El Festival de Cine Alemán va llegando a su fin. El penúltimo día de esta edición ha tenido como protagonistas películas de perfiles muy diferentes que han recibido una acogida dispar. La película más esperada del día era Fack ju Göhte, una de las pocas comedias que ha conseguido destacar en la Sección Oficial del festival, y aunque la película da lo que promete, la sorpresa ha llegado de la mano Wolfskinder, un drama ambientado en la Segunda Guerra Mundial que ha dejado un nudo en el estómago a todos los asistentes. Entre risas y lamentos también hemos podido ver UMMAH – Entre amigos, un drama social un tanto manipulador que no ha terminado de convencer a muchos.

UMMAH – Entre amigos – Lo que Cüneyt Kaya quiere que sepas

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Cüneyt Kaya no se ha andado con chiquitas en su ópera prima. El director berlinés ha abordado temas muy complejos en UMMAH – Entre amigos; no se trata simplemente de una cinta sobre la inmigración, este largometraje también busca reflejar el choque entre creencias, la necesidad de ser tolerantes ante cualquier ideología y lo absurdos y dolorosos que son los prejuicios sociales. Y por si eso fuera poco, Kaya también tiene tiempo y osadía para meterse con los altos mandos del Servicio Secreto. Si el director hubiera sido capaz de retratar con acierto todos estos (polémicos) asuntos probablemente estaríamos hablando de la mejor película del festival de este año. El problema es que UMMAH – Entre amigos no es honesta con aquello que cuenta ya que ni siquiera ella es capaz de dejar a un lado los juicios de valor y abordar la situación con cierta objetividad.

Es cierto que existe un prejuicio muy extendido para con la cultura islámica. Estamos muy acostumbrados a que ésta se nos refleje a través de talibanes y terroristas. Y es cierto que la tolerancia no es uno de los puntos fuertes del ser humano. El mundo evoluciona en base a unos estereotipos cada vez más fuertes y abundantes. UMMAH – Entre amigos viene a decirnos que no debemos juzgar a todo el mundo por igual y que todos merecemos la oportunidad de que se nos conozca antes de ser valorados de una u otra manera movidos por la opinión generalizada.

El problema está en que Kaya transmite este mensaje tan buenrollista de manera muy simplista y casi molesta. El alemán pone demasiado empeño en mostrar el lado bueno de los árabes, incluso cuando ya no hace falta que lo haga. La película tiene unos personajes fantásticos, con los que es muy fácil conectar y a los que te cuesta muy poco creer, por lo que no había necesidad de recalcar en cada escena la honestidad de estas personas. Esto termina por pasar factura, porque lejos de aportar esa visión “justa” que pretendía, Kaya termina haciendo una película muy maniquea y, por momentos, incómoda.

De sus casi 110 minutos UMMAH – Entre amigos dedica menos de la mitad a indagar en la falta de escrúpulos de los altos mandos encargados de la seguridad de la población. Y aunque de este tema podría haber salido una reflexión bastante interesante, al final Kaya cae en el mismo error mencionado antes. Se preocupa más por intentar que estas personas sean reflejadas como monstruos en comparación con los árabes y no presta atención a lo que podría dar más juego en los tiempos que corren: ver cómo estas organizaciones intentan ocultar la verdad y cómo hacen lo que sea para que ésta no salga a la luz, a pesar de que ello implique atentar contra la moral.

Fack ju Göhte – Comedia al uso, comedia de éxito

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Después de los números que ha hecho en Alemania es muy probable que el público español llegue a disfrutar de Fack ju Göhte en la gran pantalla. Apodada en nuestro país como la “Ocho apellidos vascos alemana”, la segunda película de Bora Dagtekin ha hecho las delicias de la mayor parte del público que asistía a su proyección en el Festival de Cine Alemán, y es que a pesar de sus evidentes fallos, la película de Dagtekin consigue, a través de una historia loca y muy divertida, provocar en el espectador esa evasión que busca.

