Este viernes llega a los cines Relatos Salvajes, la alabada película de Damián Szifrón que pasó con éxito por el Festival de Cannes. En el pasado Festival de San Sebastián, La Cabecita tuvo la oportunidad de mantener una charla con su realizador y con el actor Leonardo Sbaraglia, protagonista de uno de los relatos que componen la película.

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Foto de Alain Garrido Blanes

¿Cómo te sientes con la recepción que está teniendo la película?

Damián Szifrón: Estamos felices, no paramos de sorprendernos, la película nos está trayendo una cantidad de buenas noticias casi todos los días. Siempre pasa algo en algún lado, primero porque entró en Cannes, luego por que en Cannes gustó mucho, se envió a todo el mundo, Telluride, San Sebastián… Hay algo con la película que adquirió vida propia y le llega a la gente. Nosotros la vimos crecer y ahora la vemos relacionarse y no podía estar más feliz. Uno hace cine para la gente, estás pensando en la gente cuando escribes una película.

En El fondo del mar hay una parte de violencia a partir de los celos, en Tiempo de valientes el psiquiatra que se hace policía también saca su cara más violenta, y aquí has puesto toda la carne en el asador, ¿trilogía buscada?

D.S.: Es casualidad, no tenía la pretensión de expresar ningún concepto ni visitar ningún tema. Realmente lo que me asaltó fueron los conflictos puntuales, las imágenes iniciales de cada uno de los relatos. Y cuando escribo, no trato de confeccionar toda la historia antes de ponerme a escribirla, sino que me voy dejando llevar de forma subconsciente. Configuro a los personajes, los pongo a interactuar, dejo que cada personaje exprese lo que  tiene para decir. Uno no es el personaje, en todo caso el director es el conjunto de las facciones de todos los personajes, el tono y la música. Hay muchas cosas que una película está expresando y son muchas capas. La historia son fruto de la interacción de los personajes. Creo que estas son historias de liberación, pero después de venir de una etapa enorme de comprensión. En el momento en el que se libera, ésta puede ser feliz o catastrófica, pero siempre es mejor que la opresión. La película no es una receta a la violencia, pero todos podemos comprender el placer que produce defenderse.

Has trabajado en televisión y has optado por una estructura episódica, ¿lo tenías pensado desde el principio? ¿El haber hecho televisión te ha ayudado a sintetizar todo lo que tenías en la cabeza?

D.S.: Definitivamente, no le tuve miedo a la diversidad, o a procesar distintas historias dentro de una misma narración. No sé si es tanto por haber hecho televisión, que puede ser, de todas formas, las cosas que hice en televisión tenían continuidad, cada episodio era independiente, pero eran los mismos personajes que volvían una y otra vez. Ni siquiera en televisión hice algo que estaba desconectado de un episodio a otro, como aquí, que lo único que los vincula es la temática y la energía. Muchas veces pienso en ella como un álbum de rock conceptual, con sus distintas canciones, hay algo incluso de concierto de rock. Y también la pensé alguna vez como un espectáculo de circo, en el sentido de que hay diferentes números que tienen valor por diferentes razones. El equilibrio con el malabaristas, el misterio con el mago, el valor, el coraje con el domador… Y aquí puede haber algo de eso. No la imaginé así de entrada, aparecieron primero los cuentos, escribí varios, los iba guardando, y de pronto noté que había una película y que todos salían como de un mismo ADN. La película tiene mucho que ver con la literatura más que con la televisión, como una antología de cuentos, incluso en un momento llegué a pensar en ponerle un índice.

El capítulo de Leonardo Sbaraglia recuerda mucho a El diablo sobre ruedas, ¿Cuáles son tus referencias? ¿Son a propósito?

D.S.: No es a propósito, pero es imposible no pensar en El diablo sobre ruedas, cada vez que te pones a narrar una historia de acción y tensión en la carretera. Es como una película fundacional. De hecho la volví a ver, es una película a la que quiero mucho. Pero esa historia se me ocurrió mientras que conducía tranquilo escuchando música, y que un imbécil con un Audi se me apareció por detrás poniéndome las luces durante diez kilómetros, algo que provoca bastante furia. Me quedé bastante tenso, y pensé, que pasaría si ese idiota pinchase la rueda un par de kilómetros más adelante. Esa es la idea y después le di rienda suelta.

La película es terapéutica, y hace una radiografía del ser humano bastante triste que nos describe como animales, pero también detecto esperanza ¿tuviste que introducir esta esperanza al ver que el primer resultado era demasiado siniestro o fue algo que te salió simplemente?

