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En la historia del cine, por una cosa o por otra, parece que hay géneros condenados a desaparecer, dinosaurios de otro tiempo que en su día gozaron de gran popularidad y que, con el paso del tiempo, han ido cayendo en el olvido. Les pasó al musical y al western, y también al cine negro. El noir tiene su época de mayor esplandor en los años 30 y 40 en Estados Unidos, épocas difíciles y violentas (Gran Depresión, Ley Seca, Segunda Guerra Mundial…), y la popularidad de este tipo de cine se extiende hasta los 50. Es a finales de esta década cuando el noir parece dejar de interesar al gran público, y su popularidad se desploma. Es entonces cuando aparece el término neo-noir, cuando la necesidad de volver a hacer películas de gángsters, chicas fatales y crimen empuja a renovar el género, ya sea a nivel argumental, narrativo, estético… En esa coyuntura es donde aparecen grandes obras cinematográficas catalogadas, ya sea por su época o por su espíritu renovador, como la gran obra maestra de Roman Polanski, Chinatown.

Chinatown nos habla de un detective privado, Jake Gittes, y de un misterioso caso en el que se ve envuelto. Gittes recibe la visita de una esposa celosa, que cree que su marido, el señor Mulwray, la engaña con otra. Es cuando el detective, ante un caso relativamente simple, se topa con una auténtica trama de engaños, asesinatos y corrupción en el Los Ángeles de los años 30.

El film de Roman Polanski supone una intensa odisea, una bajada a los infiernos en una espiral de violencia, pasión y misterio. Jake Gittes, encarnado por un magistral Jack Nicholson, se ve sometido a un intrépido tour de force en el que debe lidiar con mil y un obstáculos y peligros. Puro cine negro, al que no le hace falta sutileza y frialdad del blanco y negro, cosa que se hecha en falta en otros títulos de cine noir rodados en color. No, Chinatown muestra una paleta colores vivos y, a su vez, crepusculares. Y es que pocas películas del género pueden presumir de ser tan crepusculares como la de Polanski.

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Rodada en los 70, cuando el noir no era ya aquel género de importancia capital que fue treinta años antes, Polanski nos muestra una historia a la vez clásica y atípica. Su puesta en escena, con el detective en apuros, la chica de tormentoso pasado, el gángster (personificado en magnate del agua), asuntos turbios que se destapan paulatinamente… Pero al mismo tiempo, Polanski hace de Chinatown una película de cine negro distinta. Quizás sea su crudeza, su sordidez o su pulso narrativo, pero es más que evidente que Chinatown tiene poco que ver en formas al cine noir de los 40, aunque sí en contenido.

La acción transcurre en Los Ángeles, en la década de los 30, década en la que se daba fin a la famosa Ley Seca en la que se prohibió la venta de alcohol en todo el territorio estadounidense. Polanski, hábilmente, nos presenta su propia ley seca californiana, pero no de alcohol, sino de agua. El control y manipulación del líquido elemento en un Los Ángeles que se muere de sed es el escenario que maneja el realizador nacido en Francia. No estamos ante una conspiración política, o una trama de falsificación de dinero, o de contrabando de drogas. No, es el agua lo que mueve (en apariencia) las suertes y desgracias de los personajes de Chinatown. Inmiscuirse en asuntos que no son de su incumbencia trae las desgracias de Gittes, al que rebanan parte de la nariz, sanguinaria metáfora de la mutilación del instrumento de trabajo del sabueso: su olfato.

Chinatown, en esencia, no es otra cosa que una bajada a los infiernos por parte de Jake Gittes, siendo la propia Chinatown la última estancia de ese inframundo que el detective intenta evitar durante todo el film. En multitud de ocasiones se hace referencia al barro chino angelino como un lugar de sufrimiento y dolor para Gittes, en el que perdió una gran parte de su vida. Continuas referencias a ese lugar, pero en ningún momento pisan dicho barrio, hasta el final. Y es ahí donde todo se va al garete, por decirlo de alguna forma. Es Gittes quien intenta evitar Chinatown durante toda la película, y es él mismo quien envía a su amada señora Mulwray allí con el fin de protegerla. Es allí, en medio del barrio chino, con todas las fichas de este turbio ajedrez presentes, donde en escasos minutos todo se va al traste. Porque Chinatown es dolor, es sufrimiento, y esa es la condena de Gittes: perder lo que ama en el barrio china una y otra vez.

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Roman Polanski nos regala una de sus obras más sobresalientes, quizás la mejor junto a La semilla del diablo, El quimérico inquilino o El pianista. Su dirección es brillante, hace que todo fluya a la perfección en este film noir colorido y violento. Jack Nicholson pocas veces ha estado tan acertado como en este film, poniéndose en la piel del detective Gittes. Le da réplica una seductora y enigmática Faye Dunaway, a la que se le podría echar en cara el estar algo sosa en alguna que otra situación, pero que se desenvuelve muy bien en el rol de la chica de la película. Por último, en un papel más secundario, pero en torno al cual gira buena parte de la trama, encontramos a un gran John Huston interpretando al poderoso Noah Cross. El guión, ganador del Oscar (único premio que obtuvo el film), es milimétrico, redondo, perfecto para un film noir al que no le sobra ni falta nada. En el aspecto técnico podemos destacar una genial banda sonora a cargo de Jerry Goldsmith y una imponente dirección fotográfica, en la que podemos admirar ese Los Ángeles tan crepuscular y variopinto que mencionamos unas líneas atrás.

Los ecos del cine noir de Fritz Lang, de Raoul Walsh o del propio John Huston resuenan con fuerza en Chinatown. La estructura es de un noir clásico, pero Polanski da otra vuelta de tuerca. Rejuvenece puntualmente un género anticuado haciendo una película negra fresca y que, no solo aporta mucho al noir de siempre, sino que se se convierte en una de las mejores películas de la historia en su estilo. Un film vanguardista sin salirse de lo clásico, una de las joyas más brillantes de la notable filmografía de Roman Polanski, una obra maestra del noir más despiadado.