Ha hecho falta que el Festival de Cine Alemán se alejara de su tema favorito (la adolescencia) para conseguir deleitar realmente a su público. La tercera jornada de esta decimo sexta edición ha ido de menos a más a medida que se sucedían los cortos y largometrajes. Alejados ya de niños, música y susurros, en este nuevo día hemos podido adentramos en los años 60 de la mano de una famosísima atracadora, nos hemos dejado camelar por dos consultores muy creciditos y hemos viajado a la Alemania de finales de los 70 para empezar de cero con una madre y su hijo.

Banklady – Rompe tu rutina

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La nueva película de Christian Alvart, director de cintas como Expediente 39 (2009) o Pandorum (2009), nos traslada a los años 60 para contarnos la historia de Gisela Werler, una atracadora de bancos que llegó a convertirse en una auténtica celebridad en Alemania por el modus operandi que empleaba en sus asaltos.

Es evidente que el punto de partida de la cinta de Alvart no es de lo más original; la historia de una mujer sumida en el tedio que busca una salida en algo extremo no es algo que nos pille por sorpresa. Aunque en verdad nada en Banklady puede considerarse realmente original, empezando porque se trata de una versión ligerita y alemanizada de la mítica Bonnie & Clyde de Arthur Penn. Pero lo mejor será no centrarse en esa escasa novedad que aporta el relato porque, al fin y al cabo, Banklady no deja de ser una adaptación cinematográfica de un hecho real (aunque imaginamos que Alvart se habrá tomado sus licencias, sobre todo con ese final tan ilusorio).

La película tiene sus cosas buenas. Los robos están rodados de manera muy ágil y la bipolaridad del personaje protagonista (fruto de la adrenalina) nos regala algunos de los momentos más graciosos de la cinta. Además de que la estética sesentera la hace mucho más amena (las particiones de pantalla son muy curiosas a pesar de que alguna es bastante fea). El problema es que en conjunto la película termina sabiendo a poco, hay demasiadas situaciones que chirrían o desentonan, como la “trama” del comisario (que, para colmo, eligieron a una piedra para interpretarlo) o ese cierre tan difícil de creer. Pero lo bueno de Banklady es que al final te acuerdas más de los momentos entretenidos que de esos detalles que hacen que su calidad sea bastante menor.

Lo que es digno de alabar es que Alvart haya retratado de manera tan poderosa al personaje de Werler, una mujer capaz de alcanzar una gran fama en el país germánico en los tiempos de liberación sexual. Hay quien afirma que Banklady es un brillante estudio sobre la identidad, tanto de la mujer como de la sociedad alemana de la época… Si de verdad Alvart intentaba retratar ésto, divagó mucho por el camino, porque aunque sí es cierto que la búsqueda del ser está presente en el personaje femenino protagonista no me parece en absoluto que Banklady se erija como un canto a la búsqueda del sentido de la vida-identidad.

Tiempo de caníbales – Aprende a rezar

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Muy buenas tienen que ser las películas que faltan por proyectarse en el Festival de Cine Alemán para que destronen a Tiempo de caníbales como la mejor película de esta edición. Y es que esta cinta de Johannes Naber, que se estrena con este título en el universo del largometraje de ficción, tiene todo lo necesario para encandilar a un público festivalero: una ácida crítica hacia el capitalismo (ideal en los tiempos que corren), un humor negro a cargo de unos personajes extravagantes y una atmósfera perfectamente construida en la que la acción explota exactamente cuando tiene que hacerlo.

Un único escenario le basta a Naber para hacernos disfrutar en la sala de cine como a niños pequeños. En Tiempo de caníbales el interior de un hotel se convierte en refugio y cárcel de tres consultores que lo darían todo por triunfar y seguir ascendiendo. Eso es todo: un hotel y tres actores. No hace falta más. Sobre esta aparente precariedad. el director alemán levanta con solidez un discurso irónico y crítico con el sistema capitalista dominante en las regiones más importantes del mundo actual. Un mundo en el que poco importa vender al compañero con el que has compartido trabajo durante seis años si de esa manera vas a poder convertirte en socio, en el que conviene que el trabajador desconfíe de sí mismo y que viva en una rutina infinita y en el que la gente es capaz de prostituir su moral a cambio de una salida (en cualquiera de sus formas).

Naber nos cuenta todo eso y mucho más a través de diálogos trazados con una inteligencia inusitada en el cine actual, transmitiendo, a pesar de la gravedad de lo que cuenta, una sensación de indiferencia que llega a estremecer, y todo gracias a unos personajes perfectamente definidos e interpretados.

Pero por si su historia supiera a poco, Tiempo de caníbales es aún más inmensa a nivel técnico. La puesta en escena, más cercana al teatro que al cine (aunque según el propio director esto no se hizo adrede sino que surgió por el tema que trataba la película), es tan curiosa como brillante, y es que Naber juega con gran agudeza sobre la idea de la abstracción. Aunque hay varias escenas en las que ambos apartados, narración y técnica, se dan la mano en una simbiosis perfecta. Así, unos sonidos metidos en post-producción de unas explosiones unidos a un diálogo en el que los personajes masculinos muestran total apatía ante lo que ocurre fuera del hotel, fuera de su “mundo”, es capaz de reflejar a la perfección lo que Tiempo de caníbales pretendía.

Lo mejor es que cuando la película de Johannes Naber parece haber indagado todo lo posible en el narcisismo y la ambición, el director se saca de la manga un final de infarto sustentado por las brillantes actuaciones de Devid Striesow, Sebastian Blomberg y Katharina Schüttler, que con sus entrecortadas respiraciones consiguen que el público permanezca agarrado a las butacas. Y este final vuelve a demostrar el gran dominio sobre la escena que tiene Naber, creando un clima intensísimo haciendo uso, principalmente, del sonido extradiegético.

West – Empezar de nuevo

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Nadie dijo que empezar de cero fuera fácil. Y si no que se lo digan a la protagonista de West, el drama histórico de Christian Schwochow. En este largometraje Schwochow nos sitúa en la Alemania de finales de los años 70, esa que estaba dividida por la República Democrática Alemana (RDA) y por la República Federal Alemana (RFA), y nos incita a compartir las penurias de una madre coraje que pone todo su empeño en apartar para siempre el pasado de su mente.

Probablemente West sea la película más correcta, en todos los sentidos, que una servidora podrá ver en esta edición del Festival de Cine Alemán. La obra de Schwochow no destaca por su dirección, ni tampoco por su laboriosidad narrativa, pero no importa porque la película consigue cautivar con muy “poco”: una historia emotiva muy bien contada y una actriz estupenda, Jördis Triebel.

La película gira en torno a la idea de pasar página. El problema es que a Nelly, la protagonista, no le dejan hacerlo. Para poder iniciar su vida en la RFA tendrá que pasar unas pruebas que la pondrán, psicológicamente, contra las cuerdas. En ese punto se encontrará con gente que la recuerda cosas que ella preferiría olvidar y esta situación la lleva a una paranoia que termina afectando a la relación con su hijo y con las pocas personas que parecen estar verdaderamente dispuestas a echarle una mano en su nueva vida.

Decir adiós definitivamente a una etapa de tu vida nunca es fácil y Schwochow refleja a la perfección esa dificultad en West, que cierra su historia (y dilema) con un plano final maravilloso.