D.S.: A mí me gustan los animales, y por eso elegí ponerlos en los títulos, tienen algo de nobleza infinita. La mirada del ser humano, aunque la película tenga una cuota alta de agresión y hostilidad. Yo creo que soy humanista. La película expresa de todo y uno no tiene control de que está contando y a cuantos niveles, porque también depende de quien la ve. Porque cada uno ve cosas que tienen que ver con lo que piensa, pero en el fondo, de lo que creo estar hablando es de un mundo con ciertas reglas que distorsiona nuestra naturaleza. Un perro mal alimentado, enjaulado, agredido con un palo si después te muerte, no sé si esa es la naturaleza del perro. Creo que el ser humano tiene algo de eso, lo que pasa es que cuando te vuelves loco, a diferencia de los animales, tienes la capacidad de reprimir esa agresividad que te surge hacia otra persona. Pero el coste de la represión también es alto y te va dejando cada vez más tenso. En un mundo donde la gente a diario se tiene que reprimir a diario ante las agresiones del sistema, es el caldo de cultivo para que se generen estas acciones. Obviamente no le pasa a todo el mundo, pero esta película es sobre los que sí.

Me encantó el homenaje a El apartamento con la botella de champán, ¿hay más? ¿es un añadido para los cinéfilos?

D.S.: Yo soy cinéfilo, vi muchísimas películas en mi vida y tengo los recuerdos mezclados entre las películas y la vida real. El primer recuerdo que tengo pertenece a una película. Creo que la película de una forma u otra, celebra la existencia del cine. Hay un elemento festivo, con el que estoy agradeciendo la existencia de las películas, algo que probablemente se contagie a otros espectadores que encuentren tan grande placer con las películas.

Leonardo, construir un personaje en tan corto espacio de tiempo es complicado, ¿cómo fue construir seis películas en una?

Leonardo Sbaraglia: Es mucho más agradecido trabajar en un personaje de reparto, porque debes contar a un personaje con colores muchos más fuertes. En cambio un rol protagonista hay algo de la escala de valores y de dosificación, como algo de gran tramo. Es muy diferente, lo que me gustó es que en esos 20 minutos había que transmitir todo el prisma. Tienes que resolverlo de otra manera y encontrar las diferentes graduaciones haciendo que todo sea muy preciso. Pero todo tenía que ver mucho con el diseño que ya tenía Damián en la cabeza.

D.S.: La brevedad me liberó. Esta película la escribí casi sin darme cuenta, mientras que escribía otras muchas cosas. Lo comprimí y dije voy a escribir cuentos. Lo tenía en un archivo en el ordenador que se llamaba Cuentos cinematográficos, aparecía una imagen, y la escribía en una o dos noches, y luego seguía trabajando en otras cosas. Y básicamente son escenas, hay alguna elipsis, pero casi todo se reduce a contar una situación. Sin darme cuenta, tenía entre manos un largometraje que era muy sólido. Al dirigir aparecía el desafío del tono, pero lo que trataba era transmitir al espectador el placer que yo sentí imaginándolo. En algún momento con el director de fotografía pensamos en hacer cosas distintas como usar cámaras de vídeo para el episodio de la boda, el de la carretera con lentes anamórificas, el de la casa hacerlo en blanco y negro… Y vi que así no la había imaginado, que sería un artificio, así que trate de volver a la naturaleza con la que la pensé.

Leonardo, en tu episodio pasas de una emoción a otra de una manera muy fugaz, ¿te fue muy complicado transmitir tanto en tan poco tiempo?

L.S.:  No, yo creo que estaba planteado de esa manera y debía ser de esa manera. En este caso, yo tengo la sensación de que el planteamiento que tenía Damián como director es que ese relato estaba construido como una película de dibujos animados, de hecho, hay muchos planos. Es más difícil y es más fácil. Es más difícil porque en algún punto hay algo del proceso de estar actuando frente a la cámara en tomas largas, es algo que prefiero, porque tienes mucha más libertad y una vez que entras en ese viaje todo va solo. Y esto es el trabajo opuesto, al haber tantos planos y tantos cambios que el desafío era como mantener cierta lógica y continuidad interna. Inclusive con tomas que no tenían nada que ver. Son como dos universos. Se va moviendo mucho el punto de visto. Y todo el tiempo hay que mantenerlo, y más en una situación tan extrema.

D.S.: Leonardo entra bastante en el personaje, y aunque los demás estemos haciendo otras cosas, es un actor que se queda en ese universo. Como cuando uno se despierta de un sueño y trata de recordar lo que era y quedarse ahí.

L.S.: Sobre todo en la parte final que era de mucha concentración, es algo que además no tengo problema, porque la mantengo con mucho gusto. Además, el montaje que hizo Damián fue completando todo lo que hice.

