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Marcello Rubini, aquel periodista al que daba vida Marcello Mastroianni en La Dolce Vita de Fellini, se encontraba perdido entre fiesta y fiesta. Deambulando por la noche, siguiendo el ritmo de las celebridades que visitaban aquella Roma de los años 60, que era la capital cumbre del estilismo europeo. Posiblemente, Jep Gambardella, el protagonista de La Gran Belleza, al que interpreta un inconmensurable Toni Servillo, pasó su juventud sintiéndose fascinado por aquel glamour de la alta sociedad. Viendo pasar cuerpos exuberantes como el de Anita Ekberg bañándose en La Fontana di Trevi, y viendo en ese ensalzamiento del cuerpo la única respuesta a la belleza. Pero en ese final, bastante poético, que Fellini se sacaba de la manga, nos hablaba de una monstruosidad que estaba siempre presente durante su película. El realizador se adelantaba a lo que ocurriría con la vida en la Italia en los años venideros. Cincuenta años después de La Dolce Vita, existen dos Romas. Por un lado tenemos la Roma más clásica, la de las increíbles estructuras que parecen estar capitaneadas por ese impresionante Coliseo romano que se asoma desde la terraza de Gambardella. Y por otro la Roma de Berlusconi, la vulgar, heredera de aquella que mostraba Fellini, y que es la que resuena al ritmo de la Carrá o We Don’t Speak Americano. Una Roma que se encierra en las fiestas que el propio Gambardella da en su terraza cada noche entre snobs que se creen capaces de entender el significado de la vida, mientras que el Coliseo observa atónito desde el centro de la ciudad romana.
 
Entre medias existe una pregunta, la misma que da el título a la película, la misma que se pregunta Jep y la misma que se pregunta Sorrentino, y que todo ser humano se pregunta a sí mismo: ¿Dónde reside La Gran Belleza? Ya, desde el soberbio arranque de la película, observamos que estamos hablando de una Roma de contrastes. Un grupo de turistas japoneses observa las infraestructuras romanas, mientras que un coro canta temas de resonancia angelical. Uno de los turistas se separa del grupo, observa toda Roma a sus pies, y cae rendido al suelo observando toda esa belleza que es incapaz de asimilar. Cae la noche, la música suena de manera atronadora, y no podía ser más vulgar. Ahí se mezcla esa alta sociedad, esos personajes que son tan Fellinianos, que creyendo conocer la respuesta a todo se dejan caer rendidos ante la ordinariez de la fiesta, ante el divertimento más banal ofrecido por las drogas y el alcohol. Acaba la fiesta, llega la mañana y Jep pide a su criada que le despierte a las tres. Con ella y con la directora de su revista, son con las únicas personas con las que tiene una relación humana. Una directora que además es una enana, como bello contraste a esa alta sociedad, esa élite a la que pertenece Gambardella. Dos personajes que parecen salidos de una obra de Browning, pero que son los más reales de la película, más que el propio Gambardella.
 
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Porque Gambardella tiene sesenta y cinco años, hace cuarenta años que escribió una novela, y no ha vuelto a realizar nada más que entrevistas. Se encuentra perdido por completo, como si todavía fuera un niño que renuncia a crecer, sintiéndose satisfecho simplemente con lo que ha elegido vivir. Pero es entonces cuando se da cuenta de que apenas tiene tiempo para creer en el futuro y que necesita volver a la nostalgia para comprender el significado de su vida, cuando todo empieza a centrarse en esa búsqueda de La Gran Belleza. El arte es quizá el símbolo en el que más enfatiza en la película. De nuevo vuelven los contrastes, los de la Roma clásica, con esa Fontana Di Trevi alrededor de la cual Gambardella pasea en mitad de la noche con una mujer de exuberante belleza “quirofantástica”, con la que sólo desea acostarse. Enfrentando directamente a la inmensa estupidez que rezuman actos de supuestos post-modernos que esa élite observa con perplejidad. Una mujer desnuda, con un martillo y una hoz pintados en su vello púbico empotrándose contra una pared. Una niña cabreada tirando botes de pinturas contra una lona blanca. Mil interpretaciones y una sola pregunta que pasa por la mente del protagonista, ¿qué significado tiene todo esto?
 
