En la primera parte de este especial hicimos un pequeño análisis de todas las obras de Paolo Sorrentino hasta El Amigo de la Familia intentando explicar cómo es su cine y qué intenta transmitir, sus cualidades y su estilo. En esta segunda parte de este pequeño homenaje partiremos de la película que marcó su salto de calidad más notable, Il Divo hasta su último y más aclamado trabajo, La Gran Belleza, cómo ha evolucionado su cine y a la vez como mantiene intactas sus señas de identidad.

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Il Divo, 2008

Un prólogo maravilloso, a ritmo de rock, en el que se resumen los asesinatos de jueces, fiscales, periodistas y políticos en Italia en el mandato de uno de los personajes de su historia reciente más controvertidos, Giulio Andreotti, sirve de aperitivo ante uno de las películas políticas (y también biográficas) más certeras que uno puede ver.

Giulio Andreotti, o Il Divo, como se le conocía, fue un político italiano ahora retirado, senador de mucha influencia en la política transalpina y famoso por tener supuestos contactos con la mafia que le acarrearon un buen número de juicios debido a desapariciones y muertes cuanto menos sospechosas. También fue famoso, ya dentro de la legalidad, por su carisma, su gran talento para la política y sus gestos y manías que hacían de él un hombre muy peculiar.

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Este personaje tan particular es interpretado brillantemente por Toni Servillo en la que me parece su mejor interpretación bajo la batuta de Sorrentino. Con un maquillaje fantástico (fue nominada al Oscar por ello) el actor se ve totalmente transformado en Giulio Andreotti, con sus gestos y movimientos, incluso un leve cambio de voz en una interpretación que, salvando las distancias, puede encontrar similitudes en la efectuada por el ya difunto Philip Seymour Hoffman en Capote.

Y como no podría ser de otro modo la historia gira en torno a este personaje de tal modo que vemos su trayectoria en el gobierno italiano a lo largo de varios años haciendo saltos temporales hasta llegar a los juicios que tuvo que afrontar por sus supuestas conexiones con la mafia.

Todo este proceso podría resultar tedioso en manos de un director más peregrino pero está imprimido de gran ritmo resultando una película muy entretenida, que,  pese a tratar temas políticos con los que el espectador puede sentir poca o ninguna conexión (imagino que al espectador italiano le resultará más familiar) nos atrapa y engancha llevándonos en un viaje por la corrupción más obscena y la falta de moralidad más absoluta, mostrando (sin entrar a valorar cuán ciertos son los hechos que narra) la cara de la política más canalla, satirizándola y aquella que, por desgracia, no nos es del todo ajena.

Es entonces doble el triunfo de Il Divo al ser a la vez un veraz retrato de los mecanismos de la corrupción y hacer de la historia que cuenta un trayecto entretenido, casi adictivo, desgranando la mente y las acciones de su protagonista, un político dispuesto a todo con tal de obtener poder.

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Y como no podría ser de otro modo, es firme la mano de Sorrentino en esta película, dejando una dirección brillante, que por momentos recuerda a Scorsese (el prólogo lo firmaría la mejor versión de este) o Tarantino incluso, con esa escena de la llegada del equipo de Gobierno al palacio presidencial y que impregna toda la película de una elegancia envidiable y además aunando el drama político y las intrigas que conlleva con la sátira más mordaz hacia el sistema político italiano.

Es en conclusión una fantástica película que muestra la evolución de este director tanto en ‘habilidad’ o buen hacer como en valentía y contundencia. Pero aún su siguiente película sería más valiente y sobretodo, inclasificable.

Un lugar donde quedarse, 2011

En 2011 Sorrentino firmó la más controvertida (y rara) de sus películas, obra que al que está escribiendo esto le encanta, pero suscitó no pocas críticas, muchas de ellas furibundas por su manera de tratar el tema siendo tachada de inmoral o inconsciente.

Mediante la mirada de uno de los papeles más inclasificables de Sean Penn, se nos narra la historia de una estrella del rock retirada, Cheyenne, suerte de integrante de Kiss venido a menos que vive con su mujer caracterizada por Frances McDormand, simplemente aprovechando las rentas pasadas hasta que su padre fallece y descubre que éste vivió toda su vida intentando vengarse de un hombre que le humilló en el pasado, misión que de la que Cheyenne recogerá el testigo embarcándose en una búsqueda por América.

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Merece la pena dedicar unas líneas al personaje de Cheyenne. Como la mayoría de protagonistas de Sorrentino, este deambula sin un destino concreto en un principio, de un modo circular pero con la salvedad de que si bien hasta ahora casi todos los personajes principales eran, como poco, moralmente ambiguos, sino unos canallas, en este caso, y la verdad en parte gracias al extrañísimo trabajo de Sean Penn, Cheyenne es un protagonista tiernísimo, frágil, a la vez moribundo pero lleno de vida, con una personalidad muy bella, quizá demasiado ingenuo para entender por qué hay gente que le odia o que no le entiende o incluso que se moleste por algo que pueda decir. Mediante una voz imposible, Sean Penn dota de vida a este hombre renqueante, casi imposible de describir con palabras, vestido de negro y con apariencia gótica, heredada de su pasado roquero, que hace, a mi parecer, que la película suba varios enteros sólo con su presencia.