D.S.:  Hay distintos elementos en una película, el actor está en un viaje, y está en su personaje y vive lo que está pasando y no ve tanto lo que está en la pantalla. La metáfora del teatro funciona, el actor sale a escena, el foco le ilumina, la gente ve al actor, pero el actor no ve a la gente, está sumergido en su historia. En cambio el director no, el director es la figura del espectador, que está en el rodaje cuidando los intereses de la audiencia. Conociendo lo que está sintiendo y tratando de anticiparse para que transmitan determinados estados de ánimo. El desafío de esto, porque pienso así en nuestro vínculo, y en el que tuve con los demás actores, es que, a diferencia de un largometraje donde ruedas 8 semanas, en los primeros días vas encontrando las cosas, la relación con el actor, el tono de la película… Y aquí si dejabas pasar una semana, se acababa el tiempo de rodaje. Esto nos exigía superar y dirimir cualquier aspereza, incomodidad o duda en el primer día, y ya después tenías que estar totalmente compenetrado y metido de lleno. Demandaba una sobreadaptación, para mí sobre todo, que terminaba un rodaje, y venía otro lleno de gente completamente distinta, algo distinto a lo que ocurre con un largometraje. Pero el beneficio, a relación de lo que preguntabas de plantear el personaje en pocos minutos, también había que plantear el rodaje en poco tiempo.

¿Se quedó algún relato salvaje fuera?

D.S.: Hubo uno que no filmé. Escribí como quince o dieciséis, la mayoría pertenecen a otra antología. Pero hubo un par que podían haber entrado. El último que escribí fue el de la boda, y con ese se armó como una película equilibrada que daba forma a las otras, y estoy feliz con las decisiones que tomé. Últimamente estoy cada vez más convencido de que las decisiones que uno toma, independientemente de cuáles sean, son las correctas. Son las que puedes tomar en ese contexto y así tenía que ser.

¿Ha habido algún pequeño momento para la improvisación?

D.S.: En general, no trabajo mucho con la improvisación, porque improviso mucho mientras escribo, y así van apareciendo los diálogos, totalmente improvisados, con balbuceos, y se arma como una especie de melodía que a mí me gusta. Como un compositor que escribe una partitura, y después yo ya escucho la melodía y trato de buscar eso. Por otro lado, pienso que el mejor trabajo que puede hacer un actor es darle al texto profundidad, invención, belleza, naturalidad… y que eso es lo verdaderamente difícil de hacer. No cambiar los textos. Pero nada más allá de eso. Llego al rodaje con un guión en el que confío y que me gusta, y puede haber otras mil versiones, pero yo trato de lograrlo. En toda la película creo que solo hay una frase improvisada y es del señor Sbaraglia, cuando va conduciendo y dice: “Madre mía de mi corazón”.

L.S.: Y eso que no tengo ninguna relación con Brasil.

D.S.: Bueno, era antes del mundial. (risas) Pero es la única frase improvisada de la película.

L.S.: Sí, eran ideas preconcebidas, por Damián. A mi lo que me gusta hacer mucho como actor, casi como un recurso para ir encontrando los sentimientos del personaje, es ir murmurando cosas que no necesariamente están escritas. Eso es como si fuera una voz interna que está en el pensamiento y muchas veces expresándolo es una forma de hacer expresivo tu propio personaje. Cuando veo la película es lindo porque se escapan como palabritas que tienen con ver con ir encontrando la verdad en cada momento. Pero es cierto que el texto tenía bastante precisión, y es bueno que así sea, porque es una forma de ir concibiendo un todo. Si son seis relatos, esto es la visión de un tono, con un diseño de valores que van teniendo una relación desde el principio hasta el final de la película.

D.S.: Nunca me atrevería a decir que una es buena o es mala. Cada uno trabaja como trabaja, Cassavettes improvisaba muchísimo y son películas que adoro, y obviamente que traía una cantidad de material que es una belleza. Con el tiempo te vas conociendo y vas sabiendo que tipo de animal eres. Hay que respetar tu propia naturaleza.

L.S.: Pero es verdad, Almodóvar me han dicho que es muy parecido en ese sentido. Tiene como un texto muy concebido. Yo trabajé con Rodrigo Cortés y también, están pensadas hasta las comas, el momento en el que tienes que parar. Hay  directores que lo conciben así y ya tienen como ese diseño. Y es bueno poder ensayar lo suficiente para eso convertirlo en tu propia realidad.

D.S.: No puedes decirlo por primera vez, porque corres el riesgo de que quede todo acartonado.