pasolini por África. La sucesión de imágenes, así como la narración, son completamente aleatorias. La historia se cuenta de manera muy dispersa invitando inconscientemente al espectador a desconectar, porque éste nunca tiene la oportunidad de asentarse en el filme y disfrutarlo en plenitud. Tan sólo se atisban vestigios de calidad en momentos puntuales, como cuando se relata la conversación por correspondencia que Pasolini y el filósofo Jean-Paul Sartre mantuvieron tras el estreno del El Evangelio según San Mateo o cuando se recita el poema Alì dagli Occhi Azzurri. Momentos aislados que, además, no se perciben tanto como un alegato en favor de la libertad o del amor de Pasolini por África, sino como “pegotes” de material biográfico que los directores querían meter a toda costa en la película, mientras que los temas realmente importantes se retratan de manera completamente fallida.

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La tercera y última proyección del día tenía como protagonista al primer largometraje de ficción presentado en el Festival de Cine Italiano: Il giovane favoloso. Este filme de Mario Martone estuvo presente en la Sección Oficial del pasado Festival de Venecia, y sólo en Italia ya lleva recaudados más de seis millones de euros, algo que no deja de chocar si se tiene en cuenta que no se trata, ni mucho menos, de una película de corte comercial. Quizá por esto la expectación en el festival era máxima, multitud de ciudadanos italianos se aproximaron a las salas para ver este filme centrado en uno de los escritores más importantes del Romanticismo italiano, Giacomo Leopardi. Y ni la lluvia ni la larga duración del filme, casi dos horas y media, impidieron que la sala se llenara.

La cinta de Martone, estructurada en tres partes perfectamente diferenciadas (los primeros años de vida de Giacomo en Recanati; su convivencia años después con su gran amigo Ranieri; y sus últimos años en Nápoles), hace un minucioso repaso por la vida del poeta, poniendo especial énfasis en sus deseos e inquietudes. Así, en la primera parte, además de conocer de primera mano el conflicto paterno-filial que protagonizaron Giacomo y el Conde Monaldo (a destacar la magnífica escena en la que el padre del poeta reprende a su hijo un intento de huida y éste, a través de una ensoñación, le contesta con la libertad de la que jamás gozará), la película se preocupa por hacernos llegar los pensamientos de Leopardi, por darnos a conocer sus motivaciones y por revelarnos los motivos por los que su poesía desprendía esas enormes cantidades de pesimismo e infelicidad.

Y esa introspección en la mente de Giacomo que lleva a cabo el filme es la que permite que el espectador tenga, una vez terminada la proyección, la sensación de conocer a la perfección al poeta. Puede que en sus últimos compases el filme divague en exceso y pierda demasiado tiempo en historias que no merecen relevancia alguna, pero la portentosa actuación de Elio Germanode consigue que cualquier fallo narrativo sea mucho más llevadero, incluso en esa parte final en la que se da tanto peso a los versos de Leopardi y la película se hace más cuesta arriba.

En definitiva, Il giovane favoloso nos traslada a la Italia del siglo XVIII para contarnos la historia de un poeta infeliz que nació en la época equivocada.

Cada uno en su terreno, tanto Pier Paolo Pasolini como Giacomo Leopardi coincidieron en que el mundo que les rodeaba no estaba hecho para ellos, un mundo intolerante, ególatra y tremendamente injusto en el que la lucha era una posibilidad pero no una certeza. Y sin abandonar su condición de artista, ambos utilizaron sus obras para intentar promover cambios que, por pura intransigencia, no llegaron a cuajar. Las dos películas presentadas en esta jornada del Festival de Cine Italiano retoman sus historias no sólo para darnos a conocer a sus protagonistas, sino para volver a poner sobre la mesa aquéllo en lo que creían.