Aunque su comienzo no es nada prometedor, pronto Fack ju Göhte demuestra que a pesar de girar en torno a los mismos temas de siempre sabe cómo jugar sus cartas. Al principio la cinta de Dagtekin parece una comedia romántica más, tiene sus momentos puntuales de humor grosero y presenta los tópicos habituales: guaperas dado a la mala vida, chica tontita que no puede evitar enamorarse de quien peor la trata… Aunque el detector de tópicos no estalla hasta que la historia se empieza a desarrollar en el instituto. Era inevitable no exhalar algún suspiro, porque parecía que íbamos a asistir a otra película en la que la mujer es cosificada y humillada hasta decir basta y en la que iba a primar lo grotesco e hiriente. Y en cierto modo así es. Fack ju Göhte hace todo lo que acabo de mencionar, pero Dagtekin lo plantea de tal manera que apenas molesta.

La película basa su humor en lo incorrecto y ofensivo pero su personaje protagonista, Zeki Müller, interpretado por un genial Elyas M’Barek, tiene tanto gancho que sólo llegas a escandalizarte cuando la salida de tono es demasiado agresiva. Pero pronto entras en su juego y descubres que es una película más fácil de disfrutar que de odiar (a pesar de que tiene razones para ello). La cinta de Dagtekin juega con la exageración y lo sabe. El mundo que representa no es así, y consigue muy pronto que tú como espectador te des cuenta y comiences a ver más allá de esa montaña de estereotipos que presenta.

Fack ju Göhten es previsible pero quien esperase una historia romántica original es que no tenía ni idea de lo que iba a ver. Lo importante es que se trata de una cinta simpática y, sobre todo, muy entretenida. Además, la película tiene una moralina evidente pero muy acertada: los adolescentes problemáticos cambian cuando se les motiva, cuando tienen algo nuevo y atractivo que les guíe en ese cambio. Por ello es tan importante que la enseñanza se renueve e introduzca nuevos métodos y estilos. A su manera, Zeki Müller es un ejemplo de ello.

Wolfskinder – La infancia perdida

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Si crees que todas las películas de niños sobre la Segunda Guerra Mundial son iguales Wolfskinder es para ti. La ópera prima de Rick Ostermann te demostrará que las películas protagonizadas por niños con un entorno bélico de fondo no se traducen únicamente en caras sucias y pies descalzos, ni en hambre y lágrimas. No. Wolfskinder es el claro ejemplo de que se puede hacer cine diferente y muy bueno con un tema sobre el que existen muchos objeciones.

Será mejor empezar por lo evidente: Wolfskinder es una gozada visual. La película de Ostermann tiene una fotografía hipnótica. El director alemán se sirve de los escenarios naturales para crear auténticas imágenes-postales. La manera en que éste refleja los campos, con los personajes atravesando espacios con el sol naciente y saliente, cómo la cámara atraviesa los juncos, los ríos… Siempre al lado de los niños. No cabe duda de que la historia de Wolfskinder se podrá disfrutar más o menos, pero es muy difícil que alguien se manifieste contrariado con lo que Ostermann y su director de fotografía han conseguido crear en esta película.

Pero encima Wolfskinder no es sólo una película bonita. La cinta de este director debutante cuenta de una manera muy cruda uno de los episodios más tenebrosos de la historia mundial. Se podría decir que el cine nos ha curado de espanto, y que ya no nos quedamos sin palabras ante cualquier cosa susceptible de herir nuestra sensibilidad. Hemos visto películas centradas en atrocidades que ocurrieron durante la Segunda Guerra Mundial, algunas también con niños como protagonistas. Pero lo que cuenta Wolfskinder y, sobre todo, la manera en que lo cuenta, no se parece en nada a lo que ya se haya podido ver.

Ostermann se basa en la idea de que la crueldad genera crueldad, pero no del mismo tipo, en este caso la crueldad generada deviene de una necesidad. Vivir en un contexto difícil, en el que te endureces por obligación, hace que lleves a cabo acciones que en otras circunstancias seguramente jamás harías, pero en ese preciso instante, en el que además no tienes opción de elegir, el momento te obliga a hacerlo. En Wolfskinder un grupo de niños se ven obligados a vender a compañeros a cambio de unas manzanas, a matar por conseguir el silencio que desean y, sobre todo, a no permitirse sentir dolor. No lloran, no gritan. Sólo sobreviven. Las cosas pasan porque sí y lo mejor es no preguntarse por qué. Simplemente deben adaptarse a lo que ocurre, aceptarlo. No hay otra opción. El mundo que Ostermann muestra es horrible, acongoja sólo de pensarlo, pero lo peor de todo es que es muy real.