También ayuda a elevarla, cómo no, el trabajo de su director, que sustituye además, la paleta de colores apagados, grises y pálidos de sus anteriores obras por una mucho más colorida que se contrapone a una historia bastante triste, mordaz también e interesante radiografía del fracaso o del éxito pasado, pero que no deja de ser triste, casi melancólica por la fuerza que desprende el protagonista y la fuerza de sus escenas. Vienen a mi memoria la recta final, para enmarcar y una escena, preciosa, muy emotiva, en la que Sean Penn canta con un niño una canción de The Talking Heads, This Must BeThe Place.

The Talking Heads hacen varias apariciones más en la película, de la mano de su líder, David Byrne y siendo su música hilo conductor del argumento, además de estar muy bien utilizada dentro de las escenas, la canción This Must Be The Place da nombre a la película en su título original y de algún modo da sentido al protagonista para llegar a hacer todo lo que hace, pues al fin y al cabo a un roquero le mueve la música.

A pesar de la polaridad de las críticas, creo que hay que valorar el riesgo de una película así, y también que suponga, a su modo, algo nunca visto y diferente y que nos permita quedarnos con un personaje como el de Sean Penn, que nunca dejará indiferente.

La Gran Belleza, 2013

Y llegamos a su última película, la razón por la que escribí este artículo y su mejor obra, una obra maestra. No puedo decir mucho más de lo que dijo nuestro compañero Juanma de Miguel en su certera crítica (que os animo a que no os perdáis), pero evidentemente voy a hablar de ella y de la final consagración de uno de los directores más interesantes de los últimos años.

Al igual que Un lugar donde quedarse esta película es muy arriesgada y sobretodo inclasificable. Me atrevo a decir que La Gran Belleza es uno de los intentos más exitosos que se han hecho nunca de trasladar la poesía en la mayor de sus acepciones a la gran pantalla, no sólo visualmente sino también argumentalmente con ese periplo de Jep Gambardella, periodista y escritor, en busca de lo que le motivó a escribir hace mucho tiempo y que parece haberse apagado: la belleza.

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Sorrentino nos lleva por el verano de una Roma a la vez luminosa y decadente, justo igual que sus protagonistas, un elenco de periodistas, escritores y vividores en el ocaso de sus vidas personales y profesionales que deambulan como zombis de fiesta en fiesta sin esperar de sus vidas nada más que el entretenimiento más mundano, la recompensa más fácil e inmediata.

Y el rey de todo esto, el ‘rey de la mundanidad’ como se define el protagonista Jep Gambardella se mueve con nosotros en busca de la belleza, que como ya mencioné, no consigue encontrar desde hace mucho tiempo.

Todo este elenco de personajes, incluido el protagonista, interpretado por un enorme Toni Servillo sirven de sátira de la alta sociedad italiana y por extensión de la mundial, una sociedad que se mueve en el hedonismo y la superficialidad. No obstante, lo que se nos muestra alrededor de los protagonistas es la belleza más pura de una ciudad reluciente, la belleza de unos niños corriendo (impagable escena) por un parque o la de una puesta de sol. Se muestra incluso la belleza de la música clásica más arrebatadora y a la vez de nuevo la mundanidad y el efectismo de la música moderna más intrascendente.

Y además del contenido, a Sorrentino más que nunca le importa el continente. Estamos, como he mencionado antes, ante una obra terriblemente bella (valga la redundancia con el título). Una cámara poética nos lleva de monumento en monumento y de fiesta en fiesta, sobria cuando debe serlo, dejando todo a los actores y la historia o tomando el relevo a éstos e hipnotizando al espectador. Esto, junto con una gran dirección de actores y un acabado artístico final brillante dejan patente que estamos ante una de las mejores direcciones del año y desde luego el mejor trabajo al mando de una película de Paolo Sorrentino.

Con toda esta suma de valores estamos ante el mejor carrera de su trabajo y sobretodo, estamos ante su consagración artística, es decir, a que el público le conozca por su modo de hacer cine del mismo modo que destaca Wes Anderson por ejemplo, pues las particularidades de su cine, su poesía visual y uso de la música así como sus personajes e historias ya se relacionarán a él.

Sorrentino ya ha conseguido su ‘magnus opera’. Como amante de su estilo espero que desde ahora sólo mejore y nos brinde nuevos trabajos marcados por el talento tan desbordante que creo que posee, trabajos que nos fascinen tanto como La Gran Belleza y que supongan un soplo de aire fresco en él a veces demasiado convencional mundo del cine.