Gambardella busca comprender su mundo, un mundo lleno de cinismo y mentiras. Una compañera habla de lo duro que es para que ella la maternidad y de los sacrificios que tiene hacer por mantener a sus hijos. Entonces el protagonista le tira toda esa hipocresía en la cara, ¿qué sacrificio existe cuando no hay tiempo ni de ver a tus propios hijos? ¿Cómo un ser humano puede comprender su vida, renunciando a ella? Poco a poco Gambardella va siendo consciente de su soledad, la muerte le tiene que rodear para que se percate de ello, y su mirada sobrecoge. De repente el protagonista se percata de que es un hombre de sesenta y cinco años, que ya no es el niño que deseaba ser, es un ser solitario que es incapaz de entender el significado de todo lo que ha vivido, que observa alrededor y no entiende nada de lo que ve. Se encuentra completamente perdido y es incapaz de hallar respuestas, se acerca a un mago y le pregunta si sabe la forma de hacerle desaparecer. Y sus palabras estremecen, porque de repente todo comienza a tener sentido.
 
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Y Gambardella empieza a buscar el sentido de esto. Italia ha sido siempre un país de ferviente tradición católica, a buen seguro que incluso el protagonista, pese a todos sus excesos, sea un hombre cristiano. La aparición de una monja misionera de 103 años, que apenas abre la boca (ya que tampoco siente que tenga nada interesante por lo que hablar), hace cobrar mayor sentido a su vida. Una monja, que cuando habla por primera vez, deja perplejos a todos los que la rodean por la fuerza que emanan sus palabras. Su visita, a su avanzada edad, se debe principalmente a la necesidad de redimirse por completo con un acto de tal sufrimiento como subir unas escaleras de rodillas. Y no es la fe lo que le hace comprender a Gambardella, algo que se encuentra intrínseco en él, si no el entendimiento de que para poder encontrar esa belleza que con tanto ahínco busca, incluso mirando al techo de su habitación para ver el mar proyectado desde su imaginación, sólo se encuentra mirando atrás. De poco sirve quedarse en el presente sin querer crecer, inyectándose botox para evitar esas arrugas que son las únicas que son capaces de marcar el paso del tiempo. Y es que al fin y al cabo, estos personajes son los mismos a los que hacían referencia los Red Hot Chili Peppers cuando hablaban de la decadencia de la alta sociedad en California, “pagando muy bien a su cirujano para que rompan el encanto de envejecer”.
 
Todo lo que durante cuarenta años ha vivido Gambardella, desde la publicación de su novela, no le ha servido para nada. Porque esa búsqueda de la gran belleza, tan necesaria en él para comprender su propia existencia, se ve reducida al no haber sido capaz de entenderla cuando la tenía frente a sus ojos. Así, la muerte es lo único capaz de llevarle a comprender que la gran belleza se encuentra en una playa, ante los ojos de un primer amor. Que toda vida su reduce simplemente a ese pequeño detalle, que en cierto momento pudo pasar inadvertido ante sus ojos. Porque Sorrentino, habla, al fin y al cabo, de que La Gran Belleza se encuentra a nuestro lado sin que nos demos cuenta, y nos la representa con un hermosísimo plano secuencia final que recorre el río Tíber. No sabemos cuanta vida le quedará a Gambardella, a sus sesenta y cinco años es posible que se siga sintiendo joven, quizá espiritualmente nunca haya envejecido, pero la necesidad de buscar sentido a su vida y a la vez encontrarlo, también nos habla de que el personaje, por fin, se muestra completamente preparado para morir. Porque Gambardella es una Roma moribunda, perdida en la esperpéntica herencia de Berlusconi, que pide a gritos la necesidad de mirar atrás en su larga historia, para encontrar la belleza en cada uno de esos rincones que tan sólo los turistas parecen saber apreciar, mientras que esa alta sociedad, que vive perdida en su esnobismo, se ciega ante aquellos sinsentidos a los que imperiosamente necesitan dotar de significado. 
 
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Ficha Técnica:
 
Título Original: La grande bellezza Director: Paolo Sorrentino Guión: Paolo Sorrentino, Umberto Contarello Fotografía: Lele Marchitelli Música: Luca Bigazzi Intérpretes: Toni Servillo, Carlo Verdone, Sabrina Ferilli, Serena Grandi, Isabella Ferrari, Giulia Di Quilio, Luca Marinelli, Giorgio Pasotti, Massimo Popolizio Distribuidora: Wanda Films Fecha de Estreno: 06/